Paco Barreros, uno entre tantos

3 agosto, 2020

En estos días los muertos por coronavirus en nuestro país se cuentan en decenas de miles. ¿Qué interés puede tener un muerto más que, además, murió por un cáncer en la garganta y que no era un personaje público? Probablemente ninguno, salvo para aquellos que lo quisieron. ¿Por qué interesarse  de una vida que se apaga en un país donde sólo en los primeros cuatro meses de este año el obituario nacional indica casi cien asesinatos al día? México se ha vuelto un cementerio a cielo abierto y cada día miles y miles de personas caen en su agujero abierto por una violencia sin control o por un sistema sanitario dramáticamente inadecuado. Al recuento de muertos por la pobreza, las enfermedades ligadas a la contaminación o a alimentos chatarra con séquito de diabetes e hipertensión se han añadido en estas últimas dos décadas las matanzas de la criminalidad organizada y ahora este Covid-19. Esta es nuestra nueva normalidad nacional. Y frente a ella, para ser fieles a la tradición, nuestras instituciones reaccionan con la mezcla usual de palabrería e inconsistencia. Es como si, de alguna manera, siguiéramos en la Colonia: a las cumbres del poder no llegan ni el dolor ni las quejas de los de abajo. Y cuando estas mismas instituciones intentan actuar, la norma es la incapacidad para ser eficaces, coherentes, confiables. Cualquiera que sea el partido al gobierno, su reflejo natural es fingir una normalidad inexistente. Todo está bajo control –repiten como un mantra-, no se angustien que menos se habla del asunto (muertos por coronavirus o por la criminalidad organizada), mejor. Vivimos, y no desde ahora, en un país que ha hecho del disimulo una bella arte de gobierno, afinada en el curso de mucho tiempo. Y lo peor es que esa mezcla secular de indiferencia e impotencia institucionales ha terminado por contagiar a la sociedad o, por lo menos, gran parte de ella. Aquí sufrimos y morimos celebrando nuestra impotencia con resignación. O, por lo menos, esta es nuestra imagen, sólo en parte folklórica.     

José Alfredo Jiménez nos dibujó de cuerpo entero:

La vida no vale nada(…)
cuando otros se están matando
y yo sigo cantando(…)
La vida no vale nada
si no es capaz de tocar
mi corazón que se apaga.

Así somos, dirán algunos. Así nos han hecho prefiero decir yo, pensando en sacerdotes-carniceros, en la Colonia, en el porfiriato, en el PRI y en lo que vino después. Pero aquí no quiero hablar de los miles y miles de muertos que se nos acumulan diariamente (tantas historias que nunca nadie contará) en medio de la soberana indiferencia de gobernantes que están en su lugar por el interés de pocos y el desinterés de muchos.

Aquí quiero hablar sólo de uno de esos muertos que se van cada día dejando vacíos que apenas pueden sospecharse en los rostros cerrados que cruzamos en el metro, en el autobús, en la calle. Pero ese hombre, ahora fallecido, yo lo conocí, si es que alguna vez puede llegar a conocerse a alguien. Se llamaba Paco Barreros. No pretendo decir quién era; sólo reuniré algunos recuerdos. No quiero homenajearlo a posteriori. Él no era César ni yo Marcos Antonio. Sólo quiero pensar en voz alta sobre una vida (me permito decir decente) que se fue y que deja un vacío en aquellos que lo conocimos. Paco, ya cenizas, no tendrá una tumba y quiero que estas palabras sean un epitafio personal grabado en una lápida inexistente.

Paco nació hace 65 años en la Ciudad de México de un padre que había combatido por la república española y madre argentina. No sé donde ni cuando sus padres se conocieron. El padre vivió décadas en México trabajando de anticuario y haciendo otros pequeños negocios. No debía irle mal y pudo asegurar a su mujer y a su hijo una vida desahogada. Pero nunca ahorró pensando de establecerse definitivamente en México. Como miles y miles de prófugos republicanos no pudo, en toda su vida, pensar en otra cosa que volver a su país. Y como muchos se gastó el índice de la mano derecha golpeando la mesa y diciendo: este año Franco se muere. Pero pasaron las décadas y Franco siguió viviendo, gobernando e intoxicando a un entero país con mojigaterías de Edad Media y el silencio clavado en las gargantas de los españoles que vivieron décadas encerrados en su impotencia, cautivos de una dictadura sin aquella piedad cristiana que farisaicamente reverenciaba en las misas dominicales. En fin, el padre de Paco vivió muchos años en México con la maleta pronta en su cabeza. Este país era, para él, una estación de tránsito. Y murió, como tantos, esperando el tiempo de un regreso que nunca llegó.  

Pero así no fue para Paco que era mexicano no sólo porque aquí había nacido y lo decían sus papeles, sino porque su paladar se educó a base de mole, pulque, pozole, tamales y guacamole. Y porque desde su adolescencia sus ojos y cerebro se llenaron de los colores, los paisajes, la artesanía y las miradas reticentes y escurridizas hacia él que, amaba a su país y cargaba un aspecto inconfundiblemente europeo. Nunca fue rico pero llegó a conocer a México viajando en trenes y autobuses atestados de gente pobre y durmiendo a veces en posadas malolientes y, más frecuentemente, en cabañas o graneros que, en el campo, algún campesinos le facilitaba o incluso a ras del suelo cuando la estación lo permitía y no había nada mejor al alcance de su bolsillo. Llegó a conocer gran parte de México y de sus sitios arqueológicos. No fue un estudiante brillante y nunca terminó la carrera de antropología que había comenzado. Pero sentía la necesidad de conocer las maravillas del México prehispánico de las que se sentía íntimamente orgulloso sin desplantes de nacionalismo  mexica, zapoteca o maya. Énfasis, retórica  y salidas de tono no hacían parte de su carácter. El apego afectivo de Paco a su país era reservado, ajeno a toda jactancia o a una afirmación pedante de una cultura sepultada y, sin embargo, viviente en formas, sabores, palabras sobrevividas. El amor a su país iba junto con el conocimiento. Su erudición del México prehispánico no era superficial ni era una forma de retrodatado patriotismo escénico. Leía todo lo que le llegaba a las manos sobre religión, costumbres, prácticas de vida y creencias de los muchos pueblos mesoamericanos y frecuentemente, en el intento de ilustrarme, me regalaba ejemplares, y en casa me han quedado varios, de esa preciosa revista que es Arqueología mexicana.                      

Yo, que siempre he sentido una mezcla de admiración y repulsión hacia una cultura que por siglos ejerció el sacrificio humano (hasta su conversión en una matazón industrial, con los aztecas, en una religiosidad sangrienta capaz de producir en el pueblo una subterránea, congénita, angustia y sumisión), me lanzaba en nuestras conversaciones en peroratas condimentadas con una excesiva dosis de generalizaciones y certezas. Él me escuchaba pacientemente, manteniendo, sin embargo, un vago aire de escepticismo y, de vez en cuando, con pocas palabras cuestionaba amablemente mis arengas mostrándome complejidades que yo no había percibido. No me desmentía radicalmente pero sus observaciones me obligaban a repensar mejor en mis juicios, a reformular tesis demasiado redondas o a callarme. Donde no me desmentía era en mis certezas de que el PRI y, sobre todo, la televisión mexicana, habían ejercido por décadas un papel de deseducación sistemática de una sociedad que ya cargaba milenios de temerosa sumisión, antes frente a dioses que exigían sangre humana como linfa vital, después frente a una Colonia que reproducía la misma sumisión en otra formas y finalmente, frente a gobernantes que se decían progresistas mientras oprimían y desgobernaban reforzando una temerosa mezcla de sumisión y resignación social frente a ese nebuloso y macizo castillo kafkiano del poder en México.

Pero la política no era tema de gran interés para Paco. Él, como yo, sentía aversión frente al universo de telenovelas, noticieros amañados, frente a la corrupción endémica de las redes del poder priísta. Pasaba al lado de estas vulgaridades sin dedicarle demasiada atención. Lo que no ocurría frente a Monte Albán, a Chalcatzingo, al Tajín, a Teotenango donde se sentía a sus anchas. En la cumbre del cerro de Chalcatzingo había dispersado las cenizas de su padre que nunca pudo regresar a su país.          

A Paco le gustaba mi minúsculo jardín de cactus y crasuláceas y, tal vez, la razón era que estas plantas constituían en variedad de formas y colores la identidad vegetal de México. Y en ocasiones me traía algún ejemplar sabiendo que me habría hecho un regalo muy bien recibido. A él y a mí estas plantas recordaban algunas rápidas excursiones por los desiertos y zonas áridas de México, cuando todavía era posible viajar por este país sin miedo a ser secuestrados por bandidos o por policías coludidos con bandas criminales. Otra edad que hoy parece irremediablemente perdida. Viajar por México, conocer el propio país, se ha vuelto para los mexicanos un acto de locura, de inconsciente irresponsabilidad o de dolorosa necesidad. Pero en los tiempos en que Paco era un joven adulto aún no era así.  

Lo conocí hace tres décadas; el trabajaba como traductor al inglés en el CIDE. Cuando llegó un nuevo director, él resultó entre los muchos despedidos a comienzos de los años 90. Desde entonces, por su timidez y su falta de títulos académicos, tuvo problemas para conseguir un trabajo estable y decentemente remunerado. Pero las cosas se le complicaron más con la muerte de su madre. Tal vez, desde entonces, comenzó a sentirse un mexicano sin raíces. Y sus últimos años fueron francamente muy difíciles. De vez en cuando lo ayudaba aunque, ahora sé que podría haber hecho más. Y después llegó el cáncer. Se nos fue un hombre bueno, que amaba este país y su gente. Un hombre erudito, un lector compulsivo. Y ahora sé que dejó a los que lo conocimos una lección de vida. La  bondad, dignidad y falta de presunción eran en él innatas. Una lección difícil de imitar. Un recuerdo imborrable.

Publicado en México