N. Mandelstam: viejos horrores y fantasmas redivivos

25 marzo, 2019

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A estas alturas del partido hablar de izquierda puede tener en ocasiones un vago aroma anacrónico. Estamos a punto de volver nuestro planeta hostil a la vida; la explosión demográfica en varias partes del mundo amenaza romper equilibrios ecológicos vitales; la criminalidad organizada toma el control en varias zonas corroyendo a las instituciones mientras las drogas se vuelven una plaga social y los fanatismos étnico-religiosos proliferan como flores de mayo. Frente a estos desafíos, las barreras entre derecha e izquierda, si bien persistan, asumen curvaturas inéditas. Ningún patrimonio cultural y político del pasado transita intacto en medio de estas nuevas circunstancias y retos inéditos. Y añejas certezas asumen un aire museográfico.

Sin embargo, en América Latina (y no sólo) es frecuente que se use la palabra izquierda como sinónimo de moralidad impoluta. La tentación no es pequeña frente a figuras políticas (aclamadas por sus pueblos) que encarnan primitivismos culturales que se suponían enterrados en un pasado sin retorno. Entre relojes enloquecidos que avanzan en la tecnología y retroceden en la cultura y en la convivencia civil, Trump y Bolsonaro son sólo dos ejemplos (mientras Putin usa el nacionalismo como instrumento de legitimación autoritaria) y la tentación de considerar a la izquierda como un refugio de responsabilidad y demás virtudes no es pequeña. Pero es ilusoria. Redescubramos el agua tibia recordando que en la izquierda del siglo XX se han mezclado luchas acérrimas  por la justicia social y los derechos ciudadanos con historias de fanatismo y de promesas de un futuro luminoso que terminó por construirse sobre los huesos rotos de aquellos que debían crearlo. Para no hablar de experimentos inéditos de totalitarismos en que se fusionaron las figuras del líder político y del gran sacerdote tutor de una inflexible ortodoxia. Sin embargo, derecha e izquierda no son lo mismo. La diferencia ha sido históricamente fundamental: las derechas (radicales) han sido casi siempre coherentes consigo mismas: prometieron lo peor y mantuvieron sus promesas. Las izquierdas (radicales) en el poder siempre han denegado los valores que defendían antes de conquistarlo.     

Es por lo anterior que ver regímenes como los de Maduro en Venezuela o de los Castro en Cuba pulir sus dictaduras en nombre del socialismo no produce sólo desazón sino también un sentido de impotencia frente a una historia que parece burlarse de aquellos que pretendían hacerla más vivible.         

Alguna vez Hugo Chávez dijo que Cuba no era una dictadura sino una “democracia revolucionaria”. Maravilla de las palabras, creadas para formular ideas y para embarullarlas. Una democracia sin partidos de oposición, sin sindicatos independientes, con encarcelamiento de los opositores, sin división de poderes y con líderes sempiternos. Evidentemente Chávez, un militar nacionalista de pocas luces y sobradas certezas, estaba confundido, pero no lo estaba en la necesidad de dar una pátina de justicia social al más vetusto caudillismo latinoamericano. No por casualidad al final de su vida llegó a prometer su permanencia en el poder hasta el 2050, mientras cerraba canales de televisión, anulaba el poder de la Asamblea Nacional, controlaba la Corte Suprema y usaba los recursos del Estado a su antojo. ¿De dónde salen estos desvaríos que pueden torcer cualquier idea de justicia en su contrario, a veces incluso en medio del júbilo popular? El origen no es misterioso y está en la vieja URSS: modelo inicial e insuperado de opresión social en nombre del pueblo.

De ahí que valga la pena volver a los orígenes reseñando un libro extraordinario de la viuda del poeta Ósip Mandelstam asesinado por el régimen soviético por el atrevimiento de escribir un poema crítico de la figura de Stalin. Veamos entonces en las palabras de Nadiezhda Mandelstam qué fue la “democracia revolucionaria” que todavía un siglo después, a pesar de su derrumbe político y moral, sigue deambulando como un fantasma pertinaz en una parte no pequeña de una izquierda latinoamericana impermeable a la historia.

Estamos frente a un gran libro (Contra toda esperanza) que muestra, a través de la vida de su autora, los mecanismos represivos y psicológicos en los que se basó la primera “democracia revolucionaria” que algunos, aunque sea sin decirlo explícitamente, añoran en la actualidad intoxicando una izquierda que necesita, por el contrario, reconciliarse con la democracia y conquistar la confianza social requerida para alimentar alguna esperanza de que sea posible alguna vez desarraigar de América Latina la miseria, la corrupción del poder, las iniquidades y las ignorancias fanáticas que siguen asolando estas tierras dos siglos después de conquistada su independencia. Más que una reseña haré aquí un extracto de algunas partes de una obra que nos obliga a recordar el arquetipo totalitario que ha penetrado en la izquierda y en el socialismo hasta convertirlos en símbolos de opresión e intolerancia ideológica.

Ciertamente no ha habido en Cuba las ejecuciones masivas de la antigua URSS, ni tampoco se establecieron en Venezuela o en Nicaragua partidos únicos o un totalitarismo cerrado como en Cuba o en la URSS pero, por muchos aspectos (anulación de la división de poderes, censura, encarcelamiento de opositores y represión sangrienta de las manifestaciones de protesta en Venezuela y en Nicaragua), la tendencia en estos países parecería moverse en el surco del antiguo modelo soviético. Hablemos entonces de este “modelo” a través de las palabras de una de sus víctimas. No nos equivoquemos: no se trata sólo de mantener viva la memoria histórica sino de profilaxis para contrastar la posibilidad de que se repitan tragedias ya conocidas.

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Nadiezhda Mandelstam fue viuda de uno de los mayores poetas rusos de inicios del siglo XX, Ósip Mandelstam, que en 1933 se atrevió a escribir un poema que en los años siguientes lo llevó de comisaría en comisaría, de interrogatorio en interrogatorio hasta una muerte oscura en un campo de trabajo en Siberia en 1937 o, tal vez, en 1938. Nunca se supo como murió ni sus restos jamás fueron encontrados.

Leamos un fragmento de ese poema fatal:

Vivimos insensibles al suelo bajo nuestros pies,
Nuestras voces a diez pasos no se oyen.

Forja [Stalin] ukase tras ukase como herraduras
a uno en la ingle golpea, a otro en la frente,
en el ojo, en la ceja
Y cada ejecución es un bendito don
que regocija el ancho pecho del Osseta [Stalin].

Transcribamos en prosa burda: la tierra que pisamos se nos ha vuelto extraña como nuestras propias palabras que apenas se atreven a ser pronunciadas. Los edictos imperiales se suceden sin interrupción golpeando el cuerpo de la nación en todas sus partes. Y cada muerte ordenada por el Kremlin es ocasión de festejo.  

Alguna vez, premonitoriamente, Ósip Mandelstam le había dicho a su mujer: En Rusia la poesía es tan importante que se mata por ella. Y así fue, en su caso y en muchos otros. La que sería su viuda recorrió a todas las ayudas posibles para salvar al poeta y la única que encontró en el nuevo aparato del Estado “proletario” fue la de Bujarin que, de todo modo, no pudo evitar el desenlace final, como tampoco su propio fusilamiento, después de un proceso farsa, en 1938.

Pensando en Mandelstam, otra gran poeta rusa, Ana Ajmátova, escribió en 1936 un poema que concluía con estos versos:

En la habitación del poeta proscrito
montan la guardia tan pronto la musa como el temor,
y la noche cae
sin la esperanza de la aurora.

Después de la muerte de su marido, nunca confirmada oficialmente, Nadiezhda Mandelstam pasó su vida en una especie de semiclandestinidad en su propio país, escapando de un lugar a otro u ocultando su identidad para sustraerse a la “democracia revolucionaria”. Vivir la vida con el miedo en el cuerpo. En palabra de Ajmátova, “un miedo vulgar, torturante, salvaje que la había martirizado todos los años hasta la muerte de Stalin”. 

He aquí las palabras de Nadiezhda Mandelstam:

Después de 1937 [el año de la campaña de terror iniciada con los grandes procesos de Moscú], la gente dejó de visitarse. Y con ello, los organismos de seguridad alcanzaron sus fines a largo plazo. Además de reunir información, habían conseguido debilitar los vínculos entre la gente, fraccionar la sociedad […] La pérdida de confianza recíproca es el primer indicio de la quiebra de la sociedad bajo una dictadura de nuestro tipo y esto es, precisamente, lo que trataban de conseguir nuestros dirigentes.

Y seguía:

¿De qué íbamos a hablar si todo ya estaba explicado, dicho e impreso? Tan sólo los niños continuaron diciendo tonterías totalmente humanas, y los mayores preferían su compañía a la de los adultos.

Cuenta Nadiezhda que alguna vez su marido comparó el régimen soviético (como ejemplo de estructura social hostil al hombre) a Asiria y al antiguo Egipto.

Dicen que nada le importa el individuo, que debe utilizarse como el ladrillo o el cemento, que se debe construir partiendo de él y no para él(…) Los cautivos de los asirios bullen como polluelos a los pies del inmenso rey. Los guerreros que personifican para el hombre el hostil poderío del Estado matan con sus largas picas a los pigmeos atados y los constructores egipcios tratan a la masa humana como un material del que deben disponer siempre y en cualquier cantidad.

En síntesis: el paraíso futuro (o la gloria del poder) imponen el infierno presente. Pero hay otro rasgo del sistema totalitario que Nadiezhda Mandelstam señala: el antiintelectualismo.

La tendencia antiintelectual se percibe constantemente en todas las instituciones estatales sobrecargadas de personal en las cuales la gente defiende con furia su derecho a la incultura, proporcionada por la enseñanza implantada en tiempo de Stalin […] La propaganda del determinismo histórico nos privó de voluntad y de la posibilidad de tener criterio propio.

La ignorancia como antídoto para evitar alguna originalidad involuntaria que, en un contexto de ideas ungidas de ortodoxia, puede tener consecuencias fatales para quien se atreva a formularlas.  

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Si bien en manera atenuada, muchos de estos rasgos (el miedo a la libre expresión del pensamiento -por el riesgo de perder el trabajo, de ser encarcelado o perder el acceso a  alimentos subsidiados como en Venezuela- y, la ausencia de debate público bajo el peso aplastante de líderes inamovibles, son todos rasgos en que en Cuba, Venezuela y Nicaragua, de una manera u otra, se trasladó el modelo soviético a pesar de sus fracasos y brutalidades. Acerca del líder eterno con sus paramentos mesiánicos, decía Nadiezhda:

Existe una indudable verdad científica y los hombres pueden dominarla; al dominarla son capaces de prever el futuro y modificar a su antojo el curso de la historia. De aquí la autoridad de los que poseen esta verdad. A esta religión, los adeptos la califican modestamente de ciencia; [lo que] convierte al hombre revestido de autoridad en Dios.

Esta monstruosidad ha muerto pero persisten sus fantasmas que expresan una añoranza inconfesada. Y, para nuestra vergüenza, una parte sustantiva de estas sombras insepultas recorren América Latina recibiendo la bendición de Cuba, patria originaria del “socialismo” totalitario latinoamericano. Una antigua, y gloriosa, victoria revolucionaria que, convertida en régimen de un partido y de una personalidad, ha congelado el tiempo y enturbiado los valores democráticos de la izquierda regional.

De acuerdo, el capitalismo, especialmente en los países en desarrollo (y no sólo) ha sido históricamente una fuente periódica de injusticias y a veces de ficciones democráticas, pero las tentaciones autoritarias (como en Venezuela y Nicaragua) o totalitarias (como en Cuba) han mostrado que el permanecer ligados (aunque sea parcialmente) al modelo soviético es una fórmula inmejorable para el fracaso civil y para bloquear el camino hacia una sociedad mejor. No aprender de los errores ajenos (y de los propios) condena enteras sociedades a moverse en círculo a lo largo de generaciones  eternizando el subdesarrollo, aunque sea en nuevas formas. Lo cual, dicho de paso, no es un gran consuelo.   

Publicado en Reseñas