Sueños y pesadillas de la historia

18 mayo, 2020

A veces la historia duerme sueños profundos para despertarse de pronto y volverse a dormir poco después. En 1991, con la caída de la URSS parecía abrirse un nuevo ciclo de la historia rusa. Fue un fuego fatuo que se disolvió pronto con Putin encargado de restablecer la continuidad de una tradición nacional sembrada de autócratas. En China, tiempo después de la muerte de Mao, se introduce el límite de dos mandatos en la presidencia pero ya en 2018 es eliminada la restricción abriendo las puertas a una reelección indefinida del presidente Xi Jinping. Vuelve a asomarse la tradición imperial sólo transitoriamente interrumpida. Repitámoslo: a veces la historia se despierta anunciando un tiempo nuevo que se disuelve después en la corriente subterránea de la tradición.

Pero hablemos de nosotros. América Latina es el continente de la locura sistémica, de instituciones endebles que periódicamente producen personajes desconcertantes capaces de disfrazar lo más vetusto con ropajes flamantes. En ocasiones se abre una rendija que aviva la esperanza y acto seguido el resquicio se cierre con un sonoro portazo en la cara de aquellos que creían vislumbrar nuevos horizontes. Una vieja historia entre variedad de formas y colores. Limitémonos al último puñado de décadas. Con Jacobo Arbenz, Guatemala parecía encaminarse por un nuevo rumbo, y lo más arcaico se coaligó para devolver el país en la ciénaga de caudillos militares, terratenientes y demás miserias ennoblecidas por la tradición. Más al sur, en medio de hostigamiento interno e internacional y algunos errores propios, Allende, en Chile, abrió nuevas perspectivas que se cerraron brutalmente con el inevitable general de gafas oscuras surgido de la antigua reserva de salvajismo de la historia nacional. Algún tiempo después, con Cardoso, Lula y Rousseff, Brasil parecía encaminarse por un rumbo prometedor y de pronto, como un rayo que cruza un cielo despejado, como un escupitajo de los dioses, llega a la presidencia Jair Bolsonaro, un espécimen indefinible capaz de hacer parecer hasta las fuerzas armadas brasileñas (con un pasado infamante) como una institución respetablemente democrática. De Argentina es apenas el caso de recordar el retorno de Perón después de 18 años de exilio que termina con otro golpe que será, probablemente, el más sangriento de la historia del continente. Y terminada la orgía de barbarie institucional, el país vuelve a gobiernos peronistas provectos navegantes entre clientelas, corrupción y demagogia. Bolivia también abrió una rendija en 2006 con Evo Morales que, para ser consistente con la tradición hemisférica, él también quiso eternizarse en el poder, con el resultado de hacer re-aflorar una cultura arraigada de marginación indígena y racismo ancestral. Evidentemente, la ilusión de un futuro mejor se paga a caro precio por nuestros rumbos.

¿Y México? México es un discurso aparte: un tobogán donde esperanzas y frustraciones se suceden y entreveran sin solución de continuidad. Ese país ha convertido el ciclo de la esperanza que renace de sus cenizas para volver a desbaratarse en un gobierno de ritos secretos y en una cultura nacional sólo a palabras solidaria. Cada nuevo presidente es un semidiós pro tempore que, acercándose al final de su mandato, habiendo beneficiado su corte de allegados, perderá brillo frente al empuje de muchos otros postulantes deseosos de ver cumplidas sus ambiciones y, con ellas, su derecho democrático al enriquecimiento y a la intocabilidad. Los quince minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol o, en versión mexica, un sexenio de poder indiscutible. La Revolución tiene la obligación de hacerle justicia a todos, sexenio tras sexenio, excluyendo sólo aquellos que no tienen los engarces políticos adecuados. O sea, la casi totalidad de la población. Pero con esa sola exclusión, antes o después a todos les llegará su turno, para que se cumpla la misión democrática de la Revolución. La rueda de la fortuna no es aquí ni un accidente ni una metáfora, sino una secuencia necesaria para renovar las caras de un sistema que sigue igual a sí mismo mientras alimenta la eterna ficción del cambio.

En el 2000, con Vicente Fox, parecían abrirse nuevos horizontes pero, aparte pocos cambios, todo volvió a la tradición consolidada: un presidente poderoso con un Estado débil y una sociedad civil encogida. Ahora ha llegado el turno de López Obrador, un antiguo priísta que abandonó su casa política originaria para convertirse, de la noche a la mañana, en campeón del pueblo y hombre de izquierda con sello de autenticidad ratificado por el consenso popular. Ha pasado casi un año y medio desde la entronización del nuevo líder y es tiempo de un primer reconocimiento del terreno.

Este país tenía tres urgencias: retomar el crecimiento después de décadas de atasco económico, combatir una criminalidad que corroe los cimientos sociales e institucionales y comenzar una seria reforma de un Estado amarrado al exceso de poder del Señor Presidente. Bien, el año pasado hemos visto retroceder el PIB y aumentar la criminalidad y en lugar de una reforma del Estado que hiciera las instituciones públicas más eficaces y democráticas hemos asistido a una ocupación del poder con control pleno de parte del Presidente. Con la P inexorablemente mayúscula. La tradición sigue su marcha. Y así lo nuevo, anunciado con tonos de redención nacional, envejeció antes de madurar.

Queda una flébil esperanza: que esta plaga del coronavirus impulse un salto de consciencia que, una vez concluido este vendaval mortífero, oriente hacia cambios profundos. Naturalmente no hay certezas, pero cabe la posibilidad que se entienda –lo más pronto mejor- que eficacia institucional, transparencia, confrontación pública abierta, iniciativas económicas novedosas y una presidencia acotada se han vuelto condiciones de justicia y de progreso. Más aún, condiciones para ordenar la casa contra esta plaga, para luchar contra una vergonzosa desigualdad y prepararse para el combate contra el destrozo ambiental que amenaza la humanidad. Frente a estos retos formidables -de los cuales el coronavirus es sólo un anuncio- un presidente fuerte con un ejecutivo débil, un Estado inconsistente y carcomido por corrupción y adornado con discursos floridos son anacronismos sobrevividos de un tiempo viejo y malamente envejecido.

Este coronavirus ha desnudado, a pesar de los púdicos y engañosos velos institucionales, la ineficiencia institucional y el falso optimismo que la encubre. Hace tiempo ha llegado la hora de repensar tradiciones y remover inercias, de construir nuevos consensos reformadores, experimentar nuevas relaciones entre política, economía y sociedad. Hemos vivido a lo largo de generaciones como si hubiéramos encallado en el fin de la historia y persistimos en una aletargada rutina de opacidad palaciega que reproduce la acostumbrada sumisión cortesana de empresarios en espera de favores y contratos públicos, sindicalistas en busca de impunidad y burócratas anhelantes promociones y pequeños cotos de poder señorial.

Por varios aspectos, México parece ser un pedazo de Asia incrustado en América, o sea una realidad en que todo gira alrededor del Estado, como escribieron hace tiempo Marx y Wittfogel. Con una diferencia, que en China, Japón, Corea del sur, Singapur y otros países de Oriente, el Estado dispone de altos grados de eficacia y reconocimiento social, mientras por nuestros rumbos el papel protagónico es asumido por un

Estado de baja coherencia y consistencia interna que congrega una curiosa mezcla de desconfianza y esperanzas de dádivas públicas. Somos una sociedad asiática en el peor sentido posible: donde el Estado está en el centro de la vida social siendo un estorbo debido a sus redes de clientelas, rigideces presidencialistas, burocracias como espacios de poder arbitrario y corrupción arraigada. O sea, un mal Estado puesto en el centro de todos los juegos, donde es máximo el daño que se extiende desde sus fragilidades e inconsistencias.

Tiempo atrás alimentamos la esperanza que después del PRI comenzara un nuevo ciclo de la vida de este país, sin embargo así no fue ni con la llegada al poder de la corriente conservadora ni, ahora, con la corriente que se autoproclama de izquierda. Una izquierda, digamos de paso, primaria, de cultura corporativo-presidencialista que no cree en la división de poderes, construida culturalmente alrededor de lecturas aproximadas y de pulsiones mesiánicas. Somos, a escala latinoamericana, uno de los máximos emblemas de la esperanza que se deshace regularmente en las manos de redentores recurrentes destinados a incumplir sus promesas.

Lo que nos sitúa frente a un doble problema. En primer lugar, el desperdicio permanente de potenciales energías sociales que no terminan de activarse encerradas como están en un laberinto de corrupción, simulaciones y sumisiones interesadas. En segundo lugar, habrá que reconocer que el mundo se avecina, en las alas de esa némesis en forma de murciélago, a un tiempo de arduas decisiones para el futuro de la humanidad (de la conservación ambiental a la corrección de una insostenible polarización social, del cambio en estilos de vida y de producción a la necesidad impostergable de nuevas fuentes de energía) y si México quiere ser parte activa de las fuerzas reformadoras e innovadoras a escala mundial, de las que depende la vida de las futuras generaciones, tendrá que ir construyendo una configuración política y social más libre de decisionismos recurrentes ligados al presidente de turno, más eficaz, innovadora y equitativa. Este país necesita mirarse al espejo para reconocerse por lo que es, sin complejos de inferioridad y sin complacencias retóricas. Conócete a ti mismo decía alguien dos mil quinientos años atrás. Ha llegado el tiempo de tramitar el expediente y romper finalmente este velo de mentiras y de simulaciones democráticas que nos amarran a un pasado viscoso. Alimentar esperanzas es un acto de escapismo irresponsable si no se mete mano a una maquinaria institucional enferma y a una cultura política en eterna espera de un redentor providencial que concentra todos los poderes y esclerotiza una entera sociedad.

Publicado en México