Mo Yan y los embrollos de la realidad

18 enero, 2019

En un mundo dominado por fanáticos si todo estuviera en blanco y negro estaríamos (en sus irascibles y simplificadas cabezas) a un paso del paraíso en la tierra. Por suerte no es así, o, por lo menos, no siempre es así. Y el resultado es que, con la inserción de colores y tonalidades distintas, todo se complica entre ambigüedades, contradicciones, enredos en medio de los cuales los seres humanos estamos obligados a desenmarañarnos. Hay que tomar decisiones en un mundo en que las señales en la carretera no indican por aquí el vicio y por allí la virtud. Y cuando lo hacen es buena norma alimentar una sana desconfianza.

Que lo anterior sea premisa para discutir del premio Nobel chino (2012) de literatura Mo Yan. Si la primera señal es que es vice-presidente de la asociación de escritores chinos (longa manus del partido comunista entre los escritores e instrumento disfrazado de censura) y la segunda, que en 2009 abandonó la feria del libro de Frankfurt por la presencia de escritores chinos disidentes, la conclusión sería inapelable: al infierno. Leer un novelista con estas características parece desde la entrada una pérdida de tiempo, un chapuzón en la propaganda oficial del partido comunista chino. Y uno generalmente tiene mejores cosas que hacer y sólo pensar en literatura oficial de un régimen que oscila entre autoritarismo y totalitarismo produce una mezcla de aburrimiento mortal y de aversión epidérmica. Bien, hasta aquí todo cierto, pero, a pesar de las sólidas premisas, la conclusión está equivocada. Y lo está por dos razones. La primera es que estamos frente a un gran escritor cuyo realismo está a menudo entrecruzado con mitos y alegorías de la cultura milenaria de su país; la segunda es que en sus novelas, a pesar de lo dicho hasta aquí, no ahorra al PCC alfilerazos, sarcasmos y críticas apenas disimuladas. No hay en Mo Yan condescendencia ni hacia el pasado ni hacia el presente del país y de sus representantes políticos. En sus grandes novelas gran parte de la historia del Partido es vista bajo una luz ciertamente no beatífica. La realidad se asoma continuamente a incomodar las visiones oficiales desde los tiempos de Mao hasta los tiempos actuales posteriores a su muerte y en el pleno de las reformas económicas impulsadas desde Deng Xiao-ping a partir de 1978. Mo Yan no es un personaje de la oposición, no es un crítico explicito del régimen (no es un Liu Xiaobo o un Ai Weiwei), sin embargo es un novelista de dimensiones universales que sin enfrentarse explícitamente al régimen lo somete a un duro examen crítico acerca de su historia y de su presente. Lejos de las fáciles dicotomías habrá que reconocer que no todos aquellos que no son héroes son miserables colaboradores de un régimen despótico. Otra vez: blanco y negro no son los únicos colores que ilustran el mundo. Y de cualquier manera, en especial tratándose de un gran novelista, los juicios sumarios están fuera de lugar.

Si se juzgara a García Márquez por su prolongado apoyo a un dictador tropical como Fidel Castro, habría que desaconsejar su lectura con el resultado de un empobrecimiento drástico de nuestra cultura y de nuestra percepción de la realidad latinoamericana. Incluso Marx, que consideraba a Balzac un conservador, no tenía dificultad a reconocer su grandeza como espejo literario de la sociedad francesa de su tiempo. Y ni pensar en Gogol que en el final de su vida se convierte en un ferviente defensor del zarismo y de la iglesia ortodoxa que había fustigado en su Almas muertas y en El Inspector. Y apenas mencionaré a Martín Luis Guzmán que defiende al gobierno priísta después de la matanza de estudiantes en Tlatelolco. En otros términos, no todos los grandes escritores son ejemplos de límpidas virtudes cívicas. Mo Yan, con sus propias características, es parte de ese tropel cuyo arte lo pone más allá de juicios ideológicos más o menos tajantes. Qué agradable sería que todas las virtudes estuvieran a un lado y todas las fallas del otro. Simplemente no es así.        

La obra de Mo Yan es un cuerpo de varios miles de páginas y aquí nos limitamos a revolotear sobre algunas de sus mayores novelas vistas como reflejos crítico de la historia de su país a lo largo del siglo XX e inicios del sucesivo. Que su obra esté ligada en varias formas con la cultura, obsesiones y mitos de la cultura previa de su país resulta evidente de una novela de 1992, La república del vino, un largo recorrido entre alegorías y delirios entretejidos con la realidad de la China de las reformas económicas desde fines del siglo pasado. Mismas reformas que han sacado de pobreza y miseria centenares de millones de seres humanos convirtiendo el país en una potencia política y económica destinada a cambiar los equilibrios de poder a escala mundial. Pero, evidentemente, no es oro todo lo que reluce. Y aquí nos encontramos con un investigador enviado por el Partido a estudiar si sea cierto o no que en alguna parte del país altos funcionarios del Partido y las mayores autoridades locales organicen banquetes en los que se comen platos refinadísimos a base de la carne humana de niños pequeños. Mo Yan no retrocede frente a la crudeza del tema que pone en luz la convivencia entre la nueva modernidad china y la barbarie de un canibalismo a favor de los nuevos ricos y los que controlan las palancas del poder en el Partido y en el Estado.

El escritor chino no quiere ahorrar nada en términos de horror a sus lectores y describe hacia el final del libro la lección de una maestra cocinera a sus alumnos sobre las técnicas para preparar los niños como platos humanos hasta llegar a la presentación en un banquete de altos funcionarios donde

El plato principal estaba en el medio de una gran bandeja, aromático y aderezado; un niño regordete con una sonrisa cautivadora. 

Aunque Mo Yan no lo mencione explícitamente, es probable que el antecedente de esa parábola aterradora venga de un cuento corto escrito por Lu Xun (ídolo literario de su generación) en 1918: Diario de un loco. Ahí se trataba de alguien convencido que la antropofagia fuera la norma escondida de la sociedad china, una norma ocultada a lo largo de cuatro milenios de civilización. Lu Xun decía: he tratado de comprobar esta hipótesis pero en cada página de mi libro de historia se lee “virtud y moralidad”. Siguiendo los preceptos confucianos el emperador no puede sino encarnar estos valores, pero debajo de la costra virtuosa, en la alegoría de Lu Xun los hombres eran víctimas de la avidez de los poderosos y concluía así:

Cómo odio a esta gente que quiere comer carne humana, y al mismo tiempo trata astutamente de cuidar las apariencias.

Mo Yan retoma este tema (cuyo correspondiente latino es el homo homini lupus en distintas formulaciones) y al final de la novela cuando se le informa (él mismo se convierte en personaje de su narración) que, dada la presencia de altos dignatarios en una celebración solemne, no se le podrá hospedar tan lujosamente como previsto, dice: “Aquí. Prefiero estar lo más lejos posible de los altos mandos”. Y poco después:

Realmente voy a disparar basta de ser el tipo bueno Voy a disparar a estas bestias caníbales a los fascistas. No te acobardes ponte recto como el pene negro de un burro Vale Más rápido de lo que se tarda en contarlo apunta a nuestras sombras superpuestas en la tierra y dispara la última bala.

¿Queda alguna duda? Aunque “nuestras sombras superpuestas en la tierra” haga pensar en que la barbarie de los poderosos (antes en referencia a tiempos imperiales y ahora en referencia a los nuevos poderosos que hablan en nombre del pueblo con el Partido en lugar de Confucio) sea el reflejo de la incapacidad humana a liberarse de pudientes que hablan y actúan en nombre del pueblo de cuyas carnes se alimentan.

La vida y la muerte me están desgastando de 2006 es otra voluminosa narración alegórica en que la realidad cotidiana de un pueblo del nordeste de China se mezcla con invenciones literarias asombrosas. Ocurre pensar, dicho de paso, a la película Milagro en Milán de Vittorio de Sica de 1951. Realismo mágico se diría después. Aquí la referencia (voluntaria o menos) es el Asno de oro de Apuleyo de casi dos mil años antes. Con una diferencia: la historia es ambientada en la segunda mitad del siglo XX y el personaje que se reencarna en un animal lo hace aquí múltiples veces. En un burro, un buey, un puerco y un perro y es a través de las observaciones de estos animales que es narrada la historia del pueblo.  

Hacia el final del libro, su autor sintetiza en pocas palabras su visión:

La gente en los años cincuenta era inocente, en los años sesenta era fanática, en los setenta tenía miedo de su propia sombra, en los ochenta sopesaba meticulosamente las palabras y los actos de los demás y en los noventa simplemente era mala.

¿Es esta una apología del régimen? Más bien queda abierta la interrogante de cómo alguien que escribe estas palabras pueda ser vice-presidente de la Asociación de escritores de China. Evidentemente no hay grietas sólo en los muros. Mo Yan ridiculiza la ideologización de todo aspecto de la vida en tiempos de Mao. Un ejemplo.

El presidente Mao ha pedido al pueblo que crie cerdos. Criar cerdos es un acto político…No más hegemonía, sólo apoyo para la revolución en todo el mundo. Cada cerdo es una bomba que se arroja al corazón de los imperialistas, de los revisionistas y de los reaccionarios. Así que esta puerca nuestra, con su camada de dieciséis lechones, nos ha traído dieciséis bombas.

Superada la fase en que la ideología imprimía su sello a cada acto de la vida individual y colectiva, llega una oleada de riqueza y con ella un vacío adornado de cinismo y de desfachatez del poder, como registra Mo Yan apuntando que mientras las autoridades antes ostentaban su poder viajando en jeep ahora lo hacen desplazándose en relucientes BMW. 

Volvamos un instante a la fase hiper-ideológica de la historia china reciente (la Revolución cultural); en otra de sus grandes obras (per su calidad y número de páginas: Grandes pechos amplias caderas, 1996), permaneciendo en los límites de la historia de un pueblo (el suyo) convertido en microcosmos de la vida de un país entero, Mo Yan describe la aberración humana a la que es posible llegar cuando el fanatismo de los líderes contagia a la gente. Se describe aquí, en un crescendo de locura colectiva, una asamblea aldeana en que, bajo la guía de un alto dirigente, se decide la ejecución de las hijas pequeñas de un viejo líder de la aldea que se había escapado a la justicia revolucionaria. El dirigente local dice:

Mirado superficialmente, parece que estemos ejecutando a dos niñas. Pero no son niñas lo que ejecutamos, sino un sistema social reaccionario que pertenece al pasado. ¡Vamos a ejecutar dos símbolos! Levantaos amigos- ¡O sois revolucionarios o sois contrarrevolucionarios, no hay término medio!

Las dos niñas serán asesinadas por la aparición de dos caballeros misteriosos aparecidos de la nada y que es lícito suponer sean encarnación alegórica del espíritu de la revolución que, en el último instante, se detiene antes de materializar su propia locura.

Concluyamos este breve recorrido sobre la obra de Mo Yan con su última novela, Rana de 2009 y que es probablemente una de sus obras mejores donde sin recurrir a sus enloquecidas alegorías diseña con más colores el contraste entre la China maoísta y la que vendría después. Gran parte de la novela es dedicada a la historia de una partera cuya tarea oficial es practicar abortos para cumplir la línea del Partido acerca del hijo único. Por tan justificada que fuera esta política dadas las condiciones demográfica del país, Mo Yan describe con crudeza asombrosa los extremos a los que esa política fue aplicada. Aquí describe la vieja China maoísta para pasar en la segunda parte de la novela a la nueva China. El fanatismo y la ideología convertida en un moralismo autoritario deja espacio a una mayor libertad de acción en que los individuos pueden experimentar nuevas formas de libertad. Y sin embargo, aquí tampoco el país encuentra u equilibrio aceptable.  

Dongbeixiang era una tierra que se había desarrollado en los últimos tiempos, de modo que se combinaban lo moderno y lo tradicional, lo bonito y lo feo. Muchos campesinos se enriquecieron y persiguieron cualquier moda. Cuando se enriquecían querían comprar hasta tigres para ejercer de mascotas, y sin embargo cuando entraban en bancarrota, querían vender hasta a su esposa para saldar la deuda.

Aquí también como en otras de sus obras, Mo Yan deja al final aquello que de alguna manera sintetiza el espíritu de la obra: la idea de desequilibrios fundamentales que asumen diferentes formas en diferentes ciclos políticos del país. Dicho de otra manera: la falta de opciones humanamente aceptables incluso en los momentos de mayor apertura, como en el presente.

La pareja de jóvenes protagonistas decide transferirse a Beijing para buscar mejores posibilidades de desarrollo personal y una noche uno de los dos, tropezando en una cadena de hierro de un parqueadero, produce en un coche estacionado ahí una marca “del tamaño de una semilla de sésamo”. La dueña los cubrió de insultos que concluye así:

Malditos campesinos extranjeros, ¿por qué no os quedáis en vuestros nidos? ¿Para qué venís a la capital? ¿Para avergonzar a los chinos?

O sea, no tener un carro de lujo como sinónimo de ser extranjero en el propio país. La pareja decide regresar a su pueblo de origen y ahí el marido tiene la mala suerte de asistir a un robo en la calle y cuando intenta detener al joven ladrón termina por ser perseguido por diferentes grupos de personas encolerizadas que casi lo matan. Y cuando la policía interviene le aconseja de olvidar todo el asunto: el joven criminal pertenece a una familia influyente. Mejor dejar las cosas como están. Una ilustración del significado del desarraigo: ser extranjero en la capital del país y ser extranjero en la propia “comunidad”.

De acuerdo, Mo Yan no es un opositor al régimen y recientemente ha hecho declaraciones laudatorias de Xi Jinping que acaba de hacer aprobar cambios legislativos que le permitirán mantenerse indefinidamente en el poder a pesar de las normas de no reelección establecidas desde tiempos de Deng Xiaoping. O sea, Xi Jinping se encamina a repetir la historia dramática del líder chino como emperador y Mo Yan aplaude, lo que no es un hermoso espectáculo. A pesar de lo cual estamos frente a un grande escritor capaz de describir con agudeza y crudeza a su país. Moraleja: un ilustre escritor pávido frente al poder. Nada nuevo bajo el cielo.

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