Ancestros populistas (Rusia y Estados Unidos)

20 noviembre, 2018

El populismo comienza a perfilarse en la segunda mitad del 800 en dos grandes países que están en las antípodas del espectro internacional: Rusia y Estados Unidos. Y es suficiente registrar esta circunstancia para reconocer que ni las raíces ni las manifestaciones del fenómeno son asimilables a un patrón común. Si el populismo es una forma de oposición social contra regímenes autocráticos, esto puede valer en el caso ruso pero mucho menos en el americano. Por otra parte, si el populismo es un amplio fenómeno de movilización de clases subalternas, esto vale mucho más para Estados Unidos que para Rusia, donde fue sobre todo un fenómeno ligado a una intelligentsia fundamentalmente desligada de los grandes grupos sociales del país. Frente a lo anterior existen dos rasgos genéricamente comunes: la insatisfacción (que puede manifestarse como rechazo político o como malestar difuso) hacia el capitalismo y hacia el liberalismo político. El populismo contrasta la idea de que el progreso técnico-económico supone necesariamente el avance en las condiciones de bienestar de las grandes mayorías de la población. Un cuestionamiento que viene en el plano propiamente teórico, como en el caso del populista ruso Nikolai Mikhajlovski a fines del 800, o como expresión, en el caso de Estados Unidos en los mismos años, de una cultura popular que busca reengancharse con una nostálgica visión jeffersoniana en los momentos en que la industrialización produce (sobre todo en el Oeste y en el Sur del país) un sentido de marginalidad frente a las corrientes que están cambiando la realidad del país. Otra diferencia entre los dos países es que mientras en Rusia el populismo fue un fenómeno con un alto perfil de elaboración intelectual (y con baja difusión social más allá de los límites de la misma intelligentsia), en Estados Unidos ocurrió exactamente lo contrario: un fenómeno de bajo perfil intelectual y un mayor impacto en términos de movilización social y política en las últimas dos décadas del 800.        

1.En Rusia. Pero concentrémonos inicialmente en el populismo de la Rusia zarista de la segunda mitad del siglo XIX. En un país europeo al margen de los acontecimientos económicos y políticos que enmarcan el avance de la industrialización y de instituciones diferentemente abiertas a nuevas presiones sociales, la Rusia zarista a mediados del siglo es un espacio inmenso dominado por una autocracia absolutista que abruma bajo su control centralizado todo fermento potencial de renovación. Según Isaiah Berlin el nacimiento del populismo ruso se sitúa en un contexto dominado por la entronización de Alejandro II y los inciertos intentos reformadores de parte del absolutismo después de la derrota de la guerra de Crimea de 1853-56. Es este el periodo en que el precedente influjo del romanticismo y del idealismo en los núcleos de la intelligentsia rusa deja el paso a las nuevas corrientes del socialismo francés (Fourier, Saint Simon y Proudhon) y del materialismo alemán (Feuerbach y la nueva izquierda hegeliana).[1] Si bien con el influjos de otras corrientes culturales, la estación populista rusa puede considerarse como una fracción de la historia de la izquierda europea.[2] Otro componente relevante es, en medio de una enorme masa campesina con poca capacidad para ejercer una presión organizada sobre las autoridades políticas, la expansión de una capa intelectual que entre mediados y fines del 800 aumenta su peso y, al mismo tiempo, muda su origen social de la prevalencia previa de la aristocracia a la presencia creciente de profesionales y estudiantes universitarios provenientes de clases sociales intermedias o pobres. Llegará a hablarse, en efecto, de proletariado intelectual.               

De regreso de Europa occidental al final de las guerras napoleónicas, la alta oficialidad del ejército ruso, mayoritariamente aristocrática, había podido medir la distancia entre su país y las sociedades e instituciones europeas con monarquías constitucionales y una cultura liberal que parecía ir pari passu con la modernización en Francia y otras partes del continente.[3] El malestar frente al retardo civil y político ruso, entre absolutismo y servidumbre, terminará por alimentar la revuelta decembrista de algunos repartos del ejército en diciembre de 1825, durante la entronización del zar Nicolás I, que anunciaba el cierre de las expectativas reformadoras asociadas a su predecesor Alejandro I. Las tres décadas posteriores serán un periodo de endurecimiento del absolutismo y de cierre de toda expectativa de cambio. En este contexto madura y se extiende entre las capas intelectuales de la sociedad rusa la conciencia de la “monstruosidad moral y política” de un régimen “caduco, bárbaro, estúpido y odioso” según palabras de Berlin.[4] Lo que iba junto con una extendida maquinaria burocrática tan invasiva como torpe. Recordando tiempos pasados, donde se mezclan inquietantemente el zarismo y la URSS, decía Edmund Wilson: “Es imposible sobreestimar los prodigios de incompetencia e indolencia burocrática de que son capaces los rusos”.[5]        

Sin embargo, el afán de congelar el país en sus vetustas estructuras sociales y políticas después de la represión del intento decembrista, no impidió el desarrollo de un malestar que desde los años 30 asume varias manifestaciones culturales. El filósofo Piotr Chaadaev (después de varias estadías en Francia) publica abiertamente en 1836 unos escritos suyos que habían comenzado a circular solapadamente desde hace algunos años. En la grisura apacible de una cultura asfixiada bajo una realidad social arcaica y un régimen autocrático, estos escritos provocan un escándalo: fuera de toda complacencia patriótica, la situación nacional es descrita como “calma muerta”. Chaadaev habla de algo así como de un código genético que se transmite en las sociedades occidentales y que estaría compuesto por “nociones de deber, justicia, derecho y orden…Tal es la atmósfera de Occidente, es la fisiología del hombre europeo”. Y concluye preguntándose: “¿Con qué sustituiréis esto en nuestro país?”.[6] A partir de ahí la cultura rusa se bifurca en dos direcciones, una occidentalista, que mira a su país como expresión de un retardo sobre los tiempos del resto de Europa y una eslavófila, que exalta las tradiciones ancestrales y el espíritu ruso como rasgos irrenunciables de identidad. Una identidad de rasgos universales a partir de una ortodoxia bizantina. Estamos aquí frente a un utopismo retrospectivo que idealiza la supuesta armonía de la vieja Rusia anterior a las reformas de Pedro I.[7] En polémica contra la glorificación del pasado como depositario de un espíritu ruso inmarcesible, intervendrán algunas de las mayores figuras de la literatura y del pensamiento crítico de la primera mitad del 800. Mencionemos las tres principales: Belinski, Herzen (el patriarca intelectual del futuro populismo ruso) y Turguénev, para no mencionar en el ciclo inmediatamente anterior a Pushkin. De Belinski hay que recordar la famosa carta abierta a un Gogol que al final de su vida justifica sorpresivamente el sistema social y político contra el cual había dirigido hasta entonces la carga venenosa de su sarcasmo y su capacidad de penetración psicológica. Frente al misticismo tardío de Gogol, Belinski le recuerda que difícilmente podía esperarse una regeneración rusa a partir de un clero caracterizado por “panzas gordas, pedantería escolástica e ignorancia salvaje” y concluía dejando a la conciencia del escritor la tarea de “admirar la belleza divina de la autocracia”. Turguénev, que se consideraba explícitamente como un “occidentalista”, tampoco tenía dudas en considerar la eslavofilia tardía de Gogol como expresión de “una mezcla repulsiva de soberbia y servilismo, santurronería y vanidad”.[8] Y acerca de Herzen, probablemente el mayor pensador ruso de mediados del 800, es apenas el caso de recordar sus polémicas contra el pensamiento místico-conservador y patriotero de su tiempo que en nombre de la tradición y la identidad justificaba una monarquía absoluta crecientemente al margen de los tiempos europeos. Para él sólo podía justificarse el nacionalismo en las luchas por la independencia y evidentemente no era ese el caso ruso. Y como contrapunto, apuntaba “Necesitamos a Europa como un ideal, como un reproche o como un buen ejemplo: y, si de verdad no es así, valdría la pena inventarla”.[9]    

El despertar crítico de la intelligentsia rusa, junto con el cierre de toda posibilidad reformadora durante el reinado de Nicolás I, y la humillación nacional representada por la derrota en la guerra de Crimea terminarán por fertilizar el terreno del sucesivo movimiento populista: una mezcla de culturas políticas y filosóficas destinadas a cohabitar en la segunda mitad del 800 entre pulsiones liberales, una aspiración de reformismo autoritario como atajo de modernización (que, explícitamente o menos, quería retomar el camino interrumpido de occidentalización iniciado por Pedro I), de utopismo como retorno a tradiciones rurales comunitarias, hasta distintos tendencias socialistas, desde Fourier pasando por Proudhon hasta llegar a un insurrecionalismo de estilo blanquista del que Bakunin era la más brillante y persistente encarnación.[10]

En una sociedad donde el debate político abierto estaba obstruido por la censura y la represión policial, la cultura en general y específicamente la literatura, jugaban un papel central en la intelectualidad. En otros términos, el debate de ideas, en lugar que recorrer caminos social e institucionalmente reconocidos, necesitaba disimularse a través de la discusión filosófica y de la pedagogía estética y civil de la literatura. Poco más de un lustro después de la derrota de Crimea (que interrumpía un ciclo secular de victorias militares rusas), a comienzos de los años 60 veía la luz Padres e hijos de Turguénev, la novela que ponía en circulación un nuevo término, el nihilismo, como actitud psicológica e intelectual de clases ilustradas dominadas por un espíritu de descreimiento y negación de los valores consagrados de la vieja sociedad rusa. Así se canalizaba en el terreno literario, el malestar asociado a una sociedad que no abría caminos profesionales a una nueva clase media que poco a poco se iba formando. El nihilismo es la versión todavía pre-política y pre-revolucionaria del subsiguiente movimiento populista y algunos autores de fines del 800 confunden todavía las dos dimensiones sin diferenciar el movimiento político con la corriente cultural que lo precede. Es el caso de Leroy-Beaulieu que establece una periodización en tres fases del nihilismo: una primera, en los años 60, de anticonformismo contra ideas y autoridades tradicionales, una segunda en los 70 que, influenciada por la Comuna de París, asume rasgos de socialismo militante y una tercera, desde fines de los 70 que, frente al cierre de otras opciones, se decanta a favor del terrorismo.[11] Obviamente, cuando menos desde los años 70, el fenómeno político en cuestión es el populismo ruso que ha incorporado el nihilismo, como moda literaria, junto con cantidad de materiales de cultura política y filosófica provenientes del Occidente de Europa.               

Isaiah Berlin hace propia la idea formulada casi un siglo antes por Leroy-Beaulieu de que la figura central del populismo ruso será Nikolái Chernyshevski que, con una novela pedagógica escrita cuando estaba en la cárcel, ¿Qué hacer? se vuelve un punto de referencia obligado por una juventud que después de las desilusiones del 48 en Europa occidental y de la insuficiencia de las reformas sociales e institucionales de Alejandro II a comienzos de los años 60, se orienta cada vez más a favor de un socialismo revolucionario que deja por el camino los derechos individuales y el liberalismo radical que hasta entonces, con la voz de Herzen, habían tenido un peso significativo. Si todavía a fines de los años 50, estos dos padres intelectuales del populismo ruso alimentaban algunas esperanzas acerca de alimentar un rumbo reformador desde el propio poder zarista (considerando la debilidad política de la incipiente burguesía rusa), de ahí en adelante, en parte por su ¿Qué hacer? que alienta comunas y cooperativas capaces de retomar las viejas tradiciones comunitarias rurales de la Obshina y el Mir,  y en parte por su prestigio como prisionero político del zarismo, Chernyshevski se vuelve una figura central de populismo exponiendo como perspectiva la recuperación de las tradiciones comunitarias en contra tanto del capitalismo como del liberalismo político en una ruta directa hacia el socialismo. Aunque también Herzen, sobre todo después de la derrota parisina de 1848, se hubiera orientado a favor de las comunas rurales como una perspectiva socialista, permanecía en él, a diferencia de Chernyshevski, la valoración de libertades individuales que no podían sacrificarse en el altar de grandes esquemas ideológicos. Así que para los jóvenes revolucionarios su figura terminaría por perder brillo frente a este último que añadía el componente del martirologio por el largo encarcelamiento y el exilio interno en Siberia.  

La derrota política del 48 europeo, que estrechaba el horizonte de una ruta liberal a las reformas democráticas, además de la rigidez persistente de la autocracia en Rusia, terminaron por orientar una parte de la intelligentsia rusa, especialmente los estudiantes, hacia alternativas radicales. Considerando la debilidad del proletariado urbano, el camino que se impuso (como una especie de atajo justificado por el vínculo con la propia historia nacional) fue el de un socialismo rural a partir de arraigadas tradiciones comunitarias. O sea, al mismo tempo y paradójicamente, un paso hacia el futuro y uno hacia el pasado idealizado. A falta de una clase obrera de dimensiones sociales significativas, no quedaba más, para alimentar una perspectiva post-autocrática y post-capitalista que la gran masa campesina rusa.

El atraso del país se trasmutaba, por arte dialéctico, en una condición para hacer avanzar el socialismo más de lo que parecía poder ocurrir en el Occidente de Europa. En una operación de desagravio y de correspondiente enaltecimiento patrio el atraso se volvía un acelerador del progreso, lo que Gerschenkron consideraría, con brutal realismo, una “trágica rendición a la utopía”.[12]   

De alguna manera, es la fuga hacia delante de una intelligentsia que no encuentra otros caminos socialmente firmes para liberarse de una autocracia osificada y de un cambio social que ocurre demasiado lentamente. La cultura radical rusa termina por rechazar los dos rasgos que se asoman desde Occidente en el marco del socialismo marxista: el carácter doblemente irreversible del desarrollo capitalista y la lucha de clases. Comunidad rural y cooperación se vuelven, sobre la base de una inspiración moralizadora, los instrumentos para sosegar la percepción de un futuro cargado de conflictos sin respuestas en una armoniosa visión de tradición regenerada. La revolución industrial que empujó las otras sociedades europeas hacia configuraciones sociales más abiertas al cambio y a organizaciones de trabajadores capaces de formular objetivos propios de reordenamiento global de la sociedad, es vista desde Rusia como una amenaza de desmembramiento cultural y como anuncio de masas empobrecidas y anómicas de proletariado urbano. Nikolai K. Mikhailovski, en polémica directa contra las opiniones de Spencer, niega que el progreso pueda considerarse como una marcha hacia mayor complejidad social y una más extendida división del trabajo. Aquello que conduce a la atomización del carácter integral y multilateral del hombre no puede considerarse como un progreso (que, en cambio, es, y debe ser, acercamiento a la plenitud del individuo) y, en este sentido, el capitalismo no es un paso adelante sino una amenaza para Rusia donde la fragmentación del trabajo debida al progreso técnico, a través de la fractura del individuo y la atomización de las masas, hacen estas últimas susceptibles de manipulación de parte de líderes carismáticos (el “héroe”) desligados de la identidad y necesidades del universo comunitario.[13] Y así, una visión  romántica recorta a su propia medida una dimensión exclusivamente rusa desligada de las corrientes del cambio en el Occidente.

Si bien formulada en forma sarcástica, hay una fuerte dosis de verdad en la idea de Berlin por la cual,  a pesar de las grandes diferencias políticas en el universo del populismo ruso entre jacobinos, libertarios, educadores y terroristas, había una creencia común: una vez derrotada la autocracia zarista, la sociedad rusa habría renacido como la bella durmiente en el formato de un campesinado naturalmente solidario dadas sus tradiciones comunitarias.[14] Una especie de espontaneismo antropológico de raíces roussonianas. El Estado ruso es visto como una costra que oprime una humanidad cuya bondad natural permitirá construir una nueva sociedad sin que las formas y la fisiología de esta nueva sociedad tengan que ser objeto de elaboración y debate filosófico y político. Y así el atraso ruso es visto como una ventaja sobre el resto del Europa en el sentido que posibilita un atajo hacia el futuro sin que sea necesario pasar por el purgatorio del capitalismo y el liberalismo que experimenta Europa occidental con sus contradicciones y enfrentamientos sociales.                       

Sin embargo, la realidad del atraso ruso era más terca que las escapatorias ideológicas que intentaban sublimarla. En 1861 se realiza finalmente la emancipación de la servidumbre que llevaba en el país casi tres siglos. Al margen: en distintas partes de Europa occidental (entre ellas Holanda, Inglaterra, Bélgica y gran parte del norte de Italia) la servidumbre rural había desaparecido desde hace siglos cuando fue introducida en Rusia. Una asincronía que, en el largo plazo occidental, abre las puertas hacia conflictos sociales que desembocan en la modernidad política y económica, mientras contribuye a atrancar su despliegue en el oriente europeo. En 1861, frente a una emancipación servil burocráticamente engorrosa e insatisfactoria por sus modalidades a los ojos de sus propios beneficiarios, cerca de la mitad de la población campesina vivía en servidumbre en un contexto con gran peso del trabajo gratuito a favor de los terratenientes y con el dominio de un sistema de tres campos que hace tiempo había desaparecido en las áreas, social y técnicamente, más avanzadas de Europa. Incluso una porción importante de la nueva clase obrera rusa mantenía condiciones serviles.[15] Muchos antiguos siervos tuvieron que pagar su emancipación con la renuncia de parte de sus tierras y la insatisfacción correspondiente indujo muchos miembros de la intelligentsia a pasar de la esperanza de un autoritarismo reformador a la política revolucionaria. Este fue el caso de Nikolai Serno-Solovevich que, como empleado en la comisión de emancipación, se había atrevido a entregar una carta de sugerencias directamente en las manos de Alejandro II y que fue arrestado en 1862 con Chernishevski muriendo cuatro años después a los 32 años.[16] La de 1861 fue la primera de las reformas que, si bien con alguna incertidumbre y sin un plan general, Alejandro II instrumentó en la primera mitad de los años 60. Siguió la reforma judiciaria (que introdujo los juicios públicos y la estabilización de los jueces en sus cargos) y la creación de una forma de gobierno local (el zemstvo) elegido con sistema censitario y que abrió las puertas al desarrollo de una burocracia local con atribuciones limitadas pero con ciertos rasgos de ilustración.[17]

Pero estas iniciativas de reforma no fueron suficientes a revertir la mezcla de desconfianza y hostilidad de parte de la intelligentsia y varios sectores populares que veían el zarismo como una estructura de poder lejana e irreformable, merecedora de poca o ninguna credibilidad. Probablemente el componente más importante de este alejamiento desconfiado de pueblo e intelectualidad progresista fue el de los estudiantes universitarios que, en la segunda mitad del siglo XIX, pasaron de 3 a 25 mil, un periodo que el régimen vivió en guerra permanente con los estudiantes, lo que alimentó, “su desarraigo del poder y su escepticismo ansioso” como decía Leroy-Beaulieu.[18] Además de ser una persistente espina en el flanco del régimen, los estudiantes fueron una especie de brújula de la intelectualidad rusa en su conjunto que, desde fines de los años 60, se dirige con más decisión del terreno previo de un radicalismo democrático y anti-feudal a un socialismo revolucionario. La oposición universitaria al zarismo que todavía en los primeros años 70 se centraba parcialmente en la lectura y la difusión de la literatura socialista europea y de las revistas que, publicadas por exiliados rusos en Europa occidental, entraban clandestinamente en Rusia (como La Campana –Kolokol-, de Herzen y el poeta Ogarev, publicada en Londres y Ginebra desde 1857 y más tarde el AdelanteVpered– de Lavrov desde Zurigo), pasa progresivamente del malestar intelectual al activismo, de la promoción cultural a la agitación política.[19]                   

En los años 70 se intensifica el contraste entre dos perspectivas distintas al interior del populismo: una orientada al trabajo pedagógico sobre todo entre los campesinos (pero también hacia los primeros núcleos urbanos de proletariado) y otra dirigida hacia una perspectiva insurreccional. Ya desde inicios de la década previa había nacido una organización clandestina, Zemlia i Volia (Tierra y libertad) que recibe el apoyo (si bien no entusiasta) de Herzen en Londres. La organización crearía varios núcleos a partir del primero en San Petersburgo. Grupos locales que, dotados de gran autonomía, compartían orientaciones comunes a través de la prensa clandestina. Al margen: algo similar a lo que ocurriría cuatro décadas después con Iskra (Chispa) de los socialistas marxistas que (dirigida por Lenin, Plejanov y Zasulich entre otros) se publicaba en el exterior para ser difundida clandestinamente en Rusia siendo el principal factor unitario entre núcleos locales clandestinos. Esta primera Zemlia i Volia (que resurgirá a mediados de los 70) quedará de hecho disuelta por la represión consiguiente al intento frustrado de sublevación independentista polaca de 1863. Pero en 1874 el espíritu de esta organización renace en la campaña de “Ida hacia el pueblo” por la que centenares de jóvenes, sobre todo universitarios, deciden moverse hacia el campo para integrarse en las comunidades rurales y sembrar entre los campesinos una mayor conciencia de sus derechos y una, si bien no inmediata, posibilidad insurreccional. Los bakuninistas que participaron en la campaña no tenían ninguna confianza en la promoción de los derechos políticos de los campesinos. La intención era la activar una integración entre intelectuales sin pueblo y un pueblo sin intelectuales. Sin embargo, los resultados serán desilusionantes por la desconfianza campesina hacia figuras venidas de fuera que en varios casos son denunciadas a la policía.[20] La confianza en el espíritu natural de rebeldía del universo campesino recibe un duro golpe que conduce en 1879 a la escisión del segundo periodo de Zemlia i Volia y al nacimiento de una nueva organización, Narodnaia Volia (Voluntad del pueblo), cuya estrategia terrorista desplaza el eje del populismo de la esperanza de sublevación popular espontánea a la organización de una vanguardia decidida en producir hechos ejemplares sangrientos capaces de acelerar la crisis del aparato estatal zarista poniendo en evidencia, a los ojos de las masas, su vulnerabilidad.

Apuntemos que incluso antes de la estación propiamente terrorista del populismo ruso, desde fines de los 70, ya habían surgido personalidades –Piotr Tkachev y Sergej Nechaev son los casos más notables-  que razonan en términos de acciones ejemplares y de revolucionarios dedicados exclusivamente a la revolución habiendo roto los nexos personales y emotivos con la sociedad. Lavrov (uno de los mayores intelectuales populistas de fin de siglo) y Bakunin, si bien desde posiciones distintas, rompieron con Nechaev acusándolo de fanatismo y rechazando la rígida jerarquía de las organizaciones secretas.[21] Vale la pena mencionar que Lavrov tomó distancia de Nechaev incluso mostrando después su lealtad a Narodnaia Volia, aunque fuera más por su fuerza unificada que por su terrorismo. El mismo Lavrov también había polemizado con el otro proto-terrorista –Tkachev- quien sostenía la urgencia revolucionaria ya que las reformas de Alejandro II apoyaban la formación de una clase de campesinos independientes que habrían sostenido el desarrollo capitalista contrastando las perspectivas revolucionarias.[22]

La estación terrorista tiene su inicio simbólico con el sonado ataque de Vera Zasulich (que adherirá después al marxismo en alianza con Plekhanov) al general Petrov (gobernador de San Petersburgo) en 1878, acusado de maltrato de los prisioneros políticos bajo su control. La división al interior de Zemlia i Volia el año siguiente es la fractura entre un camino lento de preparación revolucionaria a través de la propaganda en el seno del pueblo y un camino (supuestamente) rápido que pasa por el ataque directo a los representantes del Estado con el objetivo de trabar su funcionamiento y educar el pueblo mostrando la fragilidad del aparato de poder zarista. La posición de los fautores de esta segunda perspectiva se había fortalecido debido a la desilusión acerca de la esperada acogida del campesinado en la campaña de Ida al pueblo desde el verano de 1874 y al endurecimiento de la represión que estrechaba los márgenes de las acciones de propaganda con fines pedagógicos. Y así se llega al asesinato de Alejandro II en 1881. La táctica del homicidio político seguiría hasta 1911, ahora a través de los Socialistas Revolucionarios (última expresión del populismo revolucionario ruso), con el asesinato de otro importante personaje con alguna inspiración reformadora, el primer ministro Piotr Stolypin durante el reinado de Nicolás II. Pero al contrario de las esperanzas de Narodnaia Volia, el periodo posterior a 1881 en lugar que ser de aceleración fue de reflujo revolucionario.

Concluyamos estas notas sobre el populismo ruso con algunas observaciones sobre el personaje que encarna la bisagra entre la vieja tradición populista (aunque fuera firmemente contrario al terrorismo) y la nueva ruta del socialismo marxista en Rusia: Georgij Plekhanov. Desde comienzos de los años 80 Plekhanov publica folletos donde, coherentemente con el marxismo (aunque no necesariamente con Marx)[23], considera las comunas rurales un anacronismo, un residuo precapitalista sobre el cual no solamente no es posible construir el socialismo sino cuya desaparición resulta inevitable en la ruta del desarrollo capitalista en Rusia.[24] Uno de los primeros divulgadores de la economía marxista en Rusia, Piotr Struve, que a fines del siglo será el mayor representante del “marxismo legal” (una orientación que postulaba la posibilidad de alcanzar el socialismo por medios legales), consideraba, probablemente con razón, la idea populista de llegar al socialismo evitando el previo desarrollo capitalista, como expresión de una forma de vanidad nacionalista. De ahí que, a los ojos de los populistas, los marxistas fueran enemigos del campesinado ya que consideraban inevitable un desarrollo que habría perjudicado sus tradiciones comunitarias.[25] Algún tiempo después, para poder justificar su política revolucionaria, Lenin necesitaba cumplir con un requisito lógico, mostrar que el capitalismo en Rusia ya era maduro de tal manera que no se requiriera una política de alianzas con sectores liberales de la sociedad para promover la modernización del país. Si el capitalismo era maduro, se ponía al orden del día la transición hacia el socialismo sin romper los cánones marxistas. Si embargo, si, por el contrario, el capitalismo ruso se encontraba desde los puntos de vistas económico y político en una etapa de atraso histórico, era entonces correcta la acusación que el antiguo populista, y después marxista, Plejanov dirigía a Lenin, la de haber abandonado el marxismo hacia una visión de populismo revolucionario con rasgos sujetivos y blanquistas.[26] En la disputa entre Plejanov y Lenin, la historia posterior parecería haber mostrado que la razón estaba más del lado del primero que del segundo. Sin considerar la errónea visión leninista por la cual el populismo encarnaba una ideología de clases medias rurales, cuando, más que expresar los intereses del universo campesino-comunitario, el populismo necesitó engancharse a esa realidad para justificar, desde un punto de vista social, una opción política que buscaba en el pasado una respuesta a problemas presentes para los cuales no tenía respuestas adecuadas.[27]

2.En Estados Unidos. A diferencia del populismo ruso, y a pesar del tiempo transcurrido, la estación populista en Estados Unidos -una experiencia que en su versión partidaria apenas abarca la última década del siglo XIX- no ha encontrado aún, en la visión de los historiadores de ese país, una valoración genéricamente uniforme. Los juicios van del populismo como un movimiento dominado por visiones románticas, simplistas y dicotomías ingenuas hasta la afirmación por la cual habría sido el último intento (derrotado) de imaginar una modernización guiada desde las bases sociales en lugar que desde las necesidades de las grandes empresas y los poderosos grupos financieros en la sucesiva historia de Estados Unidos. Lo que no puede ser objeto de disputa es que el populismo fue uno de los episodios de movilización social más importantes de la historia del país. Añadamos que mientras en Rusia, el populismo fue sobre todo una corriente dominada por intelectuales de varia procedencia social y orientación ideológica que hacían referencia a un mundo campesino con el cual tenían contactos más sentimentales que reales, en Estados Unidos fue exactamente lo contrario: un fuerte movimiento de protesta de granjeros (especialmente pequeños propietarios del sur y el oeste del país) sin un desarrollo intelectual significativo.[28] Otra constatación axiomática concierne el contexto socio-económico en el cual el movimiento rural populista comenzó a definir sus perfiles. Registremos las tres circunstancias mayores que enmarcan el fenómeno. La primera consiste en la tendencia de largo plazo de reducción de los precios agrícolas desde los años 70 que persistirá con pocas oscilaciones hasta fines del siglo. La segunda es la aceleración industrial y el desarrollo de grandes corporaciones frente a las cuales amplios sectores del universo rural se sienten desplazados en un mundo cada vez menos dependiente de sus intereses y necesidades. Y finalmente, la crisis económica que comienza a manifestarse desde 1873 y que tocará su ápice en 1893 con la peor depresión de la economía estadunidense hasta entonces. En pocas palabras, entre los precios de sus productos en fuerte bajada y una deflación que incrementaba la tasa real de interés sobre sus deudas, varios sectores de granjeros se sentían aplastados y muchos de ellos perdieron sus tierras por deudas hipotecarías que no podían honrar. En este contexto de crisis económica y de malestar social, millones de granjeros comienzan a organizarse para hacer frente a condiciones adversas que constituyen el caldo de cultivo en el cual, desde comienzos de la última década del siglo, emerge el intento de formar un tercer partido (que se llamará Partido del Pueblo) independiente de los dos grandes partidos de la tradición política americana: el demócrata y el republicano. El intento resultará ser de corta duración (en realidad seis años, entre 1892 y 1896) pero constituirá también la mayor embestida al sistema político americano en su historia.  

Después de la guerra civil, en el este del país avanza vigorosamente la industrialización y urbanización y en el sur, frente a una creciente demanda de algodón (interna e internacional) muchos pequeños agricultores optan por esta fibra creando una situación de monocultivo que volverá precaria su subsistencia cuando, pocos años después, la sobreoferta comenzará a presionar a la baja los precios. En las últimas décadas del siglo, para limitarnos a algunos ejemplos, la producción de carne de puerco y de maíz desciende mientras aumenta la de algodón y así, entre 1875 y 1894, el precio de la fibra pasa de 14 a menos de 5 centavos la libra, mientras los precios de los insumos (fertilizantes, sacos, mulas, etc.) aumentan. En este escenario, antes, surgen varias asociaciones de granjeros y, después, el movimiento populista que se despliega con especial fuerza justamente en el oeste y en sur (y mucho menos en el este y en el medio oeste, con agriculturas mayormente diferenciadas e integradas a la demanda local) más interesados por monocultivos fuertemente dependientes de del crédito y de los costos de transporte encarnados en las tarifas del ferrocarril. En Texas, a fines de los años 70, nace la experiencia de asociacionismo de granjeros que se expandirá rápidamente desde entonces. El subsiguiente ciclo populista será especialmente fuerte en las áreas agrarias marginales como, por ej., en las zonas altas del norte de Georgia.[29] En una situación de previo malestar, la depresión económica de 1893 agudiza (con la quiebra de compañías ferrocarrileras que habían crecido demasiado aprisa y de muchos bancos), tanto en las ciudades como en el campo, conflictos ya latentes desde antes.             

Pero retrocedamos en el tiempo a la segunda mitad de los años 70, cuando comienzan a manifestarse las tendencias adversas (en la balanza de precios y costos de los productores rurales) que alientan la organización de granjeros en asociaciones con el propósito de hacer valer su fuerza conjunta frente a autoridades políticas cada vez más dependientes de los intereses industriales. El experimento inicial, que crea en 1877 la asociación y que poco después tomará el nombre de Farmer’s Alliance, ocurre en el condado tejano de Lampasas entre vecinos que ya tenían experiencias de lucha contra el abigeato y cortando las alambradas de las vastas posesiones de las compañías ferrocarrileras.[30] Poco después la asociación se extenderá al suroeste con una Asociación de granjeros del sur. Este núcleo inicial de organización se entrecruza con predicadores de las iglesias protestantes, desarrollo de cooperativas, conferencias itinerantes y una prensa local que da voz (a través de pocas miles de copias que alcanzan una alta penetración en las áreas más pobres del oeste y del sur) a las demandas y a una cultura rural reivindicativa que crece en intensidad y extensión. Los pequeños granjeros adquieren un peso político que obliga a tener cuenta de ellos en los procesos electorales locales. En las legislaturas de varios Estados son elegidas personas ligadas a las Alianzas que reciben el sostén de los partidos tradicionales y especialmente del Partido Demócrata y que, sin embargo, se oponen a menudo a promover las demandas más radicales de las Alianzas.

Poco a poco el movimiento de los granjeros pobres resulta dirigido por un personal político local constituido por ricos agricultores, abogados, periodistas y libres profesionistas que en las olas del movimiento a veces radicalizan su discurso y a veces (sin que las dos cosas sean recíprocamente excluyentes) encuentran un rumbo viable para canalizar sus ambiciones políticas.[31] Dos ejemplos notables serán Tom Watson de Georgia y Reuben Kolb de Alabama, ambos ricos agricultores, con el primero de ellos que será expresión de los grupos populistas más radicales. Al margen, a pesar de sus duros ataques al Partido Demócrata como representante de los monopolios y los mayores intereses económicos del país, los dos regresarán a este partido después del fracaso de la experiencia populista. De cualquier manera, a pesar de las contradicciones y de las hibridaciones con la política local expresión de multiplicidad de intereses no necesariamente convergentes, el asociacionismo de los granjeros produce entre ellos una nueva conciencia de su identidad colectiva, un espíritu de empresa y, en síntesis, una cultura que se desarrollará con decisión desde fines de los años 80 hasta fijar el ámbito discursivo y la visión programática del populismo estadounidense.

Dejando a un lado la visión conspirativa que a menudo surgía en campo populista acerca de sus enemigos designados, las bêtes noires del populismo eran los monopolios industriales, los bancos, las empresas comercializadoras y las compañías ferrocarrileras. Los primeros porque eran la expresión de un nuevo, arrogante y de poder ilimitado, capitalismo industrial y urbano que marginaba cada vez más un pequeño agricultor que consideraba a sí mismo como la expresión de un mito de fundación de la nación entre Thomas Jefferson y Andrew Jackson. Bancos, comercializadoras y compañías de ferrocarril porque encarnaban los altos costos del crédito y del transporte que orillaban muchos granjeros a la ruina y a la pérdida de sus tierras. Más allá del maniqueísmo, en el denuesto de los monopolios había la percepción de que su misma existencia era el producto de concesiones, permisos y subsidios madurados al interior de una maquinaria política opaca y corrupta. Y no sería fácil negar que entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo sucesivo la corrupción política no fuera un factor determinante en la vida económica de Estados Unidos.[32] A pesar de lo cual, había en la visión del universo campesino pre-populista (y después) una condena moral que dejaba entrever la idealización de un capitalismo popular de pequeños productores, cooperativas y acción estatal de apoyo sobre todo en sectores estratégicos (como transporte y finanzas). Una visión capitalista basada en la preeminencia de la agricultura tanto como sector económico que como depósito primitivo y permanente del verdadero espíritu americano frente a una sociedad de masas construida sobre universos urbanos anónimos y grandes concentraciones industriales. Huelga subrayar el común rasgo de utopía nostálgica que acomuna los populismos ruso y americano. Con la diferencia que los primeros idealizaban un mundo precapitalista y los segundos, un capitalismo originario capaz de volver compatibles razones de competencia y motivaciones éticas.[33]        

Pero ¿de qué condiciones concretas de vida rural vino esta visión de un capitalismo, digamos así, popular-campesino? Sobre todo, en el sur, en una situación de política monetaria restrictiva y la virtual ausencia de bancos, el crédito rural provenía de casas comerciales locales que anticipaban a los cultivadores, normalmente con altas tasas de interés, las semillas, aperos de labranza y bienes de consumo familiar que serían pagados posteriormente con la venta a las mismas casas de las cosechas. Este sistema de anticipos con garantías sobre la futura cosecha escondía en realidad un sistema usurero (a veces administrado por los mayores terratenientes locales) que mantenía a los granjeros entre deudas y el riesgo constante de la venta en subasta de sus tierras.

En 1892 un editor lamentaba que los embargos por deudas se habían vuelto epidémicos en Georgia junto con las ejecuciones hipotecarias … Las puertas de los juzgados de condado estaban cubiertas de anuncios de ventas ordenadas por el sheriff y las ventas en subasta eran desgarradoras para los yeomen [pequeños propietarios] desposeídos.[34]    

Escapar de este sistema que mantenía a los pequeños propietarios en vilo y al borde de perder su precario modo de subsistencia produjo, cuando menos inicialmente, el éxito de las alianzas de granjeros y la sucesiva creación de cooperativas rurales en el intento de sortear a los mercaderes-usureros locales que compraban las cosechas en los momentos en que los agricultores estaban más apurados por hacer frente a sus deudas con los mismos. Sin embargo, las cooperativas tuvieron que hacer frente al boicot de comerciantes, almacenistas, banqueros y transportistas y en la mayoría de las cosas los intentos cooperativos fallaron. De ahí que, en 1889, poco antes de la creación del Partido del Pueblo, un exponente de punta de la Alianza de granjeros sureños, Charles W. Macune, propusiera el proyecto que en los años siguientes será una bandera del movimiento populista: el esquema de las sub-tesorerías que, de materializarse, habría permitido a los granjeros evitar a los mercaderes locales y dotarse de una liquidez propia capaz de obviar la política monetaria restrictiva de las autoridades federales. El mecanismo, que retomaba un esquema en vigor en Virginia en el siglo XVII acerca de los productores de tabaco, suponía la creación de parte del Estado de depósitos locales para las principales cosechas no perecederas cuyos responsables, además de tasar la calidad de las entregas de los diferentes granjeros, habrían emitido a su favor títulos de depósito comercializables con una baja tasa de interés. En un plazo de un año los productos almacenados deberían ser vendidos en subasta obviando las ventas en periodos de cosecha cuando los precios estaban castigados. De esta forma podrían haberse resuelto los problemas del crédito usurero y la escasa disponibilidad de liquidez asociada a las políticas monetarias restrictivas. Y, de paso, a través de este mecanismo habría podido darse algún aliento a cooperativas que atravesaban dificultades de varia entidad. Además de ser dirigente de la Alianza del sur, Macune era miembro del Partido Demócrata y, dicho de paso, la reluctancia de este partido a aceptar el plan de las sub-tesorerías fue una de las razones por las que terminó por crearse el Partido del Pueblo a comienzos de los 90.

Antes de abordar el tema de la formación, la corta vida y el ocaso del Partido del Pueblo y del movimiento populista que, desde ahí tomaría su nombre, hay otros dos aspectos que merecen ser mencionados acerca de los granjeros organizados antes de que se transformaran en un movimiento explícitamente partidista. Aspectos que muestran la vitalidad social y cultural del movimiento. El primero de ellos, inaugurado en Texas en los años 80, es el de las conferencias itinerantes de dirigentes y predicadores de la Alianzas del occidente y del sur que, recorriendo el territorio, se vuelven animadores, agentes de reclutamiento y promotores y difusores de pequeñas revistas locales en que los granjeros tienen la oportunidad de hacer circular sus opiniones y las noticias de su interés generadas a nivel local o nacional.[35] Las conferencias itinerantes reúnen los granjeros de las zonas más pobres en alguna iglesia o cruce de caminos y contribuyen al desarrollo de su identidad colectiva además de dar aliento y confianza en sus iniciativas. El otro instrumento de movilización y aculturación es el de las reuniones campiranas que, en verano, después de las cosechas, reúnen granjeros a veces procedentes de diversos condados en campamentos en los que participan las familias y en que se debate, se hace música y se baila, se escuchan discursos (a menudo de predicadores protestantes), se hacen circular experiencias y se consolidan los nexos interfamiliares alrededor de parrilladas. A veces los participantes llegan en sus carretas y otras en trenes entre banderas y canticos. En ocasiones se juntan hasta veinte mil personas en estas reuniones que cumplen una función de autoeducación y de aliento a la acción colectiva.[36] Es en esa ola de iniciativas que desde fines de la década de los 80 comienza a abrirse paso la idea de crear un partido independiente.

Probablemente el impulso determinante del salto del movimiento aliancista a la política ocurre a fines de la década con el rechazo de parte del Partido Demócrata a hacer suyas reivindicaciones como el proyecto de las sub-tesorerías. La de formar un partido independiente era una decisión espinosa dados los nexos antiguos del mundo rural con este partido. En un contexto de no acceso al crédito (y persistente fragilidad financiera de las granjas familiares) y de crisis de las experiencias cooperativas, en la convención de Ocala (Florida) de la Alianza sureña a fines de 1890 se anuncia el proyecto de formar un partido independiente. La idea es agrupar alrededor de la Alianza de granjeros varias organizaciones de trabajadores asalariados y corrientes de opinión que puedan sostener un nuevo partido, como los Caballeros del Trabajo, las organizaciones prohibicionistas, núcleos feministas, etcétera. Los Caballeros del Trabajo que agrupaban todo tipo de trabajadores (con la exclusión explícita de abogados, banqueros y jugadores profesionales) era una organización de bajo grado de control central que, después de cierto auge previo, comenzó su acelerada decadencia en la segunda mitad de los años 80, mientras multiplicaba su peso la American Federation of Labor (AFL) más centrada en gremios de asalariados con cierto grado de especialización y específicas reivindicaciones salariales y de reducción de la jornada de trabajo a ocho horas. Entre los Caballeros del Trabajo y la Alianza de granjeros había en común una visión del futuro basada en cooperativas de trabajadores que deberían haber controlado la economía. Una idea en que parecían mezclarse la tradición jeffersoniana con las visiones del anarquismo europeo. En algunos casos los granjeros sostuvieron financieramente las huelgas de los Caballeros contra las compañías de ferrocarril, un adversario común.

En 1892 no todos los aliancistas aceptaron la idea de formar un partido independiente y abandonar el Partido Demócrata y varios lo hicieron con reluctancia teniendo que escoger entre una antigua lealtad demócrata y la solidaridad con compañeros de condición social y de vida rural que se aprestaban a construir una nueva identidad política. En la convención nacional de Omaha (Nebraska), con la presencia de 1,300 delegados, nace el Partido del Pueblo que presenta en su plataforma demandas como las sub-tesorerías, la creación de bancos postales, la superación del patrón oro con la monetización de la plata y la propiedad pública de los ferrocarriles.[37] En las elecciones de ese año la formula populista obtuvo casi el 9% de los votos populares, ganó tres gobiernos estatales y algunas curules de senadores y congresistas.[38]  A pesar de este relativo éxito inicial, se habían puesto en movimiento procesos destinados a socavar en el futuro cercano la consistencia de la apuesta política del nuevo partido. Más allá del hecho que la nueva militancia en el partido restaba fuerza al compromiso en la Alianza, en esta última el mayor factor de fuerza era la homogeneidad social de los miembros mientras el potencial electoral del partido requería obviamente una capacidad de penetrar en distintos estratos sociales.[39] Se activaba así un conflicto silencioso entre un movimiento social con más de una década de historia y el nuevo partido.

La lógica electoral terminó por ser fatal al populismo cuando en 1896 el partido, no sin un fuerte debate interno, terminó por aliarse con el Partido Demócrata que en ese año indicó como su candidato a un congresista de Nebraska, William Jennings Bryan, que se presentó a la convención de su partido con propuestas radicales como la monetización de la plata (lo que habría permitido aumentar considerablemente la base monetaria e impulsar los precios al alza) y la regulación pública de bancos y ferrocarriles. Bryan era un gran orador popular que en la convención demócrata pronunció su más famoso discurso de la Cruz de oro con los tonos mesiánicos de un predicador.[40] En polémica contra el presidente republicano y los sectores más conservadores de su propio partido, que defendían el apego irrestricto al patrón oro y a la estabilidad monetaria, el tono del discurso de Bryan queda sintetizado en lo siguiente: “No impondréis esta corona de espinas en la frente de los obreros, no inmolaréis a la humanidad en una cruz de oro”, lo que desencadenó un delirio de aplausos. Los delegados del oeste y del sur lo impondrán como candidato demócrata a la presidencia en las elecciones de 1896 y el Partido del Pueblo, en una opción conocida como la “fusión”, lo asumirán también como su candidato. Era una decisión probablemente obligada del punto de vista electoral que, sin embargo, marcó el fin de la aventura política populista. El abrazo con el partido Demócrata resultó ser fatal para las ambiciones independientes del populismo. Durante la campaña el tema de la plata y el bimetalismo ofuscó las otras demandas sociales del populismo y finalmente, si bien por un estrecho margen de voto popular, 48 millones contra 51 millones, el candidato republicano McKinley ganó en unas elecciones en que los sectores más conservadores del partido demócrata votaron en contra de su propio candidato o se abstuvieron. Sin considerar los trabajadores inmigrantes de Europa meridional que miraban con cierta desconfianza el tono encendido de la propaganda protestante de Bryan. La aventura, con débiles secuelas en los años siguientes, había terminado. La fusión había sido probablemente inevitable para buscar alguna relevancia electoral, pero fue fatal para conservar el sentido de una empresa popular independiente.       

Sin embargo, es posible conjeturar que el populismo había agotado su impulso propulsivo debido a límites internos, contradicciones y circunstancias adversas que, de cualquier manera, habrían presentado su cuenta en poco tiempo. El movimiento de los granjeros (la única base social fuerte del populismo, aunque fuera sólo en el sur y en el oeste) nunca pudo conquistar las simpatías de los grupos obreros en rápida expansión en las industrias del nordeste, donde los inmigrados (en gran número católicos) no podían ser atrapados por el nativismo americano de los granjeros y menos aún por su religiosidad militante. Por otra parte, la población urbana de distintas partes del país no podía sino mirar con recelo demandas populistas a favor del aumento de los precios agrícolas y contra los monopolios que habrían aumentados sus costos de subsistencia además de hacer peligrar los márgenes de prosperidad asociados a la expansión de los intereses de aquello mismos monopolios que los granjeros veían como un enemigo directo. Sin considerar que, con el ocaso de los Caballeros del Trabajo, los nuevos dirigentes sindicales (Samuel Gompers o Daniel De León), si bien por razones distintas, alimentaban poca simpatía hacia los granjeros.[41]                 

Pero, además de estos límites externos había también límites internos al desarrollo del populismo. Menciones dos. La cuestión de la integración de la población negra era un tema evidentemente importante sobre todo en el sur del país (bastante menos en el oeste). Y sobre este aspecto las orientaciones de los granjeros, a pesar de una difundida cultura discriminatoria (incluso pequeños propietarios del sur antes de la Guerra Civil habían sido dueños de esclavos), habían sido inicialmente positivas. Sin embargo, con los ataques de los demócratas, que usaban el tema racial para erosionar la unidad de los populistas, estos últimos terminaron por retroceder en el desarrollo de una organización de granjeros racialmente integrada.[42] El otro punto débil de la organización de los granjeros era que varias de sus demandas básicas (como de las sub-tesorerías) no podían atraer el interés de una parte consistente del universo rural constituida por asalariados, aparceros y arrendatarios. Y estos últimos, por cierto, aumentaron su peso relativo sobre los pequeños propietarios hacia fines del siglo XIX. Pero el coup de grâce vendría de un hecho impredecible: la recuperación del desarrollo económico que cierra el ciclo de crisis iniciado en 1893. En efecto, desde 1898 el fuerte crecimiento de la economía trae consigo mayor consumo urbano y la interrupción de la tendencia a la baja de los precios agrícolas que había prevalecido durante las tres décadas anteriores. El país entra en una nueva fase de prosperidad que mejora considerablemente las condiciones sociales en el campo tanto por los precios de los productos en aumento como por las nuevas oportunidades de empleo urbano para los jóvenes.[43]    

Desde fines del siglo comienza un ciclo que se conocerá como la Edad progresiva, de la que el primer representante en la presidencia será Theodore Roosevelt, un conservador que, sin embargo, fortalece la posición relativa del Estado frente a los grandes intereses económico y apoya el desarrollo de importantes iniciativas a favor de la agricultura. El desarrollo industrial deja sus previos rasgos caóticos y se encuadra en un sistema más ordenado de regulaciones públicas. El Departamento Federal de Agricultura (recién creado) multiplica varias veces y en pocos años su presupuesto, aumentan las ayudas a los granjeros y en 1916 se aprueba incluso una ley de depósitos y créditos rurales que se parece (si bien en versión privada) a la vieja propuesta populista de las sub-tesorerías. Un observador sostiene en forma descarnada: el populismo había tenido más éxito después de muerto que en vida.[44]  

 Para algunos, los populistas fueron los últimos reformadores que demandaban una reorganización democrática de la sociedad industrial.[45] Y su derrota imprimiría su sello al desarrollo posterior del capitalismo en Estados Unidos. Tal vez sea eso cierto, pero también lo es que ese intento reformador no nació en el centro de la nueva organización industrial, no nació en el cuerpo de una clase obrera que transitaba de las profesiones artesanales a la nueva condición industrial, sino en los márgenes rurales de una sociedad americana en profunda transformación. En ese sentido, tiene razón Charles Postel señalando la contradicción entre una demanda democrática que, sin embargo, avanzaba contracorriente de un impetuoso progreso industrial. Los populistas de Estados Unidos encarnaron de alguna forma y en modo inconsciente este contraste entre democracia y progreso. En este sentido su derrota podía considerarse inevitable.               


[1]. Isaiah Berlin,  Pensadores rusos (1978), FCE, México 2008 (1979), p. 366 y James P. Scanlan, “Populism as a Philosophical Movement in Nineteenth Century Russia: The Though of P. L. Lavrov and N. K. Mikhailovskij”, Studies in Soviet Though, vol. 27, n. 3, 1984, que considera, en una forma sugerente y tal vez reductiva, el populismo como una combinación de positivismo y moralismo social p. 209.

[2]. V. G. D. H. Cole, Historia del pensamiento socialista (1956), tomo III, FCE. México 1974, donde se sostiene que el populismo era revolucionario por fuerza en parte porque no existía en Rusia otra forma para pensar un camino al socialismo y en parte porque dadas, las condiciones políticas de una autocracia, un populista corría el riesgo “de ser tratado como un revolucionario y de convertirse en revolucionario incluso en contra de su voluntad”, pp. 365-366.

[3]. V. Vera Tolz, Inventing the Nation. Russia, Arnold, Londres 2001, p. 77.

[4]. I. Berlin, Ibidem.

[5]. E. Wilson, Ventana a Rusia (1972), FCE, México 2013, p. 342. En 1842 salió publicado por primera vez Almas muertas, la novela de Gogol que representaba con ironía la administración pública rusa. Ahí se describía un edificio público: “Tres plantas construidas de ladrillo, todo él blanco como la tiza, sin duda alguna para representar la pureza de las almas que en él se cobijaban”.

[6]. AA. VV. (Selección de Olga Novikova), Rusia y Occidente, Editorial Tecnos, Madrid 1997, p. 22.

[7] Cfr. Leonid Heller, Michel Niqueux, Histoire de l’utopie en Russie, Press Universitaire de France, París 1995, p. 127.

[8]. Iván S. Turguéniev, Páginas autobiográficas, Alba Editorial, Barcelona 2000, p. 115.

[9]. Aleksander I. Herzen, Pasado y pensamientos (selección y estudio preliminar de Olga Novikova), Editorial Tecnos, Madrid 1994, p. 223-224.

[10]. Sobre la relación inicialmente muy cercana y después distante entre dos protagonistas intelectuales de la época, Belinski y Bakunin, v.  John Randolph, The House in the Garden. The Bakunin Family and the Romance of Russian Idealism, Cornell Un. Press 2007, pp. 254-263.

[11]. L’empire des tsars et les russe (1881-82), Robert Laffont, París 1990, pp. 139-140.

[12]. Alexander Gerschenkron, “Franco Venturi on Russian Capitalism”, The American Historical Review, vol. 78, n. 4, 1973, p. 973. ¿Por qué “trágica rendicsión“? Porque ponía al orden del día una ruta socialista y revolucionaria haciendo de lado un desarrollo democrático que, en cambio, habría puesto en el centro la necesidad de un frente anti-zarista con amplias alianzas sociales proyectada a concretos desarrollos tanto económicos como de democracia liberal.    

[13]. Cfr. Alberto Masoero, “Dal ‘Popolo’ alla ‘Folla’: N. K. Michajlovskij tra populismo e psicologia sociale”, Studi Storici, Anno 27, n. 2, 1986, pp. 448-452 y James P. Scanlan, “Populism as a Philosophical Movement in Nineteenth Century Russia: The Though of P. L. Lavrov and N. K. Mikhailovskij”, Studies in Soviet Though, vol. 27, n. 3, 1984, pp. 215-216.

[14]. I. Berlin, op. cit., pp. 406-407.

[15]. V.  Eric R. Wolf, Las luchas campesinas del siglo XX (1969), Siglo XXI Editores, México 1974, pp. 108s. 

[16]. V. Franco Venturi, El populismo ruso (1952-72), tomo I, Revista de Occidente, Madrid 1975, pp. 450-451. Mencionemos una frase de Serno-Solovevich en referencia a la realización de la reforma de 1861: “De toda la inmensa maquinaria estatal, casi ni un tornillo resultó eficiente”, Ibidem.

[17]. V.  Larissa Zakharova, “Autocracy and the reforms of 1861-1874 in Russia” en Ben Eklof, John Bushnell y Larissa Zakharova (Eds.), Russia´s Great Reforms, 1855-1881, Indiana Un. Press 1994, pp. 29s.

[18]. Op. cit, p. 824 y Richard Pipes, Russia under the Old Regime, Weidenfeld and Nicolson, Londres 1974, p. 263.

[19]. V. Martin A. Miller, “Ideological Conflicts in Russian Populism: The Revolutionary Manifestoes of the Chaikovsky Circle, 1869-1874”, Slavic Review, vol. 29, n. 1, 1970, pp. 9-14.

[20]. V.  Valentina Aleksandrovna Tvardovskaia, El populismo ruso (1969), Siglo XXI Editores, México 1978, p. 210.

[21]. V.  F. Venturi, Op. cit. pp. 65-69, Heller-Niquex, op. cit., p. 139 y Philip Pomper, Peter Lavrov and the Russian Revolutionary Movement, The University of Chicago Press 1972, p. 97.   

[22]. V. Stuart Ramsay Tompkins, The Russian Intellighentsia. Makers of the revolutionary State (1957), Greenwood Press, Westport 1976, p. 102. Este A. desarrolla interesantes observaciones acerca de la irreconciliabilidad entre zarismo e intelectualidad, identificada con un radicalismo moral, que terminaron por hacer inevitable un camino revolucionario post-populista, v. pp. 232s.

[23]. En una carta de 1881 de Vera Zasulich a Marx, la antigua militante populista le preguntaba si, en una perspectiva de tránsito al socialismo, en Rusia había que esperar la consolidación histórica del capitalismo o si era posible saltar esa fase basándose sobre las tradiciones comunitarias rurales. La respuesta de Marx fue ambigua, y en contraste con toda su elaboración previa: en Rusia era posible saltar la fase capitalista si la revolución en ese país hubiera favorecido un proceso revolucionario en los países de Europa occidental que pudieran sostener el desarrollo del socialismo en Rusia, v. Marx y Engels, Escritos sobre Rusia, II. El porvenir de la comuna rusa, Siglo XXI Ed., México 1980, p. 21s (con introducción de D. Riazanov, un erudito bolchevique que sería fusilado en una purga estaliniana de 1938). Y de esta manera, al final de su vida, cuando menos acerca de Rusia, era más importante para Marx el componente revolucionario de su pensamiento que sus adquisiciones como estudioso de la historia. Menos propenso al entusiasmo revolucionario, Engels, en una carta a Plejanov de 1895, afirmaba que, en una tierra como Rusia, con pocas industrias y una sólida autocracia, no era asombroso el desarrollo de ideas “inverosímiles y extraordinarias”, v. F. Venturi, op. cit., p. 35.      

[24]. Cfr. Hugo Seton-Watson, La decadencia de la Rusia imperial, 1855-1914 (1952), Editorial Guaranía, México 1955, p. 173.

[25]. Andrzei Walicki, Populismo y marxismo en Rusia (1969), Ed. Estela, Barcelona 1971, p. 130.

[26]. V. R. Pipes, op. cit., p. 336.

[27]. No es muy asombroso que décadas después, la visión leninista del populismo como expresión de los intereses de las clases medias rurales fuera conservada en la URSS como una verdad canónica, v. V. Khoros, Populism: its Past, Present and Future, Progress Publishers, Moscú 1980, p. 27 y 142. 

[28]. A pesar de lo cual un estudioso habla del populismo en su país como una “remarcable empresa intelectual” refiriéndose, sin embargo, a la asistencia a las bibliotecas, a la prensa local populista y a la extendida literatura generada por el movimiento. Lo que hace pensar más a una difusión social del debate que a logros intelectuales en sentido estricto, v. Charles Postel, The Populist Vision, Oxford Un. Press 2007, p. 4.

[29]. William F. Holmes, “Populism: in Search of Context”, Agricultural History, vol. 64, n. 4, 1990, p. 37 y Steven Hahn, The Roots of Southern Populism. Yeoman Farmers and the Transformation of the Georgia Upcountry, 1850-1890, Oxford Un. Press, Nueva York 1984, pp. 7-9 y 270-271.

[30]. V. Robert C. McMath Jr., American Populism. A Social History, 1877-1898, The Noonday Press, Nueva York 1993, pp. 6-7 y Jason S. Maloy, “Real Utopian in a Gilded Age: The Case of American Populism”, Political Science, vol. 34, n. 3, 2012, p. 373.

[31]. “Un movimiento de granjeros no dirigido por granjeros” se dirá, con tal vez excesiva contundencia, en el estudio clásico de Richard Hofstadter, The Age of Reform, Vintage Books, Nueva York 1955, p. 73. 

[32]. V. Stephen Skowronek, Building a New American State: The Expansion of National Administrative Capacities, 1877-1920 (1982), Cambridge Un. Press 1995, p. 165s, Alan Brinkley, Historia de Estados Unidos (1992), McGraw-Hill, México 1996, pp. 406-407 y R. Hofstadter, The Age, op. cit., pp. 131s.

[33]. Lo que encuentra un reflejo moderno en Norman Pollack, The Humane Economy. Populism, Capitalism, and Democracy, Rutgers Un. Press 1990, pp. 61-69 en la hipótesis de la viabilidad (finalmente derrotada) de una modernización desde abajo.

[34]. Barton C. Shaw, The Wool-Hat Boys. Georgia’s Populist Party, Louisiana State University Press 1984, p. 15. 

[35].  C. Vann Woodward, Origins of the New South, 1877-1913, Louisiana State University Press 1971, p. 248.

[36]. V.  Lawrence Goodwin, The Populist Movement. A Short History of the Agrarian Revolt in America, Oxford University Press 1978, pp. 33-34.  

[37]. R. McMath, Op. cit., p. 167.

[38]. V. A. Brinkley, Op. cit., p. 428.

[39]. Kent Redding, “Failed Populism: Movement-Party Disjuncture in North Carolina, 1890 to 1900”, American Sociological Review, vol. 57, n. 3, 1992, pp. 349-350.

[40]. V. Richard Hofstadter, Tradición política americana (1964), Seix Barral, Barcelona 1969, p. 231s. 

[41]. Donald B. Marti, “Answering the Agrarian Question: Socialists, Farmers, and Algie Martin Simons”, Agricultural History, vol. 65, n. 3, 1991, pp. 55-56.

[42]. V.  S. Hahn, Op. cit., p. 284s.

[43]. Sheldon Hackney, Populism to Progressivism in Alanama, Princeton University Press 1969, pp. 108-117.

[44]. Ch. Postel, op. cit., p. 271 y R. Hofstadter, op. cit., pp. 113-122.

[45]. L. Goodwin, op. cit., p. 292.

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