¿Nuestro proyecto?

6 diciembre, 2022

“Todo acaeció ya, el libro ya está escrito y no hay esperanza”.

Antonio Scurati, M. Gli ultimi giorni dell’ Europa, 2022.

Las actuales autoridades políticas mexicanas llaman a defender “nuestro proyecto”. Y en favor de ese proyecto se congregó, según dicen, un millón de manifestantes el domingo 27 de noviembre pasado. Después de reconocer que el populismo es lo que es gracias a su atractivo social, uno se pregunta en qué consiste, concretamente, este proyecto. Dada una larga historia mexicana salpicada de gobernantes propensos a anunciar progresos asombrosos en justicia, bienestar y demás es inevitable alimentar cierta desconfianza ante la nueva versión de una antigua tradición anunciadora de milagros -regularmente incumplidos. He aquí la cuestión. ¿Tendrá que ver este hipotético proyecto con algún adelanto democrático, con mayor bienestar y menor violencia, o con el reforzamiento de un Estado de derecho tradicionalmente quebradizo?

El presidente pantocrátor

Marx decía que la historia se repite dos veces. Evidentemente no conocía a México. Aquí la historia se repite dos, tres, ene veces con una inquietante reproducción de arrebatos declarativos de parte de gobernantes que terminaron por afianzar una costumbre oratoria con poca (si es que alguna) relación con la realidad. Pero, más allá del folclor, muchos presidentes mexicanos encarnan el síndrome de la palabra que, ex nihilo, pretende crear la realidad que la confirma. Delirio propio de todo autócrata, efectivo o potencial. Un frenesí de omnipotencia propio de aquellos que, rodeados por la adulación, se sienten autorizados a imitar al Pantocrátor, el Dios todopoderoso de la tradición bizantina. El mundo imaginado ya está larvariamente en la cabeza del hombre de poder. Y así es suficiente decretar la abolición de la corrupción para que la corrupción desaparezca. Como por encanto. De ahí proviene una historia mexicana hecha de grandes espejismos institucionales y grandes frustraciones colectivas. Una historia en dos binarios: de un lado, altisonantes palabras presidenciales que revolotean en el escenario de las mejores intenciones y, del otro, la realidad que avanza, apenas marginalmente alterada, entre imperturbables inequidades sociales y voluntarismos bisoños.

Esta esquizofrenia vuelve a confirmarse en el presente entre épicos discursos oficiales y un mundo que conserva antiguas polarizaciones e igualmente antiguas inconsistencias estatales. Veamos entonces las realizaciones concretas de “nuestro proyecto” actual usando algunos datos que, sin embargo, difícilmente podrán traspasar la muralla de la fe popular en la palabrería heroica del poder.

Palabras y hechos

Por lo pronto, ante la pretensión institucional de fortalecer la democracia mexicana están los fríos reportes globales anualmente realizados por la organización Freedom House. Según estos reportes México sigue perteneciendo al grupo de países “parcialmente libres”, en compañía de Angola, Nigeria, Hungría e India. La misma organización nos informa que los rasgos democráticos del país se han deteriorado entre 2017 y 2022 con un Estado de derecho gravemente deficitario entre la violencia de actores públicos y privados que permanecen impunes y con un creciente debilitamiento de la sociedad civil y de los derechos colectivos.    

A propósito de la pobreza, los datos de CONEVAL indican que en 2018 se encontraba en pobreza 49.9% de la población mexicana y que en 2020 la proporción había subido a 52.8%. Según estimaciones de la CEPAL para 2022 la pobreza podría aumentar en el país en 2.3 puntos porcentuales con un aumento absoluto de 2.5 millones de personas. Queda confirmado otra vez que los subsidios a los más pobres son importantes en el largo plazo sólo si van juntos con estrategias efectivas de crecimiento económico que multipliquen las oportunidades de empleo con el consiguiente empuje a mejores salarios.

Acerca del crecimiento económico, los datos disponibles indican que en 2022 el Producto Interno Bruto per cápita será inferior al de 2018. En el bienio 2019-20 la economía mexicana se contrajo más que el promedio latinoamericano y en el bienio 2021-22 crecerá menos que ese mismo promedio. Para 2024, predeciblemente, el país estará cerca del nivel alcanzado en 2018, poco arriba o abajo. Así que será difícil evitar la lamentable conclusión de un sexenio perdido. De acuerdo, se nos cruzó el Covid y el reciente repunte de la inflación. Pero ¿por qué otros países de la región (y fuera de ella) tuvieron, con estos mismos obstáculos, un mejor desempeño?

Acerca de los homicidios dolosos (la herida abierta que envenena la vida de México), el INEGI informa que en 2021 hubo más asesinatos que en 2017. Veamos lo mismo de otro lado. Según datos de la presidencia de la república, entre 2007 y 2018 hubo un promedio de 23 mil homicidios anuales, mientras el promedio de los primeros cuatro años del sexenio actual se ubica alrededor de 35 mil homicidios, con un incremento de 52%. Aun reconociendo que en lo que va del sexenio los homicidios se estabilizaron en los altos niveles de fines del sexenio pasado, lo evidente es que respecto a las tendencias anteriores a 2018, el ciclo presidencial presente ha sido incapaz de volver a los datos, ya muy elevados, correspondientes a los cinco sexenios anteriores.

Un paréntesis: no hay dudas que el asesino sea el individuo que se encuentra en el escalón más bajo de la condición humana, y tampoco hay duda de que el Estado que no sepa castigarlo se encuentra en el escalón más bajo de la institucionalidad. En los últimos cuatro años hubo más de 130 mil homicidios de los cuales más de 120 mil quedaron impunes. Un horror social y un quebranto institucional.

El engañador engañado

Frente a la dura realidad de los números apenas expuestos, ¿dónde está “nuestro proyecto”, el plan estratégico que deberíamos defender como una conquista supuestamente popular? Cómo evitar el enunciado bíblico: “Guardaos de los falsos profetas…por sus frutos los conoceréis”. Aun suponiendo que las intenciones iniciales fueran impecables, con toda claridad las consecuencias no lo han sido. Y sin embargo, desde las altas esferas institucionales no parece asomarse la menor duda sobre el rumbo elegido. El principio de realidad ha sido removido como expresión de las aviesas intenciones de una conspiración conservadora. La política gubernamental se enrosca en sí misma encerrándose en un fortín de certezas que la realidad cuestiona por todo lado. Y se crea así una realidad de cómodo, consoladora y capaz de justificar una estrategia que se mantiene a pesar de sus descalabros. Todo aprendizaje de la experiencia es eludido en función de la santidad de las intenciones. Ahora bien, ¿qué ocurriría a un navegante que a pesar de las señales de tormenta siguiera actuando como si nada? Esto, precisamente, es lo que está pasando a un entero país, el nuestro. La conclusión es que si en el presente los asuntos económicos, sociales y de seguridad van en la dirección contraria a las declaraciones oficiales, el futuro próximo podría acercarnos a una situación de tintes aún más sombríos que los actuales.

El divorcio entre las palabras oficiales (con anexas, patéticas, maromas estadísticas) y la realidad indica también otro síndrome cargado de riesgos. Un solo ejemplo será suficiente a ilustrar este punto. Algunas semanas atrás las autoridades capitalinas -contra la evidencia contraria- declararon que en la marcha en defensa del INE, del 13 de noviembre pasado, participó un número groseramente reducido de manifestantes respecto a los testimonios fotográficos de la participación efectiva. ¿Por qué esta deformación tan transparente de una realidad palpable a los ojos de todos? La respuesta está en el sentido de impunidad y de inmunidad ante una realidad incómoda que no podía ser reconocida sin dar explicaciones que no se querían, o no se podían, dar. Tenemos aquí un síntoma que podría definirse soviético: la mentira oficial es justificada ante la justa causa en cuyo servicio es pronunciada. Siempre hay una razón superior en cuyo calor cualquier torcedura de la verdad resulta aceptable. Sin embargo, frente a eso, la pregunta es obligada: después de tanta verdad deformada para que la realidad encaje en el discurso oficial, ¿será todavía reconocible la realidad real? ¿Seguirá siendo esta última discernible a los ojos de aquellos que la envuelven entre varios velos destinados a ocultarla? A fuerza de mentir ¿no ocurre que el mentiroso termine por creer en sus propias mentiras? Si esto sucede, poco a poco, la tarea del gobierno deja de ser la de cambiar la realidad para deslizarse (conscientemente o menos) hacia la defensa de una entelequia en la que el engañador se vuelve engañado por sus propias tretas. Toma forma así una mezcla inextricable de realidad y simulación oficial en que todo régimen autoritario o populista (dos territorios con una frontera nebulosa) queda entrampado hasta el punto de no poder distinguir el rostro real del mundo debajo de tantas capas de afeites mentirosamente bien intencionados.

La izquierda mexicana se ha desarrollado a lo largo de décadas bajo las enseñanzas combinadas de la URSS y del PRI y en el momento en que asume el poder no hace otra cosa que reproducir la atmósfera en que creció. En este largo recorrido, la idea de una democracia agonística estuvo ausente y el concepto de una sociedad civil activa y cuestionadora fue tan ajeno como el objetivo de la transparencia institucional. Y a ese patrimonio se añade ahora el culto a una personalidad salvífica que hace ganar las elecciones. En este contexto el pueblo se vuelve espectador de una ficción en que se busca convencerle de que es el protagonista. Un laberinto de medias verdades y falsedades enteras del cual sólo será posible salir a través de un proceso catártico de reencuentro con una realidad por demasiado tiempo entrelazada con el engaño retórico. No será fácil, pero la emancipación será tanto más dolorosa cuanto más dure la ficción.             

Publicado en México