Un diplomático mexicano en Beijing

18 diciembre, 2018

Parte de la vida profesional de Eugenio Anguiano se ha desarrollado, antes, como funcionario de la Secretaría de Hacienda y, después, como diplomático asignado a diversas partes del mundo. Estamos frente a la historia de un hombre de las instituciones, un hombre del Estado. En este contexto, hay un aspecto que puede parecer marginal en el trayecto de varias décadas de experiencia profesional. Cuando Eugenio decidió dejar el servicio diplomático renunció acto seguido al PRI. Y a este propósito, señala el interesado que, sin embargo, nunca supo con precisión cuando se afilió a ese Partido. En un esfuerzo de memoria Eugenio colige que probablemente esto ocurrió cuando fue nombrado jefe de departamento en el Gobierno Federal. Entonces fue “simplemente registrado” como miembro del partido de gobierno. En ese episodio, aparentemente nimio, se manifiesta una peculiaridad de la historia institucional mexicana del siglo XX. Una historia en la que no sería sencillo separar con un trazo seguro la línea divisoria entre régimen político y Estado mexicano. Al interior de esta ambigüedad institucional (donde muchos individuos eran inscritos al Partido por default) se desarrolló la vida profesional de miles de individuos cuyas experiencias conjuntas y cruzadas han construido la historia de las instituciones de este país. Por un prolongado trecho histórico no resultó simple saber dónde terminaba el partido dominante y dónde comenzaba el Estado. Un corolario de esta situación es que hasta hoy (y quien sabe por cuánto tiempo más) la diferencia, fundamental en cualquier democracia, entre gobierno y Estado resulta en México borrosa, como si se tratara de un asunto metafísico.

Vendría la tentación de pensar que más que la historia del Estado mexicano, a lo largo de casi un siglo se haya desplegado en el tiempo la prolongada aventura de un régimen político de partido hegemónico con, dicho entre paréntesis, dudosas credenciales democráticas. O sea, el dilatado despliegue de arbitrariedades normalizadas (como un dato de antropología nacional), manipulación social, fraude electoral y clientelismo. Así fue, pero no fue sólo esto. En las grietas de una construcción institucional semi-autoritaria con rasgos de positivismo nacionalista (mismo positivismo que, corsi e ricorsi, vuelve a estar de moda en los círculos académicos desde hace algunas décadas) se desplegaron historias de vida que no pueden reducirse a expresión pasiva de los requerimientos de un régimen político que, entre retórica y cinismo, hacía coincidir las necesidades de poder de un partido político con las necesidades del Estado.   

A lo largo de generaciones hubo en México una maquinaria institucional de confines inciertos entre un régimen de partido obsesivamente interesado en conservar su poder exclusivo (junto con los beneficios correspondientes en riqueza y prestigio) y un Estado pretendidamente delegado a representar los intereses de la sociedad en su conjunto. Entre estas dos dimensiones contrastantes por apariencia y sustancia, se jugaron las vidas de miles de funcionarios públicos cuyo recorrido profesional y cultural no puede restringirse a una función subordinada a una estricta lógica de poder. Obviamente hubo de todo: individuos interesados exclusivamente en impulsar sus carreras personales sin molestarse por el contexto autoritario enmantado en el nacionalismo revolucionario, profesionales altamente capacitados, burócratas sin grandes ambiciones, arribistas sin escrúpulos y sin el menor sentido del Estado e individuos que buscaron avanzar en sus carreras mientras intentaban ejercer con responsabilidad su deber a pesar de las redes clientelares circundantes. Volens nolens, Eugenio Anguiano fue parte por décadas de este universo humano heterogéneo por aspiraciones, cultura (profesional y cívica), pulsiones. Pero la lógica era inescapable: si se quería aspirar a cargos más o menos prominentes de la administración pública, había que ser parte del Partido, aunque fuera de mala gana, sin interés e, incluso, con cierta inexpresada repulsión. Muchos mexicanos valiosos tuvieron que pasar debajo de estas horcas caudinas. Eugenio Anguiano fue uno de ellos. Hubo individuos respetables y responsables al interior de una maquinaria político-institucional que, en general, no era ni una cosa ni la otra.

La suya es la historia de un joven economista que, entre mérito, empuje y buena suerte, encontró el camino que lo llevaría a representar a su país en el exterior en contextos tan importantes como el chino, el brasileño y el argentino, entre otros. Aunque yo no lo conocía entonces, no me cabe duda acerca de la dignidad y el empeño con que Eugenio asumió desde su juventud cargos de tanta importancia. A pesar de su carácter autoritario y clientelar, el régimen político mexicano tuvo que aprovechar talentos externos a su  área de control más directa para colocarlos en posiciones que le habrían dado alguna dignidad internacional. Y uno de los espacios institucionales donde el régimen supo trascender a sí mismo conteniendo sus pulsiones de control total de la maquinaria del poder, fue el del Servicio Exterior. Así encontramos a Octavio Paz en Francia y en la India, a Carlos Fuentes en Francia y a Sergio Pitol en Moscú y Praga, por limitarnos a algunos casos. Eugenio hizo parte de un grupo humano diferenciado a través del cual el régimen político mexicano reconocía implícitamente su incapacidad para llenar todos los cargos diplomáticos con un personal criado y disciplinado en la escuela de su propio poder y en sus espacios de hegemonía cultural.          

Eugenio supo encontrar su lugar en las grietas de un poder que, a pesar de su vocación, no podía controlarlo todo. Esto no sólo  hizo bien a su carrera personal sino que le hizo bien al país presentando en el exterior las diferentes facetas de un México rico en culturas y expresiones más allá del nacionalismo revolucionario como ideología oficial del régimen.  

Pero eso es sólo una parte de lo que creo poder decir acerca de Eugenio. Lo diré de esta manera: un embajador es un embajador y una vez terminada su misión en el exterior es natural que termine su interés por el país en el cual ejerció su función. Pero este no fue el caso de Eugenio, especialmente acerca de China. Y de esta forma, alguien que comenzó su interés en China siendo embajador de México en ese país, mantuvo y profundizó su interés volviéndose uno de los mayores estudiosos mexicanos en el tema. En esta calidad lo conocí hace casi una década atrás en el CIDE.

Voy a contextualizar nuestro encuentro. Un día fui convocado a una reunión en la dirección del CIDE. No había entendido muy bien la razón salvo que la palabra China revoloteaba genéricamente en la convocación. Las autoridades de la institución en la que yo trabajaba desde hace ya dos décadas, consideraron que mi interés vagamente manifestado hacia China justificaba mi presencia a la reunión mencionada. Ahí me encontré por primera vez con Eugenio que, dadas la forma de vestir y las maneras, parecía más a un diplomático (o a un funcionario de banco) que a un académico, como nos definimos benévolamente los individuos que vivimos entre más o menos austeros edificios universitarios. Años después, frente a mis pullas (tal vez expresión de alguna envidia inconsciente) Eugenio me hablaría de su guardarropa, construido en tiempos diplomáticos, al que estaba ahora obligado a dar algún uso. Ahí nos conocimos, en los momentos en que se definía apenas vagamente, la idea de formar un centro de estudios que no recuerdo si era sobre China o sobre las relaciones México-China. Cualquiera que haya sido la idea, nunca cuajó por falta de recursos, de individuos interesados o por lo que haya sido. Pero desde ahí comenzó nuestra relación que ha producido dos resultados mayores. El primero es un libro de dos tomos sobre lecturas comentadas (por ambos) relativas a diferentes momentos críticos de la historia china. El segundo resultado ha sido un diálogo que nunca se ha interrumpido en la última década sobre variedad de temas que van del escenario geo-político internacional a indefinidas e imprecisas varias humanidades.             

Otra vez tengo que contextualizar. Eugenio y yo somos dos ancianos. Él tiene ocho años más que yo aunque, según sus palabras, se vea mucho mejor en comparación conmigo. Y, entre paréntesis, lo peor del asunto es que tiene razón considerando que hace ejercicio desde su juventud y nunca fumó, exactamente lo contrario de mis costumbres. El asunto de la edad es relevante porque ninguno de los dos necesita largas horas de sueño. Moraleja: él llega al CIDE alrededor de las 6.30 de la mañana y yo poco después. Y a las 7.30, llueve, truene o relampaguee, nos encontramos en la sala de maestros para nuestro primer, ritual, café del día. O, en ocasiones, manzanilla, dependiendo de las diferentes vicisitudes digestivas asociadas a nuestra no verde edad. Con la taza de café en mano y una o dos de las horribles galletas proporcionadas por la asociación de maestros del CIDE, nos sentamos en los cómodos sofás de la sala y comenzamos nuestro diálogo matutino que normalmente tiene una característica particular: la falta (que en realidad no hace ninguna) de cualquier orden preestablecido. Y así comienza el día, desde hace una década, bailoteando entre literatura (las últimas novelas leídas por él o por mí), historia, política y lo que corresponda al impredecible menú del día. A las 8.00 regresamos a nuestras respectivas oficinas y durante el resto de la jornada o él o yo visitamos al otro por una duda bibliográfica, un acontecimiento que se ha borrado de la memoria y por el cual se pide auxilio al otro o por una intuición de la que se siente la necesidad de informar o pedir una opinión. Al margen: en nuestra reunión mañanera hay un pequeño manípulo de habitués, en la forma de jóvenes investigadores del CIDE que presas de un stakanovismo mexica, también llegan temprano por su café y nos saludan desde lejos con un gesto de la mano. Normalmente no se acercan a dialogar con los dos ancianos. En parte porque los viejos tenemos objetos de interés (o códigos comunicativos) que nos son propios y no son fácilmente transferibles y en parte porque, frente a la afabilidad de Eugenio, se erige el talante normalmente entre esquivo y hosco de su interlocutor.      

Es sobre esta base de frecuentación cotidiana que he llegado a percibir el extendido conocimiento de Eugenio acerca de la política internacional y su cultura igualmente amplia a propósito de la historia y la política chinas. En múltiples ocasiones (especialmente en relación con China y Asia pero también en cuestiones latinoamericanas) la ayuda de Eugenio ha sido preciosa en ideas o indicaciones bibliográficas para sacar mis bueyes ocasionalmente atascados en alguna barranca. Entre nosotros la comunicación ha sido normalmente fluida lo que se debe sobre todo a su buen carácter (lo que supongo sea una mezcla de genes y costumbre diplomática) y al hecho que es fácil el intercambio de ideas entre personas que, por razones de edad, comparten una memoria histórica en gran parte común acerca de personajes, acontecimientos, dilemas y frustraciones generacionales correspondientes a la segunda mitad del siglo pasado. Eugenio y yo somos hombres del siglo pasado prestados a este siglo y ninguno de los dos hemos terminado de hacer las cuentas con un pasado que alimentó esperanzas que quedaron frustradas (desde el nacionalismo revolucionario mexicano hasta la Revolución Cultural maoísta) y que propuso desarrollos inesperados (desde la actual revolución tecnológica pasando por el renacimiento de un liberalismo económico que parecía destinado a un inexorable declino, hasta llegar a la explosión económica china y, parcialmente, india). La historia no se fue por el lado previsto y nuestra generación (los nacidos entre fines de los años 30 y mediados de los 40 del siglo pasado), entre asombro y desconcierto, no puede que intentar entender por qué nos equivocamos tanto imaginando aquello que no ocurrió sin ver lo que estaba madurando bajo nuestros pies y a nuestro alrededor. Eugenio y yo hemos compartido a lo largo de una década desconcierto y curiosidad y eso ciertamente ha mejorado mi existencia y espero que, si bien marginalmente, también la suya.

Nada era inexorable en nuestra frecuentación considerando nuestras trayectorias previas: él provenía de un universo cultural saturado de la cultura nacional-revolucionaria y yo, de una cultura marxista con simpatías maoístas nacidas en 1966. Además, nada era inevitable dados nuestros temperamentos y caracteres. Me limito a un ejemplo nimio. Cuando nos tocaba asistir a algún evento formal en el CIDE o en otras partes, él tenía la tendencia a sentarse en las primeras filas y yo en las últimas. Con el tiempo terminamos por encontrar una mediación y ahora, cuando asistimos conjuntamente, normalmente nos sentamos en las filas intermedias. En la década pasada he aprendido cosas que no sabía gracias a Eugenio y he estado un poco menos aislado de lo que hubiera estado en mi propia institución. ¿No son éstas razones suficientes para sentir aprecio y reconocimiento hacia mi colega y amigo? Este libro colectivo en su honor es una pequeña muestra de la estima que muchos, en distintos ámbitos, sentimos hacia Eugenio. Enhorabuena.         

Publicado en México y China: construcción de una relación estratégica. Homenaje a Eugenio Anguiano Roch

Publicado en Pros y contras