El mundo de ayer de Zweig… y el de hoy

10 junio, 2019

¿Qué sentido tendría hoy una reseña de la Odisea? A menos que el crítico fuera un helenista portador de alguna interpretación inédita. Ese trabajo, probablemente, pasaría al inagotable acervo humano del diletantismo bienintencionado. Yo corro hoy el riesgo de caer en la misma categoría despeñándome en una similar irrelevancia. Aunque, en mi caso, el libro que quiero comentar se escribió 2,600 años después de la Odisea, es decir, hace casi ocho décadas. Además, tengo la ventaja de que, retrocediendo en el tiempo, me alejaré de una actualidad poblada de fake news, post-verdades y demás menudencias “social”. Pero, dado el mood contemporáneo, 80 años son lo más parecido a un tiempo sideralmente remoto. El tiempo de los comentarios, las exégesis, los estudios de contexto, de lenguaje y demás, ha sido suficiente. Sin embargo, sin pretender aportar nada nuevo, siento algo parecido a una necesidad de discutir de un libro que se escribió cuando mi padre rondaba los veinte años y andaba a salto de mata resistiendo un fascismo italiano que, matando, se resistía a morir. Se trata de El mundo de ayer, el último libro de Stefan Zweig antes de suicidarse, junto con su mujer, en 1942. Un gigante austriaco, en un tiempo de colosos intelectuales, decidió hacerse a un lado en Petrópolis, entre la exuberante vegetación de la costa brasileña. Un planeta muy lejano de su amada Viena.

En un tiempo de obsolescencia programada y de búsqueda neurótica de lo nuevo, ¿para qué ocuparse de un texto tan lejano? No estoy seguro de tener la respuesta, pero tengo cierto barrunto instintivo del que sólo puedo liberarme acribillando el teclado que tengo enfrente. Comenzaré por decir que se trata de un libro maravillosamente escrito, mezcla de ligereza y lucidez. Sus páginas transpiran eso que el autor consideraba la decadencia moral irreversible de Occidente y de los valores en que había crecido, aprendido a pensar y a ser lo que era. Una sensación insoportable de extrañeza frente a un presente inhumano que se complacía en su arrogante barbarie. El mundo de ayer es el diario del desastre moral de una época y, al mismo tiempo, el testimonio de una adhesión afectiva a un universo cultural que, pedazo a pedazo, va resquebrajándose a golpes de un moderno, acerado, fanatismo. El mundo de ayer se desvanecía y con él las razones para seguir vivos, según este austriaco universal. A veces, la realidad avanza triturando a los seres humanos. Y no hablo de nuestro México de homicidios a granel, desapariciones, secuestros, tumbas colectivas y demás manifestaciones brutales de un Estado en harapos. En el libro en cuestión está grabada la historia de un desmoronamiento al que Zweig no vio ningún remedio. Y, por caminos tortuosos y nuevos escenarios, la mente va a la actualidad, a un mundo que se descompone mientras que otro, entre desafíos y promesas, surge como una mezcla de esperanzas y temores. Es por eso que quiero comentar el último testimonio escrito antes que la sombra se tragara la indefensa humanidad de ese vienés maravilloso. Un mundo se desplomaba anunciando uno nuevo del cual Zweig no podía, ni quería, ser parte.

Como diría Freud, los instintos nunca se someten de una vez por todas, a la cultura, incluso frente a las oleadas de fanatismo que brotan de tiempos insondables. El texto del biógrafo y novelista austriaco es una mina virtualmente inagotable de observaciones sobre un ayer que se disuelve desgarrando almas y certezas consoladoras que, por varios caminos, producen ecos molestos sobre nuestro presente de avances y retrocesos imprevistos.

Uno de los capítulos más cautivantes está en el comienzo del libro: la descripción de la Viena de su juventud. Una de las grandes capitales de la cultura europea, donde estudiosos, novelistas, poetas y músicos austriacos y extranjeros (en un tiempo en que lo extranjero tenía otro significado) eran objeto de apasionada admiración. Entre ellos estaban Hofmannsthal, Rilke, Freud, Strauss, Schnitzler y Schönberg. Por no hablar de los extranjeros, que no eran vistos como tales: Nietzsche, Valéry, Keats, Leopardi, Joyce, Pirandello, Romain Rolland, Munch y una plétora de nombres ilustres que pueblan las décadas entre fines del 800 e inicios del 900. Zweig describe los pequeños, fumosos, cafés vieneses donde podían leerse periódicos y revistas culturales de media Europa y donde los jóvenes se reunían para discutir interminable y acaloradamente acerca de poesía, filosofía y música, con una excitación vital de la que dependía el sentido mismo de su existencia. Una generación que encarnaba una Europa efervescente a través del entretejerse de ideas, experimentalismos y nuevas fronteras estéticas y de conocimiento. Europa parecía entonces un hecho adquirido, encaminada a metas cada vez más ambiciosas. Dominaba un sentido (que se revelaría trágicamente ilusorio) de perdurabilidad en el que el europeísmo y la “veneración hacia toda manifestación humana de genio” constituían una atmósfera tan esencial como vibrante.                      

Y después vino el desastre como un rayo en un cielo despejado, con su estela sangrienta de cuerpos lacerados y millones de muertos civiles y militares. Las antiguas certezas de un mundo seguro e inmutable se hicieron añicos. Zweig registra, en el comienzo de la Guerra, el entusiasmo patriotero de la población que él ve como un “ataque de demencia de la humanidad”, un “entumecimiento espiritual” que avanza como una “fatalidad desencadenada”. Pasada la borrachera de sangre, ese imperio austro-húngaro que había sido, a pesar de todo, un arquetipo de convivencia entre diversas nacionalidades y un ejemplo de cosmopolitismo, se extinguió dejando naciones recelosas y un resentimiento alemán que terminaría por producir, dos décadas después, un holocausto inimaginablemente peor que el primero. Aquello que parecía sólido se había vuelto un magma en movimiento capaz de arrasar los avances previos. Zweig recuerda que en sus viajes a la India y a Estados Unidos no había necesitado pasaporte: el mundo de ayer había fenecido definitivamente, entre ruinas materiales y costumbres irrepetibles. Quedaban, en sus palabras, “almas destrozadas y confusas” y la imposibilidad de aislarse de una corriente general de locura y rencores.

En este libro, que destila admiración y asombro hacia el genio humano, hay por lo menos cuatro personajes en que se enfoca el encanto de Zweig: Rilke, Hofmannsthal, Romain Rolland y Walther Rathenau. El genio humano como un racionalmente inexplicable milagro laico. Me limito a un rápido comentario sobre los últimos dos autores. El primero profesó su fe en la unidad europea, misma que lo llevó, en plena guerra mundial, a encarnar un espíritu de pacificación mientras los pueblos se masacraban en los campos de batalla y cuando cualquier voz discordante era incriminada como traidora, derrotista, renegada. Rolland no fue sólo un prolífico creador literario sino la encarnación de un asombroso valor civil, en tiempos de locura patriótica encargada de dar nobleza a una carnicería humana. El otro autor es Rathenau (máximo representante de una alta burguesía, de gran erudición y amplia visión histórica), uno de los personajes más fascinantes por su lucidez y cosmopolitismo, a quien Zweig reconoce una “inmensa inteligencia”. El vienés no tiene reparo alguno en admitir su encanto hacia un hombre que terminará por ser asesinado cuando era ministro de relaciones exteriores de la República de Weimar, en 1922, por los primeros brotes de un ultranacionalismo que lo veían como símbolo de traición al destino conquistador de la Alemania surgida de la derrota de la guerra. Zweig no menciona la importancia de Rathenau como teórico de un nuevo capitalismo (su libro de 1918 se titulaba La economía nueva) que prefiguraba una economía colectiva depurada de individualismos irracionales y capaz de encarnar un punto intermedio entre empresa privada y administración pública. Zweig registra, con una mezcla de agudeza y de dolor por la pérdida de un amigo admirado, que el asesinato de Rathenau será “el episodio trágico con que inició la desgracia de Alemania [y] el desastre europeo”.

Pero en El mundo de ayer hay mucho más de lo que estas anotaciones registran. Hay desconcierto hacia una “regresión tremendísima” donde la confusión vivida entre las dos guerras mundiales se manifestó a través de varias formas de extravagancia teosófica, ocultista, antroposófica y en el uso más difundido de la cocaína y la morfina. Una edad de confusión en que buena parte de la juventud se volvió reaccionaria en nombre de un vitalismo que había perdido el gusto por la cultura y la tolerancia, y donde la democracia parecía un valor irremediablemente decrépito. Hacia el final del libro, Zweig apunta su sobria desesperanza: “todo lo pasado quedaba prescrito […] y una sombra imposible de sacudir se cernía sobre cada uno de mis pensamientos”.  

Al final de esta apresurada reseña sobre un mundo que en un puñado de años se resquebrajó queda una pregunta. ¿Para qué ocuparse ahora de un antiguo desastre que costó decenas de millones de muertos y desvió la historia humana en una dirección imposible de definir? ¿Cómo saber, en efecto, lo que habría ocurrido de no intervenir aquello que cambió un pasado que parecía establecido? Llegamos así al presente, y a los factores de turbulencia que pueden romper aquella poca estabilidad que nos queda tras la Segunda Guerra Mundial. Donald Trump es ciertamente el ejemplo más ilustre (y vitoreado) del caos que amenaza la paz y la estabilidad mundiales, pero no es el único. China, que se ha convertido en una gran potencia mundial cargando un régimen político imperialmente impredecible, es el otro gigantesco factor de incertidumbre que revolotea sobre nuestras cabezas. Y Putin, que a pesar de su pequeña y frágil economía se empecina en jugar el papel de gran potencia estratégica y militar, completa el cuadro de nuestros desequilibrios actuales. Pero estos no son más que aspectos exteriores; bajo la superficie del presente operan placas tectónicas en movimiento que amenazan, como en tiempos de Zweig, con provocar calamidades mayores.

Me limitaré a cinco circunstancias que, por sus consecuencias potenciales, podrían llevarnos en algunos años más a añorar el mundo de ayer, o sea el de hoy.

Primero. Si la globalización sigue poniendo a los pobres del mundo a competir entre ellos por salarios y trabajos precarios, y si el avance técnico crea mayor desempleo estructural (independiente del ciclo económico) llegará el momento en que el populismo podría volverse una fuerza imbatible en un mundo poblado de Trump, Salvini, Orbán, Le Pen y demás nacionalistas irresponsables, convertidos en encantadores de serpientes. ¿Alguien logra imaginar las consecuencias? Por lo pronto, el nacionalismo, como si en su altar, la humanidad no hubiera pagado ya un precio demasiado alto en el siglo pasado.

Segundo. La clase obrera (así como la conocimos por generaciones) está en decadencia, mientras que las clases medias están cada vez más fragmentadas. Moraleja: aquello que en un tiempo se llamaba presión social organizada o, más neutralmente, acción colectiva, parece destinada a debilitarse, cuando menos en las viejas formas de intereses económicos establecidos. Así que, frente a los grandes negocios y a los gobiernos, la gente común resultará, de seguir las tendencias actuales, cada vez más impotente. O sea, más espacio para profetas alocados y otra razón por la que en el futuro podríamos mirar hacia atrás con nostalgia. Como con Zweig, la utopía instalada en el pasado.

Tercero. La mayor empresa post-nacional, después de la Segunda Guerra Mundial, ha sido lo que hoy llamamos Unión Europea. Pero Gran Bretaña, en varios sentidos una isla, ha decidido irse. ¿Qué ocurriría si Polonia, Hungría, Italia, República Checa, y sepa Dios quienes más, decidieran imitar a la Pérfida Albión en algún momento futuro? Se abrirían dos escenarios: una reacción en cadena capaz de romper el mayor experimento democrático plurinacional de la historia moderna y, de paso, la maltrecha y siempre (supuestamente) agraviada Rusia volvería, con nuevas fuerzas, al escenario mundial. Una duda: ¿cuál de las dos perspectivas es peor?

Cuarto. Hubo un tiempo en que la mayoría de los pobres eran de izquierdas. Ahora, a juzgar por Francia, Italia, Estados Unidos y Hungría, son de derechas. En Estados Unidos las grandes ciudades votan por los demócratas, las pequeñas y el campo votan republicano. Y lo mismo ocurre en Budapest, en Londres, en Milán y en París, en el contexto de los respectivos países. Los pobres (y me disculpo por lo burdamente impreciso de la palabra) que ya tienen dificultades para ver en la democracia la garantía de su bienestar pueden establecer entre las dos un juego a suma cero donde la democracia podría resultar cada vez menos importante, hasta convertirse en un estorbo. Jacqueries post-modernas podrían ser una pieza ulterior de aquello capaz de convertir el pasado en una utopía pretérita.

Quinto.  Concluyo con Zweig que, en el comienzo de la notable autobiografía de su mundo derruido, dice, como le ocurre a menudo, algo de gran sensatez. Me permitiré parafrasear sus palabras: sólo quien puede contemplar el futuro sin preocupaciones, disfruta el presente sin pulsiones destructivas o auto destructivas. Henos al punto: ¿cómo construir un futuro aceptablemente esperanzador para la mayoría de aquellos que hoy simplemente no tienen futuro? Sin una respuesta satisfactoria a esta última cuestión todas las demás se volverán bombas de tiempo en espera de estallar con consecuencias nefastas en momentos distintos del futuro que nos espera.       A la conclusión de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson encarnó una posibilidad, después frustrada, de establecer cimientos relativamente sólidos para la paz futura. Hoy no se ve ningún Wilson en el horizonte. Mientras tanto, seguimos caminando alegremente al borde del despeñadero. Lo que equivale a jugarse la humanidad a los dados. Esperemos tener suerte.

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