Sueños derrotados (Fragmentos de autobiografía generacional)

8 diciembre, 2020

La desilusión es probablemente, desde tiempos que la memoria ya no puede alcanzar, una de las constantes de la historia humana. Haciendo a un lado el universo infinito de experiencias personales, nos falta una historia universal de los grandes desengaños colectivos; una historia de los momentos y los ciclos históricos en que una ideología, un proyecto político, una creencia científica o una esperanza de progreso o de paz se disolvieron dejando un vacío poblado de desconcierto e incertidumbre; un vacío que puede durar generaciones en subsanarse para que pueda renacer una nueva confianza destinada en algún momento a disgregarse. Me limitaré a algunos apuntes personales (¿qué remedio?) sobre las desilusiones que han distinguido nuestro tiempo. La primera, gigantesca, ha abarcado muchas partes del mundo a lo largo del siglo pasado: el comunismo. La segunda es, en perspectiva, minúscula, y sólo concierne al México de los últimos años (desde Fox a Amlo, para entendernos). Me refiero al mundo mejor en que muchos esperaban después de que el PRI, con sus cortes presidenciales y sus corporaciones, pasara finalmente a la historia dejando a esta sociedad una posibilidad para reconocerse y definir nuevos rumbos. Ese momento llegó finalmente (de manera aparentemente definitiva) con la descomposición electoral del PRI en las elecciones de 2018. Sin embargo, la ilusión que concentraba en un individuo las aspiraciones de muchos se reveló pronto un espejismo que en menos de dos años del nuevo gobierno trajo protagonismo inconsistente, política económica conservadora, que coadyuvó el Covid en crear nuevos millones de pobres, y un voluntarismo bisoño heredado de una cultura de presidencialismo absoluto.  

La gran ilusión despertada en julio de 2018 se fue descomponiendo rápidamente dejando la sensación de que, sí, nos habíamos liberado del PRI para tomar, sin embargo, una falsa salida que repetía, en nuevas formas, una vieja historia. Quedó la vaga conciencia que, en algún momento, este país tendrá que volver a recomenzar por otro rumbo la reconstrucción de una nación enferma de pobreza, criminalidad e inconsistencia institucional. La ilusión del comunismo produjo tragedias o, en la mejor de las hipótesis, esperanzas frustradas; la confianza de que Amlo encarnara un nuevo futuro se nos deshizo más deprisa con cada mañanera y cada  reafirmación de férreas certezas brotadas de una tradición a medio camino entre deseo de justicia y menosprecio de la democracia. El nuevo México sigue lejos de definir su perfil.            

Acerca de las desilusiones convertidas en razones de congoja y de vergüenza póstuma, comenzaré con el comunismo, que fue el anuncio de un mundo que debía superar el capitalismo y sus injusticias normalizadas. Debajo de un escudo de laicismo, el comunismo fue una religión con variedad de sectas ferozmente enfrentadas unas a otras a confirmación de que los odios son siempre más virulentos entre vecinos. ¿Por qué religión? Por la certeza (metafísica) de interpretar el sentido final de la historia y la sensación de sus militantes de pertenecer a una comunidad selecta portadora de una mezcla (hegeliana) de virtud y necesidad, de moralidad y ciencia. Fuera de Rusia y China muchos comunistas cerraron un ojo (o los dos) frente a las violencias y arbitrariedades de un intolerante calvinismo proletario. Por generaciones, los comunistas occidentales  trataron de convencerse de que las barbaridades represivas y el despotismo en los países donde el comunismo había asumido el poder correspondían a excesos y  errores inevitables en las fases iniciales de una nueva historia que debía traer justicia y felicidad colectiva. Con el tiempo resultó evidente que los errores no eran errores sino piezas sustantivas de un sistema totalitario. Y cuando vino el derrumbe de la URSS y de las autodenominadas democracias populares, millones de individuos se encontraron de pronto sin esperanzas (aunque fueran artificiosas) y devueltos a un individualismo desmoralizado pero admirado frente a los nuevos hombres fuertes y a los nuevos magnates. Bajo la nueva oleada tecnológica, socialismo y socialdemocracia ya habían comenzado a perder encanto incluso desde antes como demostró ese largo, sinuoso, recorrido que condujo de Thatcher y Reagan hasta el nuevo populismo, conservador y popular, de Trump.

Pero, sobre las bases materiales de la fe en el comunismo me permitiré algunas observaciones personales. En las fases finales de la Segunda Guerra Mundial, en una Italia ocupada por los nazis con el apoyo fascista, Tommaso, que había encontrado empleo en un municipio del noroccidente de Italia, emitía falsos documentos de identidad para los soldados desmovilizados que se habían integrado a la resistencia contra el nazi-fascismo. Hasta que un día, en Turín, la policía fascista arrestó un oficial desmovilizado pasado a la resistencia y le encontraron estos documentos falsificados emitidos por el municipio en cuestión. Partió una expedición nazi-fascista a esta pequeña ciudad rural. Pero ese día Tommaso había ido en montaña a recibir instrucciones, y los fascistas ahorcaron en la plaza central a un joven de veinte años que desmovilizado del viejo ejército se había integrado a la resistencia. Advertido en el camino de retorno, Tommaso pudo escapar y salvarse. Él fue mi padre y no sé si entonces ya era comunista o se volvería tal una vez terminada la guerra. El encanto de la URSS era alto por haber detenido el avance nazi al costo de 20 millones de muertos. ¿Cómo no idealizar el país que intentaba, según las convicciones de la época, construir una sociedad que pretendía ser el exacto opuesto del fascismo? Los conocimientos concretos de la realidad soviética eran pocos y la fe, inevitablemente, mucha.  En la biblioteca paterna que comencé a escudriñar en mis primeros años juveniles estaba la obra selecta de Stalin, varias novelas y cuentos rusos (de Chejov a Shólojov) y ensayos de autores italianos de izquierda y no. Me parece recordar que había algo de Italo Calvino, quien había dejado el partido comunista en protesta por la invasión soviética de Hungría en 1956.

Recuerdo en mi adolescencia las reuniones en la seccional del partido donde estacionaba una nube azulada de humo de cigarros entre ancianos combatientes que recordaban las viejas historias de la resistencia y nosotros, hijo de aquella generación, que criticábamos el menguado espíritu revolucionario del partido pero, al mismo tiempo, nos sentíamos parte de una historia sacra (a pesar de nuestra, recién adquirida, desconfianza hacia la URSS): historia de heroísmo, sacrificios, entrega absoluta a una causa que, en nuestro tiempo, ya no tenía en su centro la lucha contra el fascismo sino la emancipación económica y política de los trabajadores. Sentíamos que estamos del lado correcto de la historia por razones moral y políticamente poderosas. Saliendo por la noche de la seccional, íbamos en una cantina cercana a tomar vermut mezclado con vino blanco y, mientras seguían las discusiones, con acompañamiento de guitarra, cantábamos las canciones de la guerra civil española y de la resistencia italiana. Al fin nos separábamos para ir a casa con el último tranvía en las noches frías de Turín con la cabeza atiborrada de los libros de los que habíamos discutido y de aquellos otros que había que leer, de Sartre a Lukács (de quien, por suerte o por desgracia, no entendía gran cosa), de Lenin a Vittorini (enfrentado a la política cultural del partido), de Marx a Pasolini. Cada uno de nosotros sentía como una carga íntimamente vergonzosa la propia ignorancia y, sin embargo, creía vivir en una burbuja de verdad que, aun llena de matices, retos intelectuales y debates interminables, era moralmente incuestionable. Éramos novicios con la cabeza llena de una mezcla inestable de certezas y de dudas, de voluntad de cambio y de rechazo de la apenas digna pobreza de estos obreros que veíamos en la calle, durante las huelgas en la FIAT y en las seccionales del partido.

Organizamos un grupo teatral, que denominamos GTP (Grupo Teatro Proletario) y, con la ayuda de un compañero que estudiaba teatro en Milán, hacíamos representaciones de Bertold Brecht y de Clifford Odets que llevábamos en las distintas seccionales del partido donde nuestro público estaba constituido de obreros, maestros y pequeños empleados a quienes, después de la representación, pedíamos debatir las ideas propuestas en las obras. Y ellos, entre la timidez y el cansancio por el día de trabajo transcurrido, sólo querían irse a dormir.

A los 18 años fuimos expulsados del partido por ultra-izquierdismo. Y probablemente el partido tenía razón aunque fuera una maquinaria monolítica, con escasa libertad de debate verdaderamente abierto y que usaba su trabajo de organización obrera, su lucha parlamentaria a favor de mayores derechos sociales y su pasada historia antifascista para justificar un liderazgo de estrecha ortodoxia y observancia soviéticas (que cambiaría sólo años después). Recuerdo el viejo vigilante de la federación del partido el día de nuestra expulsión. Había estado en la resistencia y nos injuriaba mientras salíamos de las instalaciones, como si fuéramos apostatas echados del templo de Salomón. Mientras nosotros, convencidos de nuestras razones leninistas y nuestras críticas a la línea del partido, sentíamos una vaga vergüenza por ser desterrados de lo que, a pesar de todo, considerábamos la casa de los trabajadores; nuestra casa de elección. Después vino el movimiento estudiantil y sería otra historia. Una larga historia generacional hasta llegar al derrumbe de la URSS, a las lecturas previas de Solyenitsin describiendo el totalitarismo y el Gulag soviéticos y de K. S. Karol representando el poder autoritario construido por los antiguos guerrilleros cubanos en nombre de la incuestionable santidad revolucionaria de Fidel Castro.

Pedazo a pedazo, el mito salvífico de la fusión entre los trabajadores y una hipotética democracia debatiente, que había dado identidad a mi generación, perdía su encanto primigenio. Lo que fue, simultáneamente, una herida y una liberación que permitía ver la realidad sin las cortinas de viejos actos de fe, pero también sin aquellas certezas que daban consistencia a la crítica de un mundo entretejido de injusticia.

Y después Chile en tiempos de Allende, donde los socialistas (que estaban a la izquierda del partido comunista) presionaban el gobierno hacia un voluntarista poder popular, como el MIR, a pesar de su heroísmo en la lucha contra Pinochet. Lo que entonces entendí mal y por fragmentos. Hasta llegar a un México de peroratas revolucionarias que, con el PRI, encubrían una especie de democracia autoritaria, de opulencia elitista y miseria masiva. Y ahí me topé por primera vez con algo que no había conocido hasta entonces: políticos y sindicalistas asombrosamente enriquecidos. Un México que se había quedado en Los olvidados de Buñuel, un pasado que cambiaba de formas y en medio de progresos insuficientes a sacar el país del subdesarrollo, el atraso político, económico y cívico. Y al cabo de muchos años, vino el despertar de la esperanza con Amlo; una esperanza que, como se dijo, comenzó a apagarse en menos de dos años de gobierno. Otra historia de desencanto, pero mucho más rápida respecto a la ensoñación comunista.

Pero aquí necesito abrir un paréntesis. Yo tuve un amigo, profesor del CIDE algunas décadas atrás: un michoacano simpático e inteligente. Era un notable profesor de historia mexicana adorado por sus alumnos. Sin embargo, tuvo que irse en un momento de reestructuración en la institución. Dejaré a un lado que todavía me hacen falta nuestras conversaciones y café mañaneros, sus dicharachos michoacanos, su inagotable, ingeniosa, picardía. ¿Por qué lo menciono? Porque recuerdo lo que alguna vez me dijo. Frente a alguien que intentaba convertirlo a alguna fe esotérica (probablemente oriental), su respuesta fue la siguiente: pero, bendita sea, si no creo ni en el Dios verdadero (venía de una familia católica), cómo voy a creer en estas bobadas. Esta es, exactamente, mi situación, aunque sea sin dioses de por medio. Si hace tiempo  dejé de creer en el comunismo,  e incluso en la infalibilidad del marxismo (y ambas cosas, a pesar de todo, tenían consistencia y dignidad intelectual); si nunca creí en el régimen priísta que, cuando menos, garantizó la estabilidad institucional de México por décadas y evitó caudillos eternizados en el poder, ¿cómo puedo creer en Amlo que, con una fascinante mediocridad intelectual, recrea un presidencialismo arcaico y que (sobre todo frente a este Covid) promueve una política económica ultra-conservadora que multiplica por varios millones el número de pobres en un país donde la pobreza ya es una presencia masiva? Mi experiencia de vida, dicho sea sin asomo de presunción, me ha vacunado frente a creencias más serías y me permite ahora reconocer la locuacidad inconsistente. Sin embargo, en estos momentos, la mayoría de los mexicanos cree en su presidente. Pasa el tiempo y seguimos añorando el milagro que vendrá de un improbable líder carismático. Y yo, como muchos otros, siento la desazón de vivir la crónica de un desastre anunciado sin poder hacer nada para evitar el desenlace infausto preparado inconscientemente por este neo-priismo con inéditas vestiduras populistas. En algún momento la desilusión se volverá masiva y no queda más que esperar que este momento no conduzca México a buscar remedios peores que la enfermedad.                                                           

Publicado en Pros y contras