Marxismo, un fantasma incómodo de la izquierda (II) (De la II Internacional a Lenin)

15 junio, 2020

Evadiendo de un presente congelado

Ocuparse de la historia del marxismo puede parecer incluso frívolo en una actualidad mexicana rebosante de problemas dramáticos que no presentan indicios de arreglo cercano. ¿Cuáles problemas? Además del coronavirus, los de siempre: una clase política sin sentido institucional, un Estado disfuncional y alérgico a los contrapesos democráticos, unas fuerzas del orden penetradas por una criminalidad que ha hundido el país en la barbarie, una sociedad entre las más desiguales del mundo. Y, para completar el cuadro, una sociedad civil apocada, aturdida por décadas de manipulación corporativa y cíclicamente disponible a aclamar el presidente de turno. En fin, lo suficiente para entregarnos a la desesperanza que este país llegue algún día a ser algo distinto a lo que es y ha sido.  

Creímos que liberarnos del PRI habría abierto nuevos horizontes, pero, desde inicios del nuevo siglo, hemos descubierto que el asunto no era tan sencillo. Las culpas de los padres recaen sobre los hijos o, para decirlo con menor fatalismo: seguimos cautivos de una espesa maraña de chapucería institucional y mares de pobreza que se alimentan recíprocamente. Somos un país fracturado e inhábil a imaginar un futuro distinto a su pasado y recorrido periódicamente por nuevas promesas políticas que conducirán a crudas desilusiones destinadas a reforzar una arraigada costumbre a la resignación. La pobreza política y social se refleja en la mediocridad de nuestros presidentes que, a pesar de sus distintos signos políticos, tienen en común la falta de imaginación estructural y de valentía –de honestidad intelectual mejor ni hablar- para reconocer frente a la ciudadanía la profundidad de nuestros problemas y promover sólidos consensos reformadores más allá de esta ciénaga de miseria, criminalidad impune y fingida normalidad.

Este país es un barco a la deriva, sacudido por olas cargadas de problemas fosilizados, mientras presidentes sin nociones de navegación se suceden al mando de una embarcación con aparejos inservibles. Escapémonos entonces, aunque sea momentáneamente, de esta rocosa, eterna impotencia salpicada de promesas destinadas a convertirse en nuevas capas de desmoralización colectiva. Y dediquémonos a otra cosa: a lo mismo de que comenzamos a ocuparnos en la nota anterior: las reflexiones de Lezsek Kolakowski sobre la historia de otra ilusión extraviada.  

El marxismo de la vitalidad intelectual a la canonización dogmática

Continuemos la  reseña del gran libro -por lucidez analítica y extensión- de Kolakowski (de ahora en adelante K) sobre Las principales corrientes del marxismo, ocupándonos hoy del segundo tomo: La edad de oro. Encontraremos ahí una variedad de pistas acerca de las razones que han hecho de la izquierda de hoy lo que es. Desde fines del 800, el marxismo pareció ser la respuesta más articulada a las injusticias, el desempleo, las crisis recurrentes de un capitalismo fuente de males que podían y debían superarse. Pero, aparte de su contribución a la organización sindical y política de los trabajadores en muchos países (un logro de dimensiones históricas), el marxismo terminó por incumplir las esperanzas que había levantado. En parte por sus premisas teóricas inciertas, su determinismo profético y su pretensión de explicación total del mundo y, en parte, por sus consecuencias políticas que no condujeron a un mundo mejor sino a formas de socialización de la pobreza y a un despotismo burocrático hecho de partidos únicos y anulación de toda autonomía de la sociedad civil. Hacer las cuentas con el marxismo (su pensamiento originario y sus varios desarrollos) es necesario para barrer de la conciencia del presente la carga de errores pasados y emanciparse de ensoñaciones dogmáticas que traban la experimentación de nuevos rumbos para enfrentar los desequilibrios sociales y el deterioro ambiental que amenazan el mundo.

Paso entonces a este segundo tomo de la obra del filósofo polaco que abarca ese presente lejano que va de la II Internacional hasta comienzos de la revolución rusa, digamos entre 1889 y 1921. Con mayor o menor conciencia, la izquierda de hoy (en la constelación de sus múltiples fragmentos), es heredera de acontecimientos, logros y retrocesos de estas tres décadas. Un periodo que debe dividirse en dos fases. La primera –desde la fundación de la II Internacional en 1889 hasta la Primera Guerra Mundial- fue dominada por una notable  diversidad de personalidades intelectuales de primer orden que animaron un rico debate cultural que no se repetirá posteriormente. A pesar de que en el socialismo de la época fueran dominantes posiciones ortodoxas escasamente secularizadas frente a Marx y Engels, la práctica política produjo novedades significativas. Pero existió también una viva confrontación de ideas al interior de un marxismo forzado a confrontarse con cuestiones no previstas por los padres fundadores o que habían sido encaradas por ellos en formas que se revelaban inapropiadas. O sea, no todo se redujo a una repetición ortodoxa del libreto original.

Una parte relevante de la cultura marxista no se consideraba expresión de una teoría encerrada en sí misma y capaz de explicar todo fenómeno social. Un solo ejemplo: Émile Vandervelde –fundador del Partido Obrero Belga- se sentía libre de discrepar explícitamente con varias de las tesis de Marx y Engels, a pesar de lo cual fue presidente de la II Internacional entre 1900 y 1914. Y Vandervelde, de plano, no era considerado marxista por Plekhanov, precursor del marxismo ruso y miembro de la Internacional. A la cabeza (política o intelectual) de los partidos socialistas se encontraban individuos cultos e incluso intelectuales de primera línea como Turati, Labriola, Max Adler, Guesde, Jaurès, Rosa Luxemburg, Kautsky, Bernstein, Plekhanov, Pannekoek, Hilferding, Renner, Mikhailovsky, Martov, Bulgakov, etc. No asombra que Kolakowski titulara el segundo tomo de su opus magnum sobre el marxismo, La edad de oro. Una especie de Belle Époque, si es lícito decirlo así, en que el socialismo fue una arena de debates vivaces que, por varios aspectos, proponían temas que permanecen vivos –aunque sea con otro lenguaje y otras acentuaciones- un siglo después. Un caleidoscopio de cuestiones a discusión entre partidos independientes federados en una Internacional que no pretendía ser guía única del movimiento obrero y socialista europeo. A los muchos problemas que Marx había dejado en suspenso o que podían ser objeto de replanteamiento, se añadían aquellos que surgían en un nuevo tiempo de las sociedades occidentales recorrido por cambios que iban del nuevo auge colonial a la ampliación de los derechos políticos ciudadanos, de las cambiadas condiciones de vida de los trabajadores a una nueva legislación social.

Varias cuestiones se ponían en el tapete en la fase histórica en que socialismo y movimiento obrero adquirían un peso y una presencia que no habían tenido anteriormente. Los asuntos que requerían ser profundizados, imponiendo decisiones políticas novedosas, eran muchos y se presentaban en varios casos como disyuntivas radicales. Mencionemos algunas. ¿Reforma o revolución? ¿Construcción del socialismo al interior de las instituciones democrático-liberales o dictadura del proletariado? Y, colateralmente, ¿dictadura del proletariado o de los partidos que pretendían representarlo? ¿Alianzas con campesinos y pequeña burguesía o limitación de la actividad política a la clase obrera? ¿Los partidos socialistas debían tomar cartas en los temas generales de justicia y libertad que afectaban a toda la sociedad o limitarse a los temas de exclusivo interés para el proletariado? ¿El marxismo debía considerarse una ciencia de la historia (guía infalible frente al cambio social) o una ideología del  proletariado? ¿Debía tratarse como un sistema cerrado en sus adquisiciones teóricas o necesitaba abrirse a los aportes provenientes de otras fuentes? ¿Las reformas sociales debían considerarse un objetivo en sí mismo o un instrumento para incrementar la conciencia revolucionaria de los trabajadores? ¿Qué actitud frente a la guerra, al lado del país de pertenencia u ocasión para lanzar la revolución contra la propia burguesía? Estos y otros fueron los temas y las disyuntivas durante un cuarto de siglo.    

La segunda fase vendría a partir de la revolución de 1917 en Rusia. La Internacional ya se había disuelto en el fuego cruzado de la Primera Guerra Mundial y el marxismo-leninismo se volvió doctrina oficial sancionada por la creación del primer “Estado proletario”. Dos elementos contribuirían de ahí en adelante a congelar los debates previos bajo una nueva, opresiva, capa de ortodoxia. El primero sería el propio leninismo y su concepción del partido como estructura monolítica encerrada en los cánones de la versión bolchevique del marxismo por los cuales se consideraba cualquier opinión divergente sospechosa de hacer el juego de la burguesía o del imperialismo, con las funestas consecuencias para sus defensores. En la visión leninista, como se verá más adelante, el estricto apego al marxismo dejaba abierto un solo camino: su aplicación correcta en cada circunstancia. La teoría se volvía doctrina y, finalmente, en una inexpugnable Sancta Sanctorum. El país más atrasado de Europa, donde, desde antes de la revolución, el partido era una organización de revolucionarios profesionales, disciplinada y centralizada, se volvió modelo de validez internacional.

Desde el triunfo de la revolución la idea sería esta: aquello que beneficia la URSS beneficia el movimiento socialista internacional. Aquello que es ratificado por las máximas autoridades soviéticas se vuelve moralmente justo y política y científicamente correcto. Así que el país más atrasado de Europa donde el marxismo ya estaba reducido a una estricta escolástica revolucionaria, se volvió modelo internacional. En la ola de la revolución victoriosa y de la posterior construcción de una nueva sociedad, leninismo y estalinismo devienen la única versión autorizada del marxismo. La edad del debate y de la creatividad intelectual se cierra en nombre de la fidelidad a la patria del socialismo. La teoría se vuelve dogma y los espacios para la confrontación de ideas se reducen en seco. Y este modelo prevalecerá a lo largo de gran parte del siglo XX en varias partes del mundo. Y, como ya he dicho, los humos residuales de una visión del marxismo como doctrina de un socialismo despótico (que se considera progresista) persisten hasta la actualidad y, en lo que nos concierne, es suficiente una mirada a Venezuela, Nicaragua o a la inoxidable Cuba para confirmarlo, además de la subsistencia de grupúsculos radicales en distintos países, que a pesar de su irrelevancia social y política, pretenden encarnar los intereses verdaderos del pueblo, el proletariado, los trabajadores o cualquier otro sujeto social llamado a emancipar el mundo del capitalismo.  Sin considerar las corrientes intelectuales autodenominadas contra-hegemónicas que pueden encontrarse en un sotobosque de academismo insurgente entretenido en la eterna glosa de los textos sagrados y ansioso de epopeya revolucionaria.

Sigamos la narración de K acerca de las distintas vertientes políticas e intelectuales de la II Internacional hasta llegar a la afirmación del leninismo, antes en Rusia (desde 1903) y después (desde 1917) en el resto del mundo. 

Si la I Internacional había sido un centro ideológico en que convergían reducidos núcleos de intelectuales y de intelligentzia obrera de varios países y entre ellos  fabianos ingleses, bakuninistas rusos, marxistas alemanes, proudhonianos franceses y nacionalistas radicales de varios países, la II Internacional, fundada en París en 1889, con la presencia de Engels, agrupaba partidos de inspiración marxista con significativa representación social y más estructurados que en el pasado. Los más importantes serán el Partido Social Demócrata alemán fundado en 1869 y que en 1890 vuelve a la legalidad después de 12 años de operar clandestinamente y obtiene un millón y medio de votos y 35 escaños en el Reichtag. El socialismo francés es el segundo pilar de la Internacional pero, aunque tenga una historia más antigua y rica de ideas, es más dividido que el alemán y tiene una más reciente influencia anarquista. A estos hay que añadir los partidos socialistas de Austria, Bélgica, Italia y otros países, además de las organizaciones sindicales inglesas. Los elementos comunes de estos sujetos político-sindicales son la lucha para la mejora de las condiciones obreras en una lógica reformista. El objetivo revolucionario persiste como un ideal lejano, más discursivo que real, proyectado a un futuro indefinido cuando el capitalismo habrá alcanzado su madurez en términos económicos y la conciencia de clase del proletariado hará posible su conversión en clase dirigente de una nueva sociedad. Pero, por el momento, el horizonte común que liga a los varios partidos va de la demanda de las ocho horas de trabajo a la supresión de los ejércitos permanentes, del sufragio universal a la demanda de una legislación social que fije nuevos derechos para los trabajadores. Naturalmente, debajo de esta capa unitaria hay diferentes acentuaciones que provienen de las distintas tradiciones políticas nacionales y de las personalidades culturalmente más prominentes en cada organización. Un solo ejemplo: mientras la socialdemocracia alemana (un nombre que no resultó especialmente grato a Marx cuando supo que el partido que se inspiraba en sus ideas asumiría esta denominación) se ceñía más fielmente al ideario marxista, el socialismo francés de Jaurès, menos doctrinariamente marxista, afirmaba la necesidad de participar en la lucha por propósitos morales universales destinados a enriquecer una cultura socialista capaz de penetrar la sociedad burguesa con valores de solidaridad, democracia y justicia. Lo que estaba en contradicción con el pensamiento de Marx para quien la revolución sería una ruptura radical con la sociedad burguesa y el socialismo no podía, ni parcial ni totalmente, realizarse al interior de esta sociedad (Alianza Ed. 1982, p. 29). Además, la moral tenía poco, si es que algo, que ver con las leyes del materialismo histórico y con la conciencia revolucionaria del proletariado, las dos dimensiones interconectadas en el camino al socialismo.           

De aquí en adelante, K expone el pensamiento de las figuras intelectuales y políticas, más o menos fielmente, ligadas al marxismo en la II Internacional. El filósofo polaco se propone la tarea de describir críticamente el universo de ideas, visiones y proyectos del movimiento socialista de fe marxista entre fines del 800 y comienzos del siglo sucesivo, antes de que el leninismo se volviera hegemónico en el movimiento comunista internacional. La narración comienza con la personalidad teórica dominante del socialismo europeo en las décadas que preceden la Primera Guerra Mundial: Karl Kautsky.

Kautsky fue la mayor autoridad teórica de la socialdemocracia alemana y el fundador en 1883 de la revista mensual –Die Neue Zeit– que por cuatro décadas será el escaparate más prestigioso de la reflexión teórica y política del socialismo europeo. Él mismo se asume, y es asumido, como el continuador autorizado del pensamiento de Marx y Engels y, en este sentido, es también la expresión más alta de las contradicciones no sólo del marxismo de los orígenes sino del intento de su adaptación a un contexto social que ha dejado de ser revolucionario. En el espíritu de la época ya no hay barricadas y luchas callejeras, pero se han abierto espacios para la lucha sindical orientada a la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores y para una actividad parlamentaria proyectada a ampliar sus derechos sociales y civiles. El contraste con Jean Jaurès, la principal figura intelectual del socialismo francés, es especialmente revelador. Si para éste el socialismo es la más alta expresión moral de la eterna lucha de la humanidad por la justicia y la libertad, para Kautsky esa visión no debía parecer mucho más que una forma de sentimentalismo que contrastaba con un socialismo científico y determinista que hacía del proletariado el agente de un proceso histórico ineludible que conduciría a la implosión de las contradicciones del capitalismo y a la creación de una nueva sociedad. El llamado a valores universales y análogas recomendaciones no podían tener gran respaldo en un pensamiento que se pretendía científico en la lectura de las leyes de la historia.      

Razonando en función de estas leyes, Kautsky ignoró la cuestión que los austromarxistas (v. más adelante) y otros  se pondrían: si el socialismo es inevitable según las leyes  del materialismo histórico, ¿lo hace eso también deseable? ¿Y en nombre de cuáles valores podría serlo? Un tema kantiano que remitía a juicios de valor que iban más allá de la ciencia. Siguiendo a Marx (y Hegel), Kautsky cree que la esencia de los procesos históricos es más real que la realidad concreta y visible, de ahí que el socialismo científico muestre lo que no es evidente requiriendo teóricos que revelen al proletariado su misión histórica. Una idea, la de la conciencia revolucionaria que llega al proletariado de fuera, desde la intelectualidad socialista, que será pieza central del pensamiento de Lenin.                 

Kautsky desconfiaba de que una conquista prematura del poder condujera a la superación del capitalismo. Para él, el socialismo se pondría al orden del día sólo cuando el capitalismo hubiera alcanzado la madurez. Y eso no sólo había sido afirmado por Marx sino que la experiencia histórica lo había confirmado, en su opinión, con las derrotas de los jacobinos y, después, de la Comuna de París: brotes inmaduros de iniciativa revolucionaria (51). Apuntemos al margen que Marx también había tenido serias dudas sobre la Comuna aunque, después de su derrota, mantuviera el silencio en honor de los ciudadanos de París  caídos en una resistencia heroica. Pero, volviendo a Kautsky, de estas experiencias frustradas venía parte de la crítica a la revolución rusa por la inmadurez económica (y social) del país. Pero, la crítica a Lenin provenía también de otras razones. El reformismo permitía a la clase obrera forjarse una experiencia en la administración de la economía y de la vida política, capacitándola a dirigir posteriormente una sociedad socialista. No podía construirse el socialismo sobre la base de una sociedad semifeudal. En 1919 Kautsky preconizaba en Rusia el dominio de una nueva clase de burócratas que gobernarían un “socialismo tártaro”. Por su parte los marxistas rusos no bolcheviques, como Plekhanov y Akselrod, denunciaban que no se podía construir el socialismo a base de terror de masas y trabajo forzoso. El otro argumento crítico de la revolución rusa de parte de Kautsky era que cuando Marx hablaba de dictadura del proletariado se refería a una nueva base social hegemónica y no a formas de poder que prescindieran de la democracia y del pluralismo. El mayor teórico de la socialdemocracia alemana criticaba a Lenin en nombre de la democracia sin percibir –señala K- que, sin embargo, no se podía afirmar que todo conocimiento es de clase y pretender que el del proletariado tenga validez universal. No era del todo coherente proclamar el monopolio de la verdad para el proletariado con la defensa del pluralismo político y la libertad de expresión (60).

Pero, además de la mayoritaria alma reformista de la socialdemocracia alemana, había una minoritaria ala revolucionaria encarnada, entre otros, por Rosa Luxemburg. Una figura anómala que en su corta vida (nacida en 1871 será asesinada por paramilitares nacionalistas en 1919) se enfrentó al mayoritario sector ortodoxo del partido, representado por Kautsky, a Bernstein, que señalaba la contradicción de un partido que se declaraba revolucionario operando una estrategia reformista, y contra Lenin, por su visión autoritaria del socialismo. En 1907 hizo aprobar por la Internacional una resolución según la cual de estallar la guerra esta debía transformarse en revolución anticapitalista. En 1912 escribió su principal obra teórica, La acumulación del capital que postulaba el inevitable derrumbe del capitalismo, pero no por las razones indicadas por Marx. Para Rosa Luxemburgo el capitalismo, proyectado a una permanente sobreproducción,  funcionaba gracias a la existencia de mercados no capitalistas donde podía venderse el exceso de mercancías que los mercados capitalistas no podían absorber. Pero, con el auge colonizador, estos mercados externos, una vez absorbidos en la lógica del sistema capitalista, dejarían de capturar el excedente enfrentando el sistema a una sobreproducción que habría conducido al derrumbe económico. Una tesis equivocada, podemos glosar, por dos razones centrales: la destrucción creativa de los capitales asociada a la innovación tecnológica y al cambio en la composición sectorial de la producción, argumento esgrimido por el economista austriaco Joseph Schumpeter a comienzos de los años 40, además de la mejora en las condiciones de vida de los trabajadores y la ampliación de las clases medias con el correspondiente incremento en la capacidad social de consumo.

Salida de la socialdemocracia, fundó en 1916 la Liga Espartaco que se convertiría después en un efímero partido comunista. El año siguiente saludó la revolución rusa criticando, sin embargo, a Lenin por su política represiva hacia los campesinos y la supresión de las libertades democráticas. Para ella la clase obrera era revolucionaria por naturaleza y el leninismo en lugar que favorecer su  capacidad de auto-organización la había expropiado del poder. Así que la crítica a la revolución rusa que venía de Alemania, apunta K, procedía de dos puntos de vista distintos. Mientras Kautsky criticaba la supresión de la  democracia y consideraba la sociedad rusa inmadura para dar el salto hacia el socialismo, Rosa Luxemburgo, además de rechazar las políticas anti-democráticas, objetaba la represión de la actividad política espontánea de los trabajadores (89).   

Sin dudas Rosa Luxemburgo acertó en el juicio crítico hacia las políticas leninistas, sin embargo se equivocó en creer en la desaparición de las clases medias y en el aumento progresivo e inevitable del desempleo. Tanto ella como Marx habían menospreciado la capacidad del capitalismo para reformarse y no habían percibido que las luchas obreras podían conducir a mejores condiciones de vida y no necesariamente a la revolución. Para ella, en contraste tanto con Kautsky como con Bernstein, las reformas tenían sentido sólo como medio para la conquista del poder, no como fin en sí mismas.   

Hemos mencionado a Bernstein y ha llegado el momento de ocuparnos de la cabeza de esa ala de la socialdemocracia que terminará por describirse como revisionista, por su revisión tanto de las teorías de Marx como del objetivo revolucionario que surgía de ellas. Bernstein pasó varios años en Inglaterra en contacto con el movimiento sindical de este país y con la Sociedad Fabiana creada en 1884 e inspirada en un socialismo no revolucionario, una corriente muy poco influida por el marxismo cuyos miembros más prominentes fueron Sidney y Beatrice Webb, George Bernard Shaw y Virginia Woolf y que contribuyó finalmente a la creación del Partido Laborista. Con la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores desde fines del siglo, la visión de una revolución inevitable pierde vigencia frente a una acción reformadora que ve el socialismo como una posibilidad de desarrollo al interior de un capitalismo crecientemente condicionado por la presión de los trabajadores organizados. La orientación política de los revisionistas iba en el sentido de conciliar socialismo y liberalismo.

El debate en la socialdemocracia alemana comienza desde la última década del siglo con la demanda de los dirigentes del sur del país por organizar las reivindicaciones de los pequeños granjeros. Lo que se enfrenta a la resistencia del cuerpo ortodoxo del partido (Kautsky en primera línea) que ven a los pequeños campesinos en la óptica de los prejuicios que proceden de la memoria de la revuelta campesina de la Vandea contra la revolución francesa, del individualismo de los trabajadores de la tierra y de la predicción de Marx acerca de su inevitable desaparición por el proceso de concentración en grandes propiedades. ¿Para qué comprometer el partido en la defensa de un sector culturalmente reaccionario y destinado, además, a desaparecer? El punto que Bernstein y sus seguidores planteaban era que ni los pequeños granjeros, ni las clases medias, a diferencia de lo postulado por el marxismo ortodoxo, parecían destinados a desaparecer y constituían una fuerza social que podía y debía ser organizada por la socialdemocracia junto con el proletariado industrial.

Para los revisionistas uno de los mayores desacierto del marxismo venía de su dependencia (por crítica que haya sido) de Hegel y la consiguiente tendencia a hacer deducciones sobre la evolución social a partir de esquemas dialécticos abstractos y apriorísticos con insuficiente consideración de los hechos reales que pudieran cuestionarlos. Lo que conduce a un determinismo histórico impermeable a los datos históricos concretos. Aunque la crítica al hegelismo marxiano fuera primaria, señala K (107), eso no quita, podemos afirmar, que era sustancialmente correcta. Para Bernstein se trataba de socializar el sistema estatal y la propiedad del capital con la ayuda de instituciones democráticas y la fuerza del proletariado organizado. Para él era evidente que la socialdemocracia era un partido que se decía revolucionario para mantener la fidelidad ritual a los preceptos marxianos, y que, sin embargo, no trabajaba para la revolución sino para reformas progresivas. Así que, en su opinión, mantener en la socialdemocracia un leguaje revolucionario era una ficción formal que debía ser superada. Naturalmente el revisionismo bernsteiniano recibió críticas acérrimas de parte del sector ortodoxo (otra vez Kaustky) que no podía ni quería mostrar explícitamente su distanciamiento del discurso revolucionario de la tradición marxista, aunque estuviera lejos de convertirlo en una perspectiva política concreta. Añadamos que, a pesar de que el partido había votado los créditos de guerra (como casi todos los socialistas europeos en sus propios países), durante la misma Bernstein estuvo cerca de la minoría antibélica del partido.     

K sigue la exposición crítica del pensamiento de las mayores personalidades socialistas entre fines del 800 y comienzos del siglo sucesivo. Me limitaré a algunas rápidas observaciones acerca del universo de ideas del periodo, antes de llegar a la parte final del libro que trata de los orígenes y primeros desarrollos del marxismo en Rusia y de la sucesiva hegemonía cultural y política del leninismo.

Acerca de Jaurès ya se han dicho algunas cosas, añadamos acerca de este pensador socialista asesinado en 1914 por un joven nacionalista a causa de sus intentos por evitar la guerra entre Francia y Alemania. En Jaurès encontramos dos ideas que es oportuno mencionar. La primera es que el socialismo no podía basarse exclusivamente en el proletariado, dada la complejidad social que habría impedido movilizar la mayoría de las fuerzas sociales en su favor. Una idea excéntrica frente al marxismo ortodoxo que veía en el proletariado el sujeto exclusivo de la lucha por una emancipación del capitalismo que, finalmente, habría beneficiado a la humanidad en su conjunto. Ésta, en sus distintos componentes populares, pasaba de ser beneficiaria pasiva a protagonista activa de su emancipación, según Jaurès. La otra idea es el rechazo de un control económico total en el socialismo de parte del Estado. Para el socialista francés si los políticos hubieran dominado así la economía además de controlar el ejército y la política exterior y el resultado habría sido una sociedad al estilo del despotismo oriental. Inútil subrayar el acierto premonitorio de esta percepción. Acerca de Georges Sorel, no están muy claras las razones de K para considerarlo en un texto sobre las corrientes del marxismo ya que Sorel fue desde fines del 800 el teórico del anarcosindicalismo, una corriente política que tendrá gran peso en el incipiente movimiento obrero latinoamericano del periodo. A este propósito me permito indicar mi trabajo La esperanza y el delirio. Una historia de la izquierda en América Latina (2015). La relación de Sorel con el marxismo era en realidad bastante superficial (era visto por él como “poesía del apocalipsis”). Y lo mismo puede decirse de su enamoramiento por Lenin y Mussolini, considerados como vanguardia de la destrucción de un orden capitalista al que habría sucedido una organización federada de trabajadores según la visión proudhoniana. Sorel rechazaba la política, hacía de la huelga general el instrumento para romper jerarquías y privilegios del viejo mundo e insistía en la importancia del mito como factor de movilización de las masas contra el orden establecido. Me permito de complementar a K con una cita de Norberto Bobbio: “Sorel fue un pensador tempestuoso, que se abandonó a todos los vientos más furiosos de su época por el gusto de estar siempre en la borrasca” (Perfil ideológico del siglo XX en Italia).

Con Antonio Labriola volvemos en el surco de la tradición marxista y a la variedad de visiones en que se entremezclan las ideas ortodoxas y heterodoxas que dieron vida al debate socialista entre fines del 800 e inicios del siglo sucesivo. Este filósofo (que influyó en la formación de Benedetto Croce y pasará de una primera fase hegeliana al descubrimiento y adscripción intelectual al marxismo) pertenece a la corriente de pensamiento que K define marxismo historicista, una orientación que, como veremos en la próxima nota, caracterizará también el pensamiento de Antonio Gramsci. Era arduo para la cultura italiana creer en el progreso ininterrumpido considerando una historia nacional de retrocesos a lo largo de tres siglos desde la Contrarreforma. De ahí el escepticismo  de Labriola en las explicaciones a partir de leyes generales de la historia. El filósofo italiano no creía en la necesidad histórica del socialismo; el socialismo era un grito de batalla de los trabajadores pero cuando profetizaba el futuro se volvía una utopía. K sostiene que Labriola estaba convencido de la posibilidad de un desarrollo gradual desde las instituciones liberales y, en ese sentido, su reflexión se acercaría al evolucionismo de Bernstein. Esta interpretación es, en realidad, muy discutible ya que en la última parte de su vida intelectual, Labriola será un duro crítico del reformismo encarnado por Filippo Turati, máximo dirigente del Partido Socialista Italiano, y llegará a cuestionar el parlamentarismo como producto de una cultura burguesa que será superada por el pueblo que deberá ejercer directamente el poder. Apuntemos que el error de interpretación acerca del pensamiento de Labriola es la parte más débil de este segundo tomo de la obra del filósofo polaco.

Para K existen dos grupos de teóricos marxistas. Uno está compuesto por aquellos que estudian la realidad para confirmar la validez de los postulados del marxismo. Otro está constituido por los estudiosos que usan el marxismo para analizar los fenómenos sociales sin estar interesados en confirmar en cada momento la verdad del propio marxismo. Ludwick Krzywicki (1859-1941), uno de los introductores del marxismo en Polonia, pertenecía al segundo grupo. Limitémonos aquí a mencionar su idea de “sustrato histórico”, o sea el conjunto de instituciones, costumbres y creencias que permanecen en el tiempo incluso después del cambio de las circunstancias materiales que le dieron origen. En ese sentido la base económica no es motor exclusivo de la historia como postula el materialismo histórico; el sustrato histórico opera como un freno al cambio a pesar del progreso técnico y productivo. Lo que constituye otra forma de historicismo neo-marxista.  

Concluyamos la narración de K relativa al marxismo exterior a  Rusia con la corriente que será reconocida como austromarxismo. Entre los rasgos comunes de este conjunto de intelectuales socialdemócratas de origen austriaco (entre los cuales Max Adler, Otto Bauer, Rudolf Hilferding, Karl Renner y otros) estaba el hecho de no considerar el marxismo un sistema cerrado y autosuficiente y buscar en Kant una referencia ética para el socialismo más que una visión del mismo en términos de instituciones específicas. Kant había estado en contra del privilegio hereditario, de los ejércitos permanentes y a favor de la representación popular, de la separación Estado-Iglesia y consideraba legítima la revolución si se trataba de asegurar la libertad (249). En fin, un demócrata radical que Marx pondría al margen de sus reflexiones probablemente por el sesgo moral implícito en su disyunción entre ser y deber ser, lo que chocaba con una visión científica de la historia en la que, hegelianamente, lo que era correspondía a lo que debía ser. Estos marxistas austriacos neokantianos intentaron acercar el marxismo a Kant para dar un contenido ético al socialismo y protagonizaron por décadas un rico debate en las publicaciones de la socialdemocracia, entre las cuales la Neue Zeit. Después de la guerra los austromarxistas siguieron caminos políticos diferentes. Algunos, como Renner e Hilferding, se acercaron a la socialdemocracia (en el sentido actual) mientras otros, como Otto Bauer, se orientaron hacia una izquierda radical manteniendo, sin embargo, fuertes críticas al leninismo y a una sociedad soviética que, en sus palabras, había construido un despotismo basado en la delación (y la consiguiente desconfianza) recíproca generalizada. Hilferding, el más eminente economista de la II Internacional, autor del influyente El capital financiero, morirá en el campo de Buchenwald. Por su parte Karl Renner sostenía que el capitalismo en la edad del imperialismo se había vuelto menos cosmopolita y más nacionalista que en tiempos de Marx. Lo que significaba que la burguesía había aceptado en su propio beneficio un mayor control estatal de las actividades industriales, financieras y comerciales, mientras la mayor presión obrera había mejorado sus condiciones y la amplitud de los servicios sociales. En este contexto se abrían las puertas a un posible desarrollo socialista en el ámbito de la sociedad capitalista. Otto Bauer era menos optimista pero estaba de acuerdo en que ya no podía considerarse el Estado un órgano de la burguesía exclusivamente subordinado a sus intereses (275). Por su parte Max Adler, pensaba que la transición al socialismo no podía que ser revolucionaria aunque no necesariamente violenta y en este sentido se oponía al reformismo. Frente a las críticas del politólogo Robert Michels acerca de la tendencia de todo partido a perpetuarse a través de una elite oligárquica, Adler, en referencia al periodo post-capitalista, hablaba de la educación como instrumento de democracia social y de consejos obreros capaces de autogobierno mientras, al mismo tiempo, criticaba a Lenin por haber instaurado ya no una dictadura del proletariado sino una dictadura del partido sobre el proletariado.

Esta variedad de visiones, de la que aquí hemos hecho una forzosamente apretada síntesis, refleja una riqueza de aportes críticos en el seno del marxismo, riqueza que desaparecerá sucesivamente con la afirmación, desde la revolución rusa de 1917, de la hegemonía antes leninista y después estaliniana. A este punto de su libro, K comienza a tratar justamente este argumento partiendo de los orígenes del marxismo en Rusia.

El tema es abordado describiendo el contexto histórico “oriental” de un país caracterizado a lo largo de siglos por el absolutismo del Estado y de su burocracia sobre una sociedad civil sin posibilidades de expresión independiente. Una realidad de despotismo salpicada por ocasionales revueltas campesinas sin perspectivas de éxito y sin visiones democráticas en que la libertad eventualmente conquistada pudiera ser sancionada por la ley. Un país con movimientos revolucionarios de carácter profético que anunciaban otra forma de totalitarismo después del régimen zarista. En este sentido, una realidad socialmente arcaica respecto al resto de Europa debido, entre otras circunstancias, a dos hechos  cruciales: la debilidad de las clases medias y la ausencia de contraste entre Estado e Iglesia que tanto contribuyó a la separación de los poderes y a la modernización política y cultural de Europa occidental. Viene por comentar la similitud con China, donde el emperador fue por milenios tutor de los preceptos y la moral confucianos. Si bien en otras formas,  en Rusia, el zar fue por siglos “guardián de la verdad religiosa” (305). Con la exclusión de Aleksander Herzen (y deberíamos añadir Turguénev y Belinski entre otros), la oposición al zarismo tomó la forma de un populismo ligado a visiones románticas de transición al socialismo sin pasar por una fase capitalista (y liberal) considerada como ocasión de disgregación social de las antiguas comunidades rurales, idealizadas como núcleo de una armoniosa sociedad futura. El populismo será el movimiento político multiforme –entre reformismo, voluntad pedagógica hacia el campesinado y terrorismo- que protagonizará la lucha contra el absolutismo antes de que el marxismo asumiera, en varias formas, el protagonismo de este enfrentamiento. A este propósito (considerando la síntesis con la que K trata un tema que no está en el centro de su interés) me permitiré aconsejar, dada la importancia del argumento tanto desde el punto de vista historiográfico como por su actualidad, algunos textos especialmente importantes. El trabajo más amplio y acucioso sobre el tema es ciertamente de Franco Venturi, El populismo Ruso (2 tomos), al que añadiría el fascinante texto de A. Herzen, Pasado y Pensamientos (escrito en la primera mitad de la década de 1850) y Pensadores Rusos de Isaiah Berlin. Cerrado este paréntesis bibliográfico, regresemos al texto de K. Frente al requerimiento de consejos de parte de populistas rusos en tránsito hacia el marxismo, Marx llega a sostener que, a pesar de su atraso, basándose en sus tradiciones campesinas comunitarias, Rusia podía dar el salto directo al socialismo (sin pasar por una etapa capitalista) si su revolución hubiera sido apoyada por el éxito de la revolución en Occidente. K apunta con razón que, en esta cuestión, Marx era menos marxista que los marxistas rusos quienes, en polémica con los populistas, sostenían que para llegar al socialismo Rusia debía pasar antes por un largo periodo de desarrollo capitalista (320). Destinado, entre otros aspectos, a fortalecer el peso específico de la clase obrera frente al universo campesino.          

Una figura emblemática de la fase terrorista del populismo ruso es Piotr Tkachov (1844-85), a quien hacemos referencia por su concepción de la organización revolucionaria que, por ciertos aspectos, encontraremos después en Lenin.  Tkachov no confiaba en los instintos revolucionarios del pueblo. Para él, la revolución debía partir de una minoría bien organizada, clandestina y estrictamente disciplinada bajo un mando centralizado. El terrorismo contra los funcionarios del gobierno debía desempeñar la tarea de mostrar la fragilidad del Estado zarista e impulsar la sublevación de las masas. Y es justamente en esta fase –que tendrá su ápice con el asesinato de Alejandro II en 1881- que se separan del populismo los primeros marxistas.

Sin ser un teórico original, Plekhanov será la figura central del marxismo ruso de los inicios, si bien pasó la mayor parte de su vida en el exterior. Para él, la revolución socialista no estaba al orden del día en su país. El objetivo concreto debería haber sido una revolución democrático-burguesa contra el zarismo, después de la cual los socialistas pasarían a la  oposición mientras el país podría avanzar en la construcción de una economía capitalista que en algún momento habría puesto en el tapete el tema de la transición al socialismo. Plekhanov era un marxista ortodoxo que, como Kautsky, creía que los fenómenos sociales podían estudiarse como los naturales. Lo que, por cierto, correspondía más al pensamiento de Engels que al de Marx. K señala que la creencia absoluta en leyes universales daba a la escritura de Plekhanov un estilo de contundencia intransigente que será heredado después por Lenin. Un tono lapidario propio de sectas religiosas para las cuales se trata en cada momento de ser fieles a la doctrina al pie de la letra. En otros términos: la verdad ya ha sido establecida originariamente,   se trata ya sólo de aplicarla a cada situación específica. Inicialmente bolchevique, Plekhanov pasó muy pronto al grupo menchevique con Martov Y Akselrod y estuvo cerca del grupo más ortodoxo de la II Internacional entre 1905 y 1914, cuando adoptó, como la mayoría de los socialistas europeos, una actitud nacionalista abandonando su anti-belicismo previo. Pero hubo también otras expresiones intelectuales del marxismo ruso, una de ellas denominada marxismo legal, uno de cuyos exponentes fue Piotr Struve, quien sostenía en los años 90 la compatibilidad del socialismo con las instituciones democráticas. Una visión, como hemos visto, ciertamente no aislada en el contexto del marxismo de Europa occidental.

Marxismo y socialismo aparecieron en Rusia -como en muchos países de desarrollo tardío, podemos añadir- antes de la clase obrera, lo que probablemente tuvo relación con el hecho que adquiriera ahí, por no tener que adaptarse a realidades cambiantes, rasgos dogmáticos. “En la atmósfera teórica resultante se debatían los problemas en términos de lealtad y traición más que de simple verdad o falsedad” (367). Y Gran parte de los socialistas rusos (especialmente los bolcheviques) estaban más cerca de la mentalidad de los conspiradores populistas que de los socialdemócratas del resto de Europa. Lo que, añadamos, resulta bastante comprensible en el contexto de una autocracia sostenida por su aparato represivo y de espionaje.

En 1899 Lenin publica su voluminoso y detallado estudio Desarrollo del capitalismo en Rusia, donde pretende demostrar que el capitalismo ya ha echado fuertes raíces en el país. Lo que constituía un paso doctrinariamente esencial al fin de justificar la lucha para el socialismo sin violar los dictados del marxismo que establecían (añado: correctamente) la necesidad de una base económico-social capitalista para poder pensar en una sucesiva transición socialista. El año anterior se había fundado el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso que se dividiría entre la mayoría (bolchevique) y la minoría (menchevique) en su II congreso de 1903 alrededor de la propuesta leninista de organización del partido. 

Para Lenin todas las cuestiones teóricas eran instrumentos hacia un solo objetivo: la revolución. Comentemos al margen: lo que es útil para este fin es necesariamente verdadero, con lo cual, por la propiedad transitiva, la ideología se transforma en ciencia. Para él la vanguardia del proletariado debe tener una teoría ya que la conciencia socialista de los trabajadores viene de fuera (en coincidencia con Kautsky). Dejados a sí mismos los trabajadores apenas pueden desarrollar una conciencia sindical pero no una revolucionaria. En el congreso de 1903 Lenin propone, coherentemente con su libro ¿Qué hacer?, su visión del partido como una organización de revolucionarios profesionales. El movimiento obrero tendrá una conciencia socialista sólo hasta que se subordine al partido, expresión de una ideología, el marxismo, que es por definición proletaria. Ontológicamente, podríamos añadir. Y eso porque el partido conoce las leyes históricas que asignan al proletariado una función de liberación universal. De ahí que –volvamos con la memoria a Tkachov- debe ser una maquinaria centralizada y dogmáticamente amarrada a la doctrina correcta que le permite conocer los intereses del proletariado incluso mejor que el proletariado mismo (385). De esta forma queda  legitimada a priori la futura dictadura del partido sobre los propios trabajadores.         

En cambio, para los mencheviques el partido debía estar abierto a la libre afiliación de estudiantes, empleados, obreros o profesores  lo que, en la visión leninista, rompería la cohesión  y la disciplina de la vanguardia. Los mencheviques estaban cerca de la socialdemocracia alemana y consideraban las libertades democráticas un valor en sí mientras que para Lenin sólo eran armas para un fin: la toma del poder. Como se dijo en referencia a Plekhanov, para los menchevique la tarea era favorecer una revolución democrático-burguesa después de la cual la socialdemocracia ejercería una función opositora para la maduración social y económica del país en espera del momento en que existieran las condiciones económicas y sociales para la transición al socialismo.

En 1907 los menchevique hacen planes para organizar un sistema nacional de los soviet (los consejos obreros nacidos en la revolución de 1905), a lo que Lenin se opone porque esta iniciativa habría restado el poder decisorio a la vanguardia del partido. Saltemos a 1917; en octubre el partido bolchevique se declara a favor de la insurrección armada y en noviembre de ese año, ya destronado el gobierno provisional instaurado tras la abdicación de Nicolás II,  se elige la Asamblea Constituyente en la cual los bolchevique obtienen un cuarto de los votos. Y cuando la asamblea se reúne por primera vez, en enero de 1918, es disuelta por marinos armados bajo las órdenes de los bolcheviques. La única asamblea elegida por sufragio universal en la historia rusa había tenido apenas una existencia efímera.    

De ahí en adelante, coerción, intimidación hacia los partidos opositores, que serán finalmente disueltos, y ejecuciones sumarias se vuelven la regla del gobierno guiado por Lenin, incluso después de terminada la guerra civil. Se prohibieron las corrientes al interior del partido, así que después del despotismo del partido sobre la sociedad (incluido el proletariado) se estableció el despotismo dentro del propio partido, lo que convertía cualquier crítica a la línea en un atentado contra el “Estado proletario” que podía conducir al encarcelamiento o a la pena de muerte. El gobierno determinaba la ley sin ser controlado por ninguna representación política popular (ni proletaria). Y cuando, en 1921, los marinos y soldados de Kronstadt, que habían participado en la revolución, pretendieron que sus voces fueran escuchadas, todo terminó en un baño de sangre.

Frente a las críticas más o menos abiertas, en 1919 Lenin reconocía la naturaleza del nuevo sistema y declaraba: “Sí es la dictadura de un partido…porque es el partido que ha ganado en el curso de las décadas la posición de vanguardia de todo el proletariado”. Comenta K: “Lenin suponía que no había problema acerca de la relación  entre una clase y un partido, o un partido y sus líderes, que el gobierno de un grupo de oligarcas puede considerarse propiamente un gobierno de la clase que dice representar, aunque no haya medios institucionales para averiguar si la clase quiere tenerlo o no como representante… De esta forma resulta que, gracias a una curiosa dialéctica, un gobierno proletario sería la ruina de la dictadura del proletariado” (493-94).

Lenin sostenía que las personas pueden ser ejecutadas por expresar ideas que sirven objetivamente los intereses de la burguesía (496). Y Trotsky apoyaba la misma posición sin explicar quien estaría encargado, y con cuales criterios, de explicar en cada caso el significado del adverbio “objetivamente”.

K concluye: Lenin es el primer ideólogo del totalitarismo. Por definición la burocracia capitalista era un instrumento de opresión, la burocracia socialista era en cambio instrumento de liberación (501). El ciudadano no tiene derecho de hacer nada que no encaje con los fines del Estado; lo que era llevar los principios del zarismo a un estadio más elevado gracias a la obra de Lenin (502). Mismo que en 1920 dice: Nuestra moralidad está enteramente subordinada a los intereses del proletariado (505) y, dado que los intereses del proletariado son los del partido, o de su líder circunstancial, lo que sirve al partido es moralmente bueno (504-505). Sería así ilógico e hipócrita condenar la tortura o incluso las ejecuciones de masa si sirven al partido. La invasión de un Estado extranjero se vuelve un acto de liberación. Y de esta forma, podemos comentar, la dialéctica deviene un ejercicio acrobático dirigido a justificar en nombre del proletariado y de las leyes de la historia cualquier decisión del partido y de su máximo dirigente momentáneo.

Así concluye el segundo tomo de la obra de Kolakowski.

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