Un delirio normalizado

2 enero, 2019

Hubo un tiempo cuando entre líderes extravagantes, instituciones inconsistentes y ceremonias públicas pomposas, el subdesarrollo parecía un lugar donde lo peor siempre estaba a punto de traspasar nuevas fronteras. Ya no es así. ¿Acaso Trump, Babis u Orbán (Estados Unidos, República Checa y Hungría) son menos deplorablemente folklóricos que Ortega, Maduro o Duterte (Nicaragua, Venezuela y Filipinas)? En demasiadas partes del mundo las diferencias entre “desarrollo” y “subdesarrollo” se acortan a ojos vista, cuando menos en los territorios de la política. El patriotismo, entendido como derecho exclusivo a las propias, exclusivas, barbaridades de parte del gobernante en turno, se vuelve escudo sagrado para una mezcla variable de fervor y obtusidad. Difícil saber si es la locura colectiva la que alimenta a los Calígula contemporáneos o si son las personalidades disturbadas las que contagian a sociedades tan envueltas en su malestar que aceptan cualquier pócima como cura milagrosa.

De cualquier manera, vuelve a confirmarse lo que decía el viejo Samuel Johnson: el patriotismo es el último refugio de los canallas. En sus distintas versiones (liberales o autoritarias), el circo está otra vez de gira mundial entre riesgosas bufonadas y calurosos aplausos.    

¿Dónde estamos nosotros en este escenario de lo malo que se empecina en descender sucesivos peldaños hacia lo peor? México ha sido y sigue siendo parte del folklor universal del subdesarrollo. Un régimen revolucionario con una corrupción asombrosa, dirigentes sindicales multimillonarios vitoreados por las masas empobrecidas de sus afiliados, una segmentación social entre las más agudas del mundo en medio de proclamas de justicia social. Y así, por generaciones, sin misericordia y sin discontinuidad. Y si nos acercamos en el tiempo, damos con un joven presidente que, en nombre de la renovación, designa gobernadores que se revelarán un enjambre de saqueadores de recursos públicos. Mismo presidente que asiste impávido a la caída del país en el salvajismo criminal entre instituciones en descomposición que no puede reformar sin correr el riesgo de afectar costumbres clientelares, zonas opacas de poder y las redes enmarañadas de un vetusto sistema de gobierno hecho de complicidades cruzadas. El Señor presidente se dedicó a lo suyo: garantizar la estabilidad del sistema de poder que lo llevó a la cumbre. Las consecuencias para la vida de los mexicanos en términos de dolor, angustia, pobreza material y cultural obviamente no eran relevantes para él salvo donde pudieran afectar los equilibrios del régimen. Sólo nos faltó nombrar algún caballo en el Senado para que Suetonio se convirtiera en nuestro cronista.

Quedémonos un instante en el folklor del subdesarrollo mexicano que, recordando a Jorge Ibargüengoitia, llega hasta el presente. Un dirigente minero, acusado de haber sustraído a su sindicato algo así como 50 millones de dólares, que llega en una camioneta de lujo blindada rodeado por mineros que lo vitorean como un redentor cuando toma posesión como senador. Una dirigente magisterial con riquezas descomunales que declara haberlas recibido en herencia de su madre, que era maestra rural. Un ex gobernador de Veracruz que asistió sin inmutarse al asesinato de periodistas y al deterioro vertical de la calidad de la existencia de sus conciudadanos sin desviarse de su tarea sustantiva que era saquear, como un monarca impune, a su propio estado y que ahora, frente a los reflectores, exhibe una sonrisa de oreja a oreja. Sería consolatorio poder hablar de personalidades disturbadas (aunque no pueda excluirse un componente sociópata), pero, para nuestro infortunio, estamos hablando de un sistema político que en la cumbre de su maduración produce y reproduce sin descanso dirigentes políticos y sindicales capaces de las peores impudicias con una seráfica tranquilidad de espíritu. Una especie inédita de Al Capone budistas; ladrones sin el menor sentido de culpa. Habría que enmarcar estos tipos antropológicos y exponerlos al mundo pidiendo la ayuda de la comunidad científica internacional para entender cómo fueron posibles en estas tierras tan nacionalistas y tan revolucionarias.

Pero si estos personajes surreales son, como son, sólo la punta del iceberg, ¿cómo estarán las cosas en la base gigantesca que se esconde debajo del pelo del agua? ¿Qué clase de cultura cívica tendrán miles y miles de funcionarios y empleados públicos, empresarios privados y sepa Dios cuántos otros individuos aparentemente irreprensibles, capaces de hacer un daño menos visible pero más difuso y normalizado a la convivencia colectiva? Suponer que estamos en una realidad de instituciones enfermas y una sociedad sana es una simplificación sedativa destinada a banalizar la complejidad de las tareas que este país necesita enfrentar para abrirse paso a un futuro diferente.          

Hay un elemento de satisfacción. El vientre fecundo que alimentó y protegió a generaciones de malhechores patrióticos (entre uno que otro funcionario honesto y responsable), el PRI, ha sido derrotado. Pero sería prudente evitar un excesivo entusiasmo. El Partido ya fue batido otras dos veces en lo que va del siglo y, sin embargo, resurgió. Las campanas al vuelo podrían ser prematuras. El riesgo de una nueva resurrección viene ahora de otro lado: de la metamorfosis de una vetusta cultura antidemocrática, basada en impunidad e hipocresía patriotera, que puede asumir nuevas formas políticas. Recordaré dos versos de la poesía de un importante populista ruso de fines del siglo antepasado (Piotr Lavrov): “Renunciamos al viejo mundo/Sacudimos su polvo de nuestros pies”. Este es el punto: ¿sacudimos de nuestros pies el polvo del viejo mundo? En las últimas elecciones, el electorado se emancipó mayoritariamente del PRI como partido dominante. ¿Se emancipó también del PRI como cultura política? Las razones de la duda son evidentes. El personaje que condujo hacia la derrota política del PRI es un viejo priísta. Y ciertas formas de hacer política y de mirar a la sociedad son tenaces. Las culturas políticas no cambian tan rápidamente como las siglas partidistas.

Sin embargo, este país no tiene tiempo para esperar cambios pausados. Con una criminalidad organizada que controla extendidas zonas del territorio, que penetra la justicia, la policía y la política, y más de ochenta asesinatos cada día, lo que menos tenemos es tiempo antes de que estos estragos se vuelvan un asunto encargado a los siglos venideros para su solución. Desde hace algunas décadas el tiempo opera a favor de la fragmentación y descomposición, tanto de la sociedad como de las instituciones mexicanas. ¿Cómo se revierte esta tendencia? ¿Cómo se sale de este laberinto poblado por delincuentes armados y malhechores patrióticos que emponzoñan la existencia colectiva reduciéndola a una opereta surreal mientras se condena a los pobres de este país a seguir siéndolo por generaciones y generaciones? Pobres, muchos de los cuales, para echarnos en el más sombrío desconsuelo, se muestran cíclicamente entusiastas con sus opresores. Los mineros con banderolas que aclaman a su dirigente sindical millonario que viaja en camionetas de lujo es sólo una brizna de mortificación nacional pero es medida de nuestro retardo civil y social.     

¿Cómo se cambian al mismo tiempo las instituciones y la cultura que las hizo posibles y las toleró? ¿Cómo se rompe ese perverso circuito de retroalimentación entre pobreza, ignorancia, manipulación y cinismo del poder? Este escribidor no tiene respuestas pero se supone que quien prometió la Cuarta Transformación de México sí las tiene. No queda más que esperar que así sea. Si, como siempre, las promesas  quedaran revoloteando en el aire como una mala conciencia sancionada por la costumbre, sólo habremos perdido otro sexenio. Nada grave, a final de cuentas, para fines del próximo ciclo sexenal, si las cosas siguen como ahora, habremos acumulado sólo algo así como 180 mil nuevos asesinados. Además de la mitad de la población en pobreza. Pero, ¿acaso, no estamos acostumbrados?

Publicado en México