La postguerra de Tony Judt

11 marzo, 2019

La historia escrita puede ser crónica de acontecimientos pasados o interpretación de las entrecruzadas circunstancias que favorecieron ciertos desarrollos. El voluminoso libro de Tony Judt (Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, mil 200 páginas) es las dos cosas en diversas proporciones a lo largo de un libro de dimensiones inusuales. Se encuentra aquí un enorme despliegue de erudición sobre las distintas regiones de Europa a través de sus protagonistas culturales, los debates intelectuales, los conflictos políticos y los movimientos sociales de una historia que inicia con el fin de la Segunda Guerra Mundial y llega hasta los inicios del nuevo siglo. Una historia de la cual una sola cosa puede decirse con alguna contundencia: nada estaba escrito de antemano. La Europa de 1945 era, si bien en distintos grados, un cúmulo de ruinas humeantes con un destino abierto a diferentes posibilidades. El nacionalismo delirante de Hitler que había entusiasmado hasta el delirio a sus compatriotas produjo la matanza (50 millones de muertos) más colosal de la historia mundial y un nivel de destrucción inimaginable hasta entonces. ¿Dónde ir desde ahí?     

Desde 1945 se sucedieron una serie de acontecimientos destinados a impactar la historia europea y mundial con hechos tan sobresalientes como la formación de lo que hoy es la Unión Europea, la extensión a toda Europa oriental de la hegemonía soviética y su posterior, súbito, derrumbe que ocurrió asombrosamente en paz, por ejemplo en Checoslovaquia y, a través de una guerra decenal de increíble crueldad, en Yugoslavia, el vuelco hacia una política de corte neoliberal que comienza en Inglaterra a fines de los años 70 con Margaret Thatcher interrumpiendo el progresivo avance del Estado de bienestar que se había desarrollado hasta entonces, la descolonización en África y Asia de las últimas colonias europeas, la disolución de la URSS que en su momento había pretendido ser el anuncio de la futura sociedad mundial. Una historia de gran complejidad donde los efectos de determinadas causas se vuelven a menudo causas de otros efectos en diferentes parte del continente, donde se entrecruzan problemas fronterizos, tensiones étnicas, ambiciones e intereses nacionales, equilibrios y alianzas internacionales, éxitos y frustraciones en la reconstrucción económica posbélica, predominio cambiante de diferentes corrientes políticas. En fin, una historia fascinante que, a diferencia de una novela policial, no oculta su conclusión hasta el momento de ser escrita, y se dedica en cambio a una tarea igualmente intrigante: descubrir los entretelones que hicieron posible aquellas conclusiones. Una cosa es cierta: desde entonces han pasado siete décadas de paz, algo sin antecedentes seculares.  

Dediquemos algunas palabras al Autor. Tony Judt (educado inicialmente en Inglaterra, Cambridge) y después en Francia (École Nornale Supérieure de París) nació en 1948 de una familia judía de orígenes lituanos así que la historia europea que narra se entreteje con su propia historia familiar. Por muchos aspectos, Judt estaba especialmente capacitado para cumplir esta empresa, dado su historial académico y su historia familiar de culturas, idiomas, sabores infantiles de la cocina polaco-lituana de sus abuelos y conocimientos  asociados al vagabundeo por Europa de sus parientes escapando de las persecuciones antisemitas. Y siendo que la vida no es un teorema pitagórico, la historia de Europa de la segunda postguerra la escribió mientras vivía y trabajaba en Estados Unidos. Nada estaba escrito pero la casualidad no es necesariamente insensata y a veces las cosas se ven mejor desde lejos. Una historia cargada de acontecimientos imprevisto (¿pero cuando es que la historia es predecible?) donde aquellos de mayor portada podrían ser el inicio del proceso de integración europeo orientado a la superación de los nacionalismos que tantas desgracias habían acarreado, la disolución del Estado que encarnó, desde 1922, la mayor utopía moderna a escala mundial, o sea el comunismo soviético, el comunismo, el resurgimiento de partidos xenófobos y nacionalistas y el nacimiento de partidos monotemáticos (feminista, ecologistas, etc.).

Pero, antes de comentar esta obra mayor de Judt, son oportunas algunas palabras sobre las razones por las cuales esta historia se escribió en Nueva York. Antes de su muerte Judt dictó su última, fascinante, obra debido a la esclerosis lateral amiotrófica que lo inmovilizó en una cama antes de su muerte ocurrida en 2010. Su memoria y una fuerza de voluntad prodigiosa le permitieron narrar su historia personal del siglo XX. Un librito (The Memory Chalet) que revela una personalidad cargada de ironía anglo-judía, de curiosidad por distintas culturas e historias, de algunas inocultables antipatías (hacia Tony Blair, por ejemplo), de amores hacia los Alpes suizos y los trenes europeos que le permitieron conocer el continente en su juventud. Judt fue un progresista sin férreas adscripciones ideológicas lo que le permitía no sólo una frescura de análisis sino juicios a menudo sorprendentes. Vivía en Nueva York (siendo profesor de la Universidad de Nueva York)  donde, según sus palabras,  se sentía en su casa, por ser una ciudad internacional como lo habían sido París desde el punto de vista cultural y Londres, desde el punto de vista comercial y financiero, además de Viena por un corto periodo antes de la Primera Guerra Mundial. Escuchemos sus palabras:

Llevo la ropa para lavar con Joseph con quien intercambio algunas palabras en yiddish y reminiscencias (suyas) de la Rusia hebrea. Dos cuadras al sur como en el Bar Pitti, cuyo dueño florentino desdeña las cartas de crédito y cocina los mejores platos toscanos de Nueva York. Si estoy apurado puedo optar por un falafel de los israelíes de la cuadra siguiente y podría incluso irme mejor con el cordero asado del árabe de la esquina…En el camino a casa saboreo un millefeuilles de Claude, un malhumorado pâtissier bretón que ha podido enviar la hija a la London School of Economics a golpes de deliciosos bigné. Todo esto a dos cuadras de mi departamento.

Cuando en una ocasión se le preguntó qué era lo mejor de Estados Unidos, su respuesta fue firme: Thomas Jefferson, Chuck Berry y “The New York Review of Books”. Y añadía:

Lo que caracteriza “The New York Review of Books” es justamente el hecho que no habla de Nueva York, ni está escrita principalmente por gente de la ciudad. New York es una ciudad que está más a sus anchas en el mundo que en su propio país. Como europeo me siento más yo mismo aquí que en el satélite británico semi-ligado a la Unión Europea; aquí tengo amigos árabes y brasileños que comparten mi sentimiento.

Este era el Judt que escribió su monumental obra sobre la postguerra europea: un europeo universal establecido en Nueva York. 

Aquí voy a seguir paso a paso el texto deteniéndome sólo pocos instantes para registrar los hechos que me parecen más significativos. Sé que es este un procedimiento más que cuestionable y destinado a empobrecer al límite de lo tolerable un texto que fluye resueltamente como un río entre rocas imprevistas y un cauce que se forma con el fluir de las aguas, pero no encuentro nada mejor para dar cuenta de una larga narración, aunque sea a costa de una crítica defectuosa. Este post (o como se diga) es más una sinopsis con algunas observaciones colaterales que una reseña crítica. Me limitaré a registrar 17 puntos siguiendo cronológicamente la narración de Judt.     

1. La Segunda Guerra Mundial tuvo un rasgo especialmente nefasto: en la mayor parte de los países que participaron en ella fue mayor el número de víctimas civiles que militares. Y el grado de destrucción física abarcó el 40% de las viviendas en Alemania, el 30% en Gran Bretaña y el 20% en Francia. Millones de desplazados, sobre todo judíos, que deambulaban por Europa buscando a menudo una casa y familiares que ya no existen. Pero el desastre fue también psicológico. Todavía en 1951, increíblemente, sólo 5% de los alemanes se sentía culpable hacia el pueblo judío. De los 600 mil judíos que vivían en Alemania en los inicios de la guerra sólo quedaban 21 mil y, sin embargo, el antisemitismo persistía después del conflicto en uno de los países de más arraigadas tradiciones antisemitas -Polonia- y 63 mil judíos de ese país se refugiaron –of all places– en Alemania. Apuntemos de pasada que hoy en Polonia existe una ley, emanada por un gobierno conservador, que castiga penalmente cualquier referencia a las pasadas responsabilidades polacas en el exterminio del pueblo judío.

2. En correspondencia con planes que se habían comenzado a formular antes de la guerra, una vez terminada la misma comienza a entrar en operación en Inglaterra el programa de seguridad social denominado Plan Beveridge. El barón Beveridge fue  por poco tiempo diputado por el Partido Liberal. El plan contemplaba atención médica, sistema de jubilación, ayudas familiares y seguros de desempleo bajo responsabilidad pública. Y así el que había sido el país más económicamente avanzado del mundo desde fines del siglo XVIII se convertía en el más socialmente avanzado inmediatamente después de la guerra. Pero el Estado social suponía dos condiciones para su sostenimiento en el largo plazo: el pleno empleo y un número adecuado de trabajadores jóvenes empleados capaces de financiar con sus aportaciones fiscales todo el sistema y, especialmente, las pensiones. Condiciones que se debilitarían sucesivamente. Las cosas cambiarían hacia fines del siglo poniendo el Estado social bajo los reflectores críticos de sectores conservadores para los cuales el Estado social o de bienestar siempre fue una violación mal digerida de las leyes del mercado. Con la acostumbrada ironía británica, en 1949 un observador apuntaba: “Somos una monarquía socialista que constituye en realidad el último monumento del liberalismo”. Todo inverosímil y sin embargo rigurosamente cierto.

3. Mientras Europa occidental se reconstruía sobre sus ruinas y en pocos años convertía el mayor perdedor de la guerra en la potencia económica europea (la Alemania Federal) llevando el principal vencedor (Inglaterra) en una senda económica de progresivo deslizamiento de su antigua centralidad, Europa Oriental avanzaba rápidamente en un proceso de sovietización de los países que habían caído bajo la órbita de la URSS. “Sovietización” que implicaría una “escasez institucionalizada de larga duración”. Desde Moscú se establece un verdadero sistema colonial en el cual los distintos países de su órbita entran en una situación de soberanía limitada que los obliga a abastecer el centro imperial de los bienes que el centro requiere y a los precios que este establece. Un par de ejemplos: a Checoslovaquia se le prohíbe producir zapatos y a Hungría camiones. El Este europeo, algunos de cuyos países habían experimentado antes de la guerra significativos procesos de industrialización y primeras experiencias democráticas caen bajo una situación de “inercia, resignación” y débil crecimiento económico. Dos factores caracterizarán la historia soviética de esta parte de Europa en las cuatro décadas posteriores al fin de la guerra: los recurrente procesos públicos convertidos en espectáculos con la relativa denuncia de chivos expiatorios para ocultar los deficientes resultados económicos debidos en realidad a los fallos de una política económica estrictamente centralizada. La segunda tendencia concierne a las sucesivas manifestaciones de protesta contra los partidos comunistas gobernantes y contra la URSS responsables de las faltas de libertades y de una escasez crónica de varios bienes esenciales. La primera protesta, en realidad una revuelta obrera, ocurrió en Berlín en 1953 y fue reprimida con la intervención del Ejército Rojo y con el resultado de 300 manifestantes muertos y 200 de los “cabecillas” ejecutados posteriormente.    

4. En la postguerra predominó en el mundo comunista (en el Este de Europa o entre los partidos comunistas de Occidente) la línea cultural fijada en la Unión Soviética por Zdanov que buscaba impedir la influencia cultural occidental en la URSS y en las democracias populares. El esquematismo ideológico llegó a definir dos campos claramente diferenciados, el de la cultura “burguesa” y de la cultura “proletaria” y en nombre de esta dicotomía insalvable no sólo llegó a dirigir fuertes críticas a la mayor poeta rusa del novecientos (Ana Achmatova) sino a reforzar la idea de la subordinación de la cultura a la política (“proletaria”). Judt menciona de paso la discusión que hubo en 1947 entre Togliatti (secretarios del Partido Comunista Italiano), tradicionalmente alineado a las corrientes dominantes en Moscú (y que Judt trata con excesiva generosidad), y uno de los mayores hombres de cultura de la izquierda italiana de la época, Elio Vittorini, que reivindicaba la autonomía de la cultura respecto a la línea del partido.  

5. En Hungría, frente a los excesos represivos previos, es nombrado Imre Nagy, un comunista reformador, a la cabeza del partido en 1953 pero dos años después, asustadas por las liberalizaciones de Nagy, Moscú lo puso al margen del poder. A fines de 1956 se desarrollaron varias protestas estudiantiles en todo el país pidiendo reformas democráticas y la eliminación de la censura además de nuevas políticas agrarias e industriales. Los estudiantes pedían además que Nagy fuera nombrado primer ministro. La presión era tan alta que, en efecto, Nagy fue nombrado en ese cargo El nuevo clima de apertura refuerza sí mismo y se forman consejos obreros y se extienden los enfrentamientos con la policía. Entre las demandas está la retirada de las tropas rusas del país, lo que Nagy apoya públicamente en un mensaje por radio a la nación. Cuando en la vecina Timisoara (en Rumania) comienzan a formarse organizaciones estudiantiles simulares a las húngaras, Moscú decide finalmente de intervenir militarmente para reprimir un movimiento que amenaza extenderse sin control a otras partes. El 4 de noviembre los tanques rusos entran en Budapest. El resultado serán 2,700 húngaros muertos y 341 ejecutados en los años siguientes. Desde Francia, la máxima figura intelectual de la izquierda europea, Jean Paul  Sartre, declara que la insurrección húngara había estado marcada por un “espíritu derechista”. Comenta Judt (sobreseyendo cualquier juicio sobre Sarte): “Desde entonces el comunismo estaría asociado para siempre con la opresión, no con la revolución”. Añadamos lo que Judt no registra: varios intelectuales comunistas italianos –entre ellos Italo Calvino- abandonan el partido. El Partido Comunista Francés era más monolítico y menos poblado de inteligencias críticas y las consecuencias sobre sus afiliados fueron menores.    

6. En Europa occidental que apenas ha superado una situación en que la mayor parte de los ingresos se gastaban en alimentos, comienzan a difundirse nuevas formas de consumos mientras los jóvenes, por primera vez, se convierten en sujetos directos de consumo especialmente en la adquisición de prendas de vestir y música. Un indicador elemental de la nueva situación es que los supermercados en Holanda pasan de 7 a 520 en los años 60 y en Francia de 49 a 1833 en el mismo periodo. 

7. Esta juventud producto del baby boom posterior a la guerra, frente a las imágenes grises y opresivas de los regímenes comunistas del Este europeo busca nuevas referencias en la izquierda y, además de la explosión libertaria, descubre nuevas referencias en los escritos filosóficos del Marx joven (los Manuscritos de 1844) y en la Revolución Cultural en pleno desarrollo en China. El proceso a través del cual Mao busca asumir un pleno poder imperial en su país es visto desde miles de kilómetros de distancia como una propuesta de socialismo verdaderamente democrático capaz de superar las estrecheces dogmáticas y el burocratismo autoritario soviético. Rudi Dutschke, el más brillante líder de los estudiantes de la Alemania federal, dicta una conferencia frente a los estudiantes de Praga donde declara que la democracia pluralista es el verdadero enemigo. Los estudiantes checos, registra Judt, quedan atónito ya que exactamente esa democracia pluralista era su meta principal en el contexto opresivo en que vivían. 

8. En ese mismo periodo frente al aumento en el precio de los alimentos brotan en Polonia las primeras huelgas obreras, naturalmente ilegales. En una Checoslovaquia donde el descontento social se hace más visible, desde Moscú se acepta que un dirigente comunista reformador, Alexander Dubček, asuma el poder para quitar presión a una situación potencialmente desestabilizadora. El lema será el de un “socialismo con el rostro humano”. Y será la “Primavera de Praga” una de cuyas primeras iniciativas será la abolición de la censura: una medida disruptiva en un país dominado por el conformismo temeroso frente al control oficial absoluto de la información y los cánones ideológicos establecidos. El experimento va más allá de lo que los soviéticos están dispuestos a tolerar y en agosto de 1968 medio millón de soldados provenientes de la URSS, Polonia, Hungría, Bulgaria y Alemania democrática invaden Checoslovaquia. Los reformistas checos, con gran apoyo popular, escogen evitar un enfrentamiento que habría producido miles de muertes inútiles. Cae así, apunta Judt, la ilusión de un comunismo reformable.

9. En el Occidente de Europa los años 70 son un periodo de inflexión tanto por razones económicas como políticas. En el frente económico, el precio del petróleo, que entre 1955 y 1971 había oscilado alrededor de dos dólares el barril, salta en 1973 a 12 dólares rompiendo de ahí en adelante un prolongado ciclo de crecimiento con energía barata. Se inicia un periodo inédito de estanflación, o sea de estancamiento e inflación que obligará a los países europeos a diseñar mecanismos de regulación cambiaria para evitar una guerra comercial a base de devaluaciones competitivas. En este periodo llegan finalmente a su conclusión los dos más antiguos regímenes autoritarios de Europa occidental. Portugal, a través de un golpe militar de oficiales cansados de combatir una guerra inútil para mantener las colonias africanas de Guinea y Angola. Después de la Asamblea Constituyente un socialista, Mario Soares, asumirá las riendas del gobierno portugués. En España, después de la muerte de Franco, uno de los jóvenes dirigentes franquistas, Adolfo Suárez, asume la dirección del tránsito pacífico del país a la democracia. La Alianza Popular del viejo ministro franquista Fraga se rebautiza partido Popular en 1989. España comienza a mirarse a sí misma sin los velos de una cultura de estrecha intolerancia católica y cultura policial-represiva y el director de cine Pedro Almodóvar será uno de los protagonistas de una explosión de creatividad y desacralización que pone el país con ironía y sarcasmo frente a su realidad por tanto tiempo escondida bajo una capa de hipocresía puritana. En 1977 los Pactos de la Moncloa son los primeros de una serie de acuerdos entre políticos, sindicalistas y empresarios para hacer avanzar reformas que van del control del la inflación a la devaluación monetaria, de la introducción de una política de rentas al control del gasto público. Desde 1982 con la agudización de la crisis económica el dirigente del PSOE, Felipe González, deviene primer ministro, cargo que mantendrá durante los siguientes catorce años. España, dice Judt, ha regresado a Europa.      

10. Pero España va contracorriente respecto a otras partes del continente. Desde fines de los años 70 llega al gobierno de Gran Bretaña Margaret Thatcher que encarnará en los años siguientes una política de restauración liberal a través de una cada vez más decidida política de privatizaciones de empresas y servicios públicos. Desde ahí, sin desaparecer, el Estado de Bienestar comienza a vivir bajo el embate de fuerzas políticas y económicas que lo ven como un factor de debilitamiento del potencial de crecimiento, de capacidad innovadora y, finalmente, de bienestar social. Después de doblegar la prolongada huelga de los mineros, Thatcher emprenderá la privatización de las telecomunicaciones, la energía y, la aviación comercial que habían introducido los laboristas después de la guerra y que habían mantenido los gobiernos conservadores sucesivos.     

11. Mientras Europa occidental entra en un ciclo de menor crecimiento, mayor desigualdad y aceleración de las innovaciones tecnológicas, en el Este del continente continúa en diversas formas la insatisfacción social frente a las condiciones de vida en las que coinciden la escasez de bienes con la falta de libertades individuales y colectivas, además del sordo resentimiento por la pesante intromisión soviética en los asuntos internos de los Estados nacionales. Judt nos recuerda que en 1979, para adquirir una canasta básica de alimentos un trabajador de Estados Unidos necesitaba 12.5 horas de trabajo, un inglés 21 horas y un ruso 42 horas.

En 1977 en Checoslovaquia varios ciudadanos firman un documento conocido como Carta 77 que exige respeto a los derechos humanos y civiles. Los firmantes serán acusados de traidores, renegados y agentes del imperialismo, serán despedidos de sus trabajos y se les negará la escolarización de sus hijos además de encarcelamientos y procesos penales. Doce años después la agitación social se reactiva a través de la creación de un Foro Cívico cuyas demandas, expuestas en 1989, exigen seis puntos: Estado de derecho, elecciones libres, justicia social, un medio ambiente limpio, un pueblo educado, prosperidad y “volver a Europa”. En el ambiente más tolerante desde la llegada al poder de Gorbachov en la URSS estas demandas anunciaban un no lejano derrumbamiento del sistema soviético impuesto después de la guerra en Checoslovaquia y en el resto de Europa oriental. Polonia, por su parte, ya estaba al borde de la insurrección desde 1978 por el aumento de los precios de los alimentos y la creación de sindicatos independientes entre los cuales se afirmaba la figura carismática del electricista Lech Walesa. Las crisis sistemáticas se compensaban en gran parte de los países del Oriente europeo con endeudamiento exterior que en los años sucesivos, frente a economías de baja eficiencia y menor capacidad exportadora, requerían este expediente para hacer frente a las necesidades más urgentes de una población exacerbada.   

A final de cuentas bajo una creciente presión popular y en un contexto en que Gorbachov había tolerado elecciones semilibres en varios países de su área de influencia, el sistema comunista se vino abajo, en general, en forma pacífica. La excepción será la disolución de Yugoslavia que dará lugar a una guerra particularmente cruel durante los años noventa debida en gran parte al intento de Serbia de establecer su hegemonía sobre el país después de la muerte del viejo dictador Tito.

12. En 1991 el golpe de Estado de los sectores conservadores del PCUS contra Gorbachov revela la debilidad de este último y termina por mostrar la no reformabilidad en un sentido socialdemócrata de la URSS, que, en efecto, ese mismo año se disuelve. En la navidad de 1991 la antigua bandera rusa toma el lugar de la soviética en las alturas del Kremlin. Como en 1919 nacen nuevas repúblicas independientes. Como el otomano o el autro-húngaro, el imperio soviético se disuelve con la creación de nuevos sujetos nacionales.    

13. En muchos de los nuevos Estados ocurre una metamorfosis asombrosa: las viejas dirigencias comunistas se reciclan y de expresión de regímenes totalitarios se vuelven representantes de las nuevas instituciones democráticas. Y uno de los primeros problemas que están llamados a enfrentar es ¿qué hacer con las fábricas y los varios activos físicos que hasta entonces estaban en manos del Estado? Las privatizaciones darán lugar a una “cleptocracia” hecha de multimillonarios que reciben favores de los nuevos dirigentes convirtiéndose en oligarcas con un gigantesco poder económico mientras las mayorías de la población reciben escasos, si es que algún, beneficio, mientras pierden varios de los servicios gratuitos que recibían anteriormente. El postsocialismo produce oligarcas inmensamente ricos y hombres fuertes que ejercen el poder en formas no mucho menos autoritarias que sus predecesores en varias de las repúblicas ex soviéticas.  

14. Rusia será la primera de las nuevas naciones en sustituir el comunismo con un ultranacionalismo justificado socialmente por la supuesta humillación de la disolución de la URSS. El nacionalismo con fuerte rasgos de xenofobia será en los años siguientes una corriente a veces controlada y a veces abiertamente victoriosa en varios de los países de la antigua órbita soviética. Como es el caso del Grupo de Visegrad que Tony Judt no llegó a conocer por su muerte prematura.

15. Desmantelado el viejo régimen, la apertura de los archivos permitió conocer varios de los mecanismos de poder de la anterior clase dirigentes. Por ejemplos, en la República Democrática Alemana existían 110 mil informadores regulares y cerca de medio millón a tiempo parcial. Un Estado policial capaz de penetración capilar en todo segmento social y hasta el interior de las familias.

16. Comienza a desarrollase en Europa occidental el temor a una masiva migración de ciudadanos del Este europeo, que ciertamente ocurrirá pero no en las dimensiones apocalípticas imaginadas inicialmente. Desde 1992 los países de la Unión europea habían firmado acuerdos que permitían la libre circulación de capitales, servicios, bienes y personas entre sus miembros. En 2004, después de algunos años de negociación, son admitidos a la Unión Europea diez países  provenentes de la disolución de la órbita soviética en el centro-oriente de Europa y cuyas condiciones económicas los hacían beneficiarios de la ayuda europea en lugar que contribuir al presupuesto de la Unión. Una carga importante debido al límite presupuestario de la Unión fijado en poco más del 1% del PIB de los países miembros.

17. La ampliación de la Unión contribuye a impulsar el surgimiento de movimientos xenófobos y nacionalistas en distintas parte de Europa occidental. Movimiento, añadamos, que, con los flujos de inmigrantes provenientes de Afganistán, Siria y varios países del África subsahariana a comienzos del nuevo siglo impulsarán con mayor fuerza movimientos de una derecha xenófoba con un creciente apoyo popular.             

Añadamos para concluir un par de elementos que Judt no pudo considerar debido a su muerte en 2010, aunque sobre algunos de ellos llegó a formular intuiciones confirmadas por los acontecimientos posteriores. Europa está nuevamente en una fase definitoria de su futuro. Varios procesos se entrecruzan haciendo el resultado a mediano plazo cuando menos incierto. Las dos circunstancias mayores son el debilitamiento de la Unión Europea frente a la salida (todavía no consumada) de la Gran Bretaña: primer caso de un país de la Unión que decide salirse. Colateralmente los países del grupo de Visegrad (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia) con gobiernos de derecha, después de haberse beneficiado de la ayuda financiera de la Unión Europea, desde hace años se han convertido en una espina en el flanco de la Unión especialmente por su rechazo a aceptar su cuota de inmigrantes extraeuropeos. En el otro frente, es evidente, como decía Vassili Grossman, que Rusia sigue ligada a su historia autoritaria que cambia de formas conservando su sustancia desde Pedro el Grande, pasando por los bolcheviques hasta llegar a Putin. Mientras tanto, prácticamente en toda Europa se refuerzan movimientos de ultraderecha y nacionalistas que ven a la propia Unión Europea como un obstáculo que debe ser derribado para reconquistar una supuesta soberanía nacional amenazada por Bruxelas.      Pero con estas observaciones nos alejamos del texto de Judt que se detiene en los primeros años del nuevo siglo. Y aquí es preciso poner un punto final a la narración

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