Amos Oz, el traidor fiel

15 enero, 2019

Hay novelistas que, queriéndolo o menos (a veces incluso sin saberlo) reflejan la realidad de sus países y de su tiempo mostrando dilemas, complejidades y caminos a veces cerrados. Todo novelista es parte de un tiempo y un espacio, pero la relación con ellos puede ser más o menos estrecha. Algunos son penetrados con más ímpetu que otros por su contexto. Digámoslo de otra forma: nadie se escapa a la fuerza de gravedad de la historia, pero algunos son más conscientes del vínculo. Y entre ellos no es corto el listado de aquellos que perciben con angustia la distancia entre lo que es y lo que podría o debería ser mostrando la impotencia de la razón frente a una realidad áspera que se impone al raciocinio o a las mejores intenciones. Uno de ellos era Amos Oz, el escritor Israelí que acaba de dejarnos a sus 79 años (1939-2018). Un escritor que en su patria muchos consideraban un traidor de la causa israelí frente a las amenazas de un universo árabe humillado y hostil.

Oz encerraba en su historia personal multiplicidad de historias de una familia alargada compuesta por prófugos en gran parte eruditos, lectores apasionados, discutidores vehementes que discriminados, perseguidos y asesinados en masas en la Europa del este terminan (sólo algunos de ellos) por llegar en Palestina en distintas oleadas desde comienzos del siglo pasado poniendo en movimiento una historia de reparación secular pero también de injusticias y deportación de la población árabe que ahí vivía. Una secuencia de acontecimientos en que es virtualmente imposible decir de qué parte está la razón originaria en el ciclo que va de la caída del imperio otomano (1918) al final del protectorado británico (1947). Una historia dramática por sus raíces y sus consecuencias de la que pocos autores han tenido tanta conciencia como Amos Oz, un sionista anómalo que descubre pronto cómo las grandes ilusiones iniciales de construir un nuevo país que debería haber sido ejemplo de convivencia entre pueblos de diferentes culturas y religiones dio lugar a una desilusión hecha de una democracia excluyente y de millones de prófugos condenados a ser apátridas en su propia tierra. En ese luminoso testimonio literario de la historia de su familia (que en gran parte coincide con los acontecimientos que condujeron a la creación del Estado de Israel), Historia de amor y oscuridad (2002), Oz recuerda lo que decía su padre (un erudito askenazi que conocía 16 o 17 idiomas, todos ellos hablados con inocultable acento ruso):

La riqueza es un pecado y la pobreza un castigo, pero al parecer Dios quería que entre el pecado y el castigo no hubiese ninguna conexión. Uno peca y otro es castigado. Así funciona el mundo.

Un apunte al margen: los países de Europa centro-oriental que fueron entre las dos guerras mundiales tierras de la más cruel persecución de la población judía (Polonia, Lituania, Hungría, etc., la mayor excepción es hoy Alemania) son los mismos que hoy levantan las barreras espinadas contra los prófugos que escapan de la miseria y la guerra en Siria, Afganistán y diversos países africanos. Imposible decir que la historia se repite, pero las asonancias son inocultables mientras se refuerzan movimientos racistas y de ultraderecha en Europa y Estados Unidos frente a los flujos migratorios. El miedo y el odio del diverso parecerían ser una corriente subterránea que recorre la historia europea, y no sólo.         

Pero volvamos a Amos Oz y a su autobiografía novelada (ninguna autobiografía puede ser la transcripción de grabaciones audio o video)  que, en opinión de muchos críticos, es su mayor obra literaria, la mencionada Historia de amor y oscuridad. Varias cosas en esta obra sorprenden a un lector forzado a transitar, siguiendo la historia de una familia y de un pueblo, de la risa al más profundo desconsuelo. Hay aquí una sorprendente galería de personas que se vuelven personajes a través de la descripción de sus vicios, virtudes, manías, empeños, congojas. Una de las partes más angustiosas del libro es ciertamente aquella en que una de las hermanas de la mamá de Oz describe el clima de hostilidad y de amenaza latente contra la comunidad judía en Lituania y Polonia en los años 30. Fania, la mamá de Oz, se inscribió en la universidad en Praga ya que en Polonia a los judíos les era prohibido el acceso a los estudios universitarios. Dicho brutalmente: Oz nos recuerda que Hitler no fue, con su delirante antisemitismo, una patología aislada en el contexto europeo. En toda Europa y en la Rusia de Stalin el ambiente de antisemitismo era difuso con distintos grados, desde la marginación y discriminación del Occidente a los pogroms del Oriente europeo hasta el exterminio étnico alemán.

Poco después que la mamá y las tías de Oz abandonaron su pueblo (Rovno, que pasó de Rusia a Polonia y que hoy pertenece a Ucrania) los alemanes masacraron a los 25 mil habitantes judíos (entre los cuales 4 mil niños) en los bosques en las afueras del pueblo. Oz describe un ambiente tóxico que sólo dejaba Palestina como vía de fuga para un pueblo sin oportunidad de una vida segura en ninguna parte de Europa. De paso, el notable historiador inglés, Tony Judt, describe en su opus magnum, Postguerra, una historia de Europa desde 1945, como todavía después del holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en la mayoría de los países europeos el antisemitismo permaneciera asombrosamente aunque muchas veces disfrazado de omisión, desatención, cuando no de abierto desdén. Incluso después del exterminio de seis millones de individuos, bajo varias formas de hipocresía, el antisemitismo permanecía más o menos enterrado (o malamente enterrado) en distintas partes de Europa.    

Sobre todo para los judíos procedentes del este europeo antes de la segunda guerra mundial, el viaje a Palestina representó un desarraigo humanamente desgarrador, de parte de una población que a lo largo de siglos había desarrollado un fuerte sentido de pertenencia europea, una población recorrida de fuertes elementos de cosmopolitismo y políglota. Esta historia es contada con dolorosa simplicidad por Oz a través de la voz de una de sus tías maternas: el tránsito de los ambientes otoñales del nordeste de Europa al clima mediterráneo y a sus desiertos. Pero a pesar de sentirse extranjeros en toda parte Oz describe un nuevo sentido de libertad y la emancipación de la antigua necesidad de causar buena impresión a los gentiles para facilitar una integración a los bordes de lo imposible. Llegar a Palestina representaba una emancipación de la costra de hipocresía obligada por las necesidades de sobrevivencia. Pero para centenares de miles de judíos no fue sólo la emigración de una parte del mundo a otra. Fue el nacimiento del sueño de un mundo de horizontes inéditos.   

Creíamos que pronto los judíos serían mayoría en Eretz Israel y entonces le mostraríamos al mundo entero una conducta ejemplar con la minoría árabe…nos comportaríamos con ellos con honestidad y justicia, con generosidad, participaríamos con ellos en la construcción de la patria, compartiríamos todo con ellos y de ningún modo los convertiríamos en gatos. Era un bonito sueño.

Oz vivió tres décadas en un kibutz, el intento de una parte de Israel de construir una sociedad igualitaria y solidaria. En él entró a los 15 años después del suicidio de su joven madre que, tal vez, no pudo adaptarse al nuevo mundo. Oz trataba de escapar de un mundo de erudición, de libros y de discusiones académicas más o menos interminables y más o menos infecundas. Había que ensuciarse las manos en la construcción de un nuevo país. Pero evidentemente el destino estaba escrito y tanto las lecturas previas como aquellas (obsesivas) realizadas en el kibutz terminaron por convertir Amos Oz años después en el mayor escritor judío de Israel. Pero no sólo escritor sino, como suele decirse, conciencia crítica de un gran proyecto que había terminado por traicionarse a sí mismo convirtiéndose en uno de los más duros y crueles focos de conflicto a escala mundial. Hacia el final de la citada Historia de Amor y oscuridad, el joven Oz discutiendo con un viejo miembro del kibutz Hulda recibe la siguiente respuesta a sus inquietudes sobre los árabes contra los cuales había que hacer guardias nocturnas armadas para evitar atentados, asesinados y actos de sabotaje.

Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido sus tierras, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarlos, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarlos del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas? ¿Qué nos iban a agradecer nuestra bondad?

El joven Oz, que se siente ofendido, revira: ¿para que no combates entonces a su lado o no te vas del país? El viejo contesta:

¿A su bando? Pero en su bando no me quieren. En ninguna parte del mundo me quieren…Sólo por esto estoy aquí. Sólo por esto llevo un arma, para que no me echen también de aquí. Pero no hablaré de “asesinos” para hablar de los árabes que han perdido sus pueblos.

En sus treinta años de vida en el kibutz, Oz aprende otra cosa que será esencial en su escritura. La literatura que nace entre las labores agrícolas no requiere grandes acontecimientos y personajes heroicos, es más que suficiente describir las “insignificancias cotidianas”. Un mundo de encuadernadores que pregonan fórmulas de redención universal, de dentistas que hablan en secreto de la correspondencia personal de sus vecinos con Stalin, profesoras de piano, panaderos envejecidos que veían a Maimónides en sus sueños, taquilleros de cine que escribían poesías noche tras noche. Ocurre pensar en Chéjov, con la diferencia que mientras éste ilustraba un mundo que desfallecía en su estancamiento, los personajes de Oz animaban un mundo que recorría sus primeros pasos.

Hay dos novelas en que Oz muestra en forma angustiosamente paralela tanto su desafección frente a las políticas de los gobiernos conservadores de su país como las contradicciones internas a la vida de ese microcosmos del kibutz. En Un descanso verdadero (1982) se muestra la fragilidad del intento de construir una organización social definitiva capaz de satisfacer todas las necesidades humanas. Él mismo que vivió 30 años en un kibutz (ideal socialista de los sectores más progresistas de la comunidad judía de Israel) muestra el conflicto entre dos personajes: uno que quiere rehuir la asfixiante comunidad que le impide conocerse  y el otro que busca integrarse al kibutz para escapar del individualismo sin horizontes de la vida en las ciudades de Israel. O sea, dice Oz, uno que se entristece por ser como los demás y otros que se entristece por ser diferente. Y en el medio la nada, la imposibilidad de cualquier arreglo que pueda ser perfecto, definitivo.

Yonatán que quiere salir del kibutz, y escapará de él, lamenta la obligación de ser siempre generoso y nunca egoísta y la pretensión de la comunidad de tratarlo como si le perteneciera y “pretendiera salvarme la vida”.

Un hombre no es más que un hombre, y sólo algunas veces…Ya no soportaba ser rodeado de personas que le observaban, le aconsejaban y le adoctrinaban.

Azarías, el álter ego, sólo reconoce en el kibutz la posibilidad de una “relación profunda con el próximo y la posibilidad de alejarse “de la vida de la ciudad   Competitiva, cruel, el materialismo, la hipocresía”.

¿Quién de los dos tiene razón? ¿O una pizca de razón mayor al otro? Oz no tiene una respuesta propia a un dilema de arquitectura social que busca respuesta por lo menos desde Platón, sólo se limita desconsoladoramente a reconocer que mientras los seres humanos buscan respuestas que no encuentran o, por lo menos, no en su cristalina pureza:

La gente nace y muere y todo se desintegra poco a poco: los cuerpos. Los lugares. Los pensamientos.

En su última novela –Judas (2014)- Ozmuestra otra dicotomía por la cual (tal vez) no había solución desde el nacimiento del Estado de Israel: buscar una comunidad arabo-israelí que tenía todo en contra del punto de vista de las posibilidades concretas o construir el Estado de Israel basándolo en la marginación y expulsión de la mayor parte de los árabes de sus territorios. La dicotomía entre una ingenuidad tan deseable como improbable y un realismo cargado de violencia, rencores y odios que traspasarían las generaciones. Oz es Judas, el individuo que traiciona a su señor para cumplir su destino y, de alguna manera cambiando el contexto, para mantenerse fiel a un sueño originario que será derrotado desde sus inicios con la guerra de 1948. Oz es un traidor fiel: traidor de lo que fue y lealtad a un sueño cuya ruptura produjo y sigue produciendo dolores sin fin. El escritor israelí tuvo que tener un enorme valor personal para denunciar, al interior de su propio pueblo, la “fraseología bíblica de un Estado nacionalista y santurrón”. La comunidad mixta que habría dado al mundo un signo de novedad y bienaventuranza no fue posible y a Oz no quedaba que registrar las consecuencias:

Y ahora los árabes viven día tras día la tragedia de su derrota y los judíos viven noche tras noche el terror de la venganza.

Ese escritor se nos ha ido. Yo, que no soy creyente, no puedo desearle que descanse en paz ya que se me dificulta creer que la muerte sea descanso. Sólo puedo agradecer a Amos Oz lo que ha hecho y escrito para aclararnos las pesadillas que sobrevienen de los sueños derrotados y por la belleza de las palabras con que dijo lo que debía ser dicho sobre su entrañable y, al mismo tiempo, distante país.  

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