Subdesarrollo, ayer, hoy y mañana

29 abril, 2019

La palabra subdesarrollo sugiere un estado transitorio. ¿Y si no fuera así? ¿Qué significado puede asignarse a lo transitorio cuando detrás de nosotros hay siglos de instituciones corrompidas y sociedades desgarradas y adelante no hay certeza alguna de que, en estos aspectos, las cosas cambiarán realmente en algún momento futuro? ¿Y si lo transitorio no fuera otra cosa que la renovación de una esperanza (cíclicamente frustrada) de cambios fundamentales destinados a disfrazar una profunda, insondable, impotencia colectiva?

Para dejar atrás el atraso hay una condición ineludible (aunque no sea la única): acelerar sostenidamente el propio crecimiento económico por al menos dos generaciones. Eso es lo que nos dicen varias experiencias exitosas de salida del atraso ocurridas en más de un siglo y en diferentes partes del mundo, de Suecia a Japón, de Irlanda a Corea del sur. Recortar las distancias con los países desarrollados supone crecer más rápidamente que ellos.

Veamos lo que ha ocurrido en las últimas seis décadas de historia latinoamericana. ¿Hemos crecido en ese periodo más que las economías de altos ingresos? Si usamos como indicador el PIB per cápita a precios constantes, entre 1960 y la actualidad, descubrimos que el PIB pc ha crecido en los países desarrollados en 3.6 veces mientras en América Latina lo ha hecho en 2.5 veces. En otros términos, en lugar que reducirse, las distancias de ingreso medio se han ampliado. Veamos las cosas desde otro ángulo. En 1960 el PIB pc latinoamericano era el 32% del correspondiente a los países avanzados, hoy representa menos del 23%. O sea, en lo que concierne a este subcontinente no sólo no hemos mantenido el paso con los países más desarrollados, sino que hemos perdido puntos y aumentado las distancias.      

Y si contrastamos el ingreso promedio de México y Estados Unidos el cuadro es sustancialmente el mismo: en 1960 el PIB pc mexicano constituía el 22% del estadounidense, hoy se ha contraído hasta el 18.5%. Otra vez, a pesar de promesas, cambios y meneos, en el largo plazo estamos detenidos o en retroceso relativo en lugar que recuperar distancias históricas de eficacia productiva y de bienestar social con nuestro vecino.

Esta es la cruda realidad. E, inexorablemente, viene la tención de pensar en el subdesarrollo como una fatalidad: una trabazón de circunstancias que se reproducen silenciosamente encerrando países enteros en un pasado que, aunque se renueve, sigue re-confirmándose en sus estructuras, comportamientos y valores (o disvalores). Las olas encrespadas de la realidad ocultan una profundidad subyacente que permanece inalterada y que está más allá de la visión, posibilidades o propósitos colectivos.  Una carga heredada que se reproduce a través de dos rasgos mayores: la mala calidad del Estado (entre corrupción, impotentes y recurrentes mesianismos e ineficacia sistémica) y una aguda segmentación social que trunca cualquier sentido de empresa colectiva. Cada choque que podría alterar estos equilibrios enfermos del subdesarrollo termina por ser reabsorbida por una inercia poderosa y silente. Un animal amarrado a una estaca que por cuanto corra recorriendo grandes distancias sigue moviéndose en círculo.    

¿Cómo se sale de esta maldición que se oculta detrás de una normalidad endurecida bajo capas de cambios frustrados que consolidan la impotencia? Difícil saberlo. Pero una cosa es incuestionable: la necesidad de mirarse al espejo reconociéndose por lo que se es en relación con aquellos cuyos niveles de vida y eficacia productiva se quieren reproducir, si bien en formas peculiares. A golpes de autocomplacencia o de disimulo sólo se confirma lo existente. La experiencia de varias experiencias exitosas muestra algunos rasgos comunes que podemos considerar requisitos ineludibles. Y entre ellos está sin dudas una afirmación institucional capaz de otorgar confianza a los agentes económicos y dar consistencia y credibilidad institucional a las iniciativas maduradas en el seno de la sociedad. También puede mencionarse el hecho de que no ha habido experiencia alguna de industrialización exitosa en el largo plazo sin una consolidación previa (o simultánea) de estructuras agrarias capaces de un creciente dinamismo endógeno. Sin embargo, a pesar de lo anterior, la salida del atraso sigue siendo un proceso histórico que no puede programarse en términos estrictamente racionales ya que supone una combinación exitosa entre condiciones nacionales e internacionales irrepetibles.       

Pero la condición necesaria es siempre el reconocimiento del propio atraso como un dato no-natural que puede y debe ser atacado con la agregación de fuerzas políticas y sociales capaces de romper equilibrios endurecidos. Haré dos ejemplos mexicanos de la adaptación (más o menos inconsciente) a una realidad previa que no se sabe cómo alterar.    

No se respira en México un aire de urgencia en el combate de una situación de extremada violencia que se ha abatido sobre este país desde comienzos del siglo. Se tiene la impresión de que, acostumbradas a la pasividad o al disimulo, tanto la sociedad (engarrotada en el miedo) como las instituciones (por costumbre arraigada) están metabolizando una violencia que no tiene antecedente en la historia del país. Estamos aprendiendo a convivir con una barbarie cotidiana que modifica estilos de vida, de trabajo, de movilidad en el territorio y de relaciones sociales. Pero uno escucha el presidente o los altos funcionarios de anteriores gobiernos o del actual y parecería que estamos frente a un asunto de ordinaria administración. Nadie parece despeinarse. Estamos deslizándonos, y ni tan lentamente, hacia un salvajismo que agota las fibras vitales del país y sin embargo las instituciones no parecen entender lo esencial, o sea, que el auge de la delincuencia es en gran medida el reflejo especular de la ineficacia y corrupción del propio Estado. Tanto para tener una medida de las cosas, pocos días atrás el Corriere della Sera señalaba, con el asombro comprensible, que el número de asesinatos en México en 2018 triplicaba el numero de víctimas mortales del terrorismo en todo el mundo. 29 mil contra menos de 10 mil. Ahí estamos, ni más ni menos. Sin embargo, nuestros gobernantes, en lugar que reconocer la excepcionalidad del momento y llamar a un gran acuerdo nacional de combate contra la delincuencia, se comportan como si estuviéramos frente a una normalidad apenas disturbada por episodios circunstanciales. El arte del disimulo viene de lejos y evidentemente no ha terminado su camino.       

Otro ejemplo viene de la renuncia del actual presidente a reformar el sistema educativo bajo el chantaje de ese corporativismo de los pobres representado por la CNTE. ¿Es necesario recordar que la educación es el principal instrumento de movilidad social aquí y en cualquiera otra parte del mundo? Si la educación falla en su calidad, se erige una barrera poderosa para encerrar la pobreza en sí misma. Estoy pensando en los niños y adolescentes de Oaxaca, Chiapas, Guerrero entre muchos otros, dejados en manos de un sistema educativo que clava los jóvenes de hoy (como los de ayer) a la miseria de sus padres y abuelos. Citaré ese notable texto de Albert Camus (El primer hombre) en que cuenta su infancia entre “niños ignorantes e ignorados”:

Sólo la escuela proporcionaba esas alegrías a Jacques y a Pierre. E indudablemente lo que con tanta pasión amaban en ella era lo que no encontraban en casa, donde la pobreza y la ignorancia volvían la vida más dura, más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo.

La pobreza hace de los hombres seres sin nombre y sin pasado, que los devuelve al inmenso tropel de los muertos anónimos que han construido el mundo, desapareciendo para siempre.

Esto también es subdesarrollo: sacrificar las posibilidades de una vida mejor de niños inermes para comprar la aquiescencia de un sindicato que -contra muchos maestros honestos y entregados- hace del lenguaje pseudo-revolucionario el parapeto para ocultar al mismo tiempo su corrupción y la mala calidad de una enseñanza que da su contribución sustancial a la reproducción sin fin de una pobreza sin vías de escape.

Publicado en México