Mefistófeles al revés

21 septiembre, 2020

Así avanza el mundo: habría que volverse locos.
Goethe, Fausto, 1775.

Criticar la corrupción sin cuestionar el sistema político que la engendró a lo largo de gran parte del siglo XX es una forma tan asombrosa de ceguera analítica que no parece producto de de mera pobreza de pensamiento. Que, naturalmente, no falta. Pero sobre eso volveremos en un momento. Para no ir más lejos, estamos frente a un fenómeno que viene por lo menos desde los generales revolucionarios de los años 20 del siglo pasado, pasando por Miguel Alemán, hasta llegar al presente: un largo camino de sedimentación. Además del cinismo y el envilecimiento de la vida pública, la corrupción le cuesta a este país, según distintas estimaciones, entre 4 y 9 por ciento del Producto Interno Bruto: una enormidad de riqueza tirada al viento y que ha contribuido a forjar una colectividad desconfiada de sí misma en uno de los países más desiguales del mundo.

Pero en el simplismo que domina el discurso oficial de nuestros días, la corrupción parecería venir del abandono de los valores morales que prevalecieron en esta tierra hasta los años 70. Lo que constituye una de las más notables deformaciones de la historia mexicana. Y para desfigurar aún más las cosas, todo parece reducirse –en la narrativa presidencial- a individuos “sin valores espirituales”. Con estas premisas, el combate a la corrupción se vuelve un impotente llamado a los buenos sentimientos más que una política concreta para reformar estructuras y prácticas sólidamente incrustadas. Los presidentes repartidores de premios e impunidades para la fidelidad a una entreverada red de clientelas, quedan a salvo en una pretendida renovación que no renueva gran cosa y, más bien, continúa la tradición en nuevas formas.

Nuestro gobierno no mueve un dedo hacia una seria reforma del Estado (que es el verdadero, gigantesco e irresuelto, problema de México) porque, en el fondo, las cosas están bien así como están, sólo se requiere un presidente personalmente honesto y todo lo demás se resolverá en forma prácticamente automática. Rápidamente: pocas veces en la historia de este país el discurso público fue más primitivo, y válgame Dios si tuvimos antecedentes notables en este sentido. Y si a esto añadimos la dicotomía entre la mafia del poder y el “pueblo”, nos enfrentamos al reto de saber qué hacen en la corte de los ángeles que nos gobierna personajes como Gómez Urrutia o Bartlett, para limitarnos a dos ejemplos luminosos.

Pero volvamos al punto: ¿Es posible que tanto arcaísmo analítico sea producto de simple pereza y pobreza de pensamiento? Sin excluir ninguna de las dos cosas (evidentes en una exaltada figuración del mundo en blanco y negro), hay razones concretas por limitar la diatriba (“mafia del poder” y demás) al periodo inaugurado en los años 80. Tratemos de entender. Para los ex priístas convertidos a la Cuarta Transformación, la razón es sencilla: si su crítica fuera más atrás en el tiempo deberían explicar su prolongada pertenencia al PRI, reconocer sus propias responsabilidades y hacer una autocrítica que está fuera de toda posibilidad real. Retroceder más en el tiempo implicaría, por ejemplo, que López Obrador explicara su afiliación al antiguo partido hegemónico bastante después de que las cosas estuvieran suficientemente claras con la represión ferrocarrilera de fines de los años 50, el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962 y la matanza de Tlatelolco de 1968, para limitarnos a algunos  casos que deberían haber aclarado las ideas a cualquier dispuesto a entender. Explicar el haber pertenecido activamente a un sistema autoritario, que antecede las fechas fatídicas de 1982 o 1988, mancillaría la capa de virtuosa santidad republicana con que los ex priístas de Morena envuelven sí mismos. Para ellos es mucho mejor dejar en paz la historia y no agitar las aguas.  

Y para los miembros de Morena que vienen de la izquierda (especialmente del Partido Comunista y del PSUM), retroceder en el tiempo más allá de los años 80 supondría pedir cuenta por sus muertos a manos de un sistema autoritario y exigir a Amlo cortar amarras (en términos de cultura política) con una antigua tradición de autocracia sexenal. Pero lo anterior implicaría romper con la figura política que les permite hoy, después de un siglo de marginalidad y persecuciones, subirse al carro del vencedor y tener finalmente un puesto al sol en el nuevo (es un decir) sistema de poder. En fin, la transparencia política acarrearía demasiadas incomodidades a demasiados conversos. Mejor entonces limitar la crítica del sistema a partir de los años 80 (el “neoliberalismo” que, sin dudas, tuvo sus graves responsabilidades) y vivir tranquilos con la propia conciencia. Mejor olvidar todo y reparar debajo del paragua del líder providencial que libera de la molestia de la claridad y permite gozar de las mieles del sentido de potencia que la actualidad ofrece.

Y lleguemos al líder supremo, para refigurar el cual nos limitaremos a dos episodios. En su juventud López Obrador vivió cinco años, con su mujer ya enferma, en una pobre habitación en la comunidad chontal, ayudando a los mixtecos en distintas tareas para aliviar sus más que precarias condiciones de vida. He aquí la imagen de un joven que, a pesar del oportunismo implícito en el pertenecer a un partido gobernante con un largo historial represivo y de manipulación social, se sacrifica personalmente en nombre de una voluntad de servicio social. Pero las cosas cambiaron radicalmente desde que la misma persona se convierte, en 2000, en jefe de gobierno del Distrito Federal. El estilo y el espíritu autocrático de la añeja filiación priísta vuelven a la suoerficie. Recurriré a los recuerdos de Emilio Álvarez Icaza, entonces presidente de la Comisión de Derechos Humanos del DF.                  

En una reciente entrevista televisiva, Álvarez Icaza dice: “Yo me tomé en serio que la Comisión de Derechos Humanos era un órgano autónomo y ahí comenzaron las primeras distancias [con Amlo]  ya que se me pedía que fuera un aliado incondicional del gobierno y que lo encubriera y acompañara”. Y reporta un diálogo con el jefe de gobierno: “Yo te estoy diciendo de casos de tortura de la policía judicial y lo que se espera de ti es que encabeces la indignación, no la negación. Si mandas un mensaje de negación es un caso de complicidad pasiva”. El entrevistador pregunta: “¿Y Amlo lo entendió?”. La respuesta es sintética: “No, no lo entendió”.

Apenas llegado a la Comisión, Álvarez Icaza se enfrenta al asesinato de la abogada de derechos humanos Digna Ochoa. Abramos un paréntesis: Digna Ochoa fue violentada en su juventud por la policía estatal de Veracruz y a consecuencia de ello se recluyó ocho años en un convento de monjas, sin tomar finalmente los votos. Cuando salió las persecuciones no terminaron, sufrió un secuestro y tuvo que refugiarse un año en Estados Unidos. Al poco tiempo de su regreso a México es encontrada sin vida con un balazo en la cabeza. Álvarez Icaza presenta un informe en que manifiesta la negligente protección de la Digna ochoa de parte de la policía capitalina y sigue: “la respuesta que me llegó del jefe de gobierno fue: tú no deberías ocuparte de estas cosas sino del Fobaproa”. “Estas cosas” fueron las palabras pronunciadas, según Álvarez Icaza, de quien es hoy presidente de la República. Y yo no haré comentarios. A completar el escarnio la Procuraduría General de Justicia del DF, afirma la tesis inverosímil del suicidio (que años después se mostraría falsa).  Me limito a registrar el abismo entre el López Obrador de la comunidad chontal y el López Obrador convertido en máxima autoridad en la capital del país. Estas metamorfosis no son inusuales en los políticos que escalan los peldaños del poder, pero no por ello dejan de ser fuente de angustia, y hasta desesperanza, para quien asiste a estos cambios de piel.

El mismo hombre, frente a la multitudinaria manifestación que en 2005 protestaba contra la ola de secuestros que asolaba la ciudad, reaccionó calificando a los ciudadanos exasperados de “pirrurris”. Otra perla del “humanismo” que nuestro actual presidente presume con frecuencia. Desde entonces  viene, tal vez, su costumbre a denigrar aquellos que no coinciden plenamente con sus ideas y propósitos.  

Pero todo lo anterior podría pertenecer a rasgos caracteriales. Hablemos entonces de políticas públicas y del famoso Segundo Piso: una obra destinada a mejorar provisionalmente el tráfico induciendo, sin embargo, un mayor uso del automóvil en una ciudad donde sólo el 20% de la población disponía de este medio de transporte. Una decisión a todas luces elitista que dejaba inalterada la desgraciada existencia de la gran mayoría de los defeños obligados cotidianamente a viajar en autobuses y combis más o menos destartalados y atestados mientras el aire de la región más transparente se volvía cada vez más irrespirable entre humos tóxicos, ruidos estridentes y prácticamente permanentes, vialidades vueltas estacionamientos móviles, segregación de barrios divididos por viaductos que ocupaban un creciente espacio público volviendo la Ciudad de México una ciudad a la medida de los carros y no de los seres humanos que vivían y viven en ella. No hubo forma humana de convencer al jefe de gobierno de que la suya era una decisión dramáticamente equivocada e injusta hacia las mayorías y que correspondía a una forma obsoleta de enfrentar el problema de la movilidad urbana. Una equivocación, entre paréntesis, confirmada desde hace varios años por las iniciativas de grandes ciudades en el mundo que han decidido destruir sus mayores autopistas urbanas (elevadas o no), como Portland, San Francisco, Milwaukee, Seúl, Bogotá, Seattle, etc., abriendo espacios al verde y a la convivencia ciudadana y canalizando la movilidad hacia un transporte público de calidad. Como parcial consecuencia de la decisión de 2002 (proseguida en los años posteriores por Marcelo Ebrard, quien añadió de suyo los segundos pisos y las grandes vialidades de peaje) en los últimos 18 años los vehículos en circulación en la Ciudad de México han pasado de 2.5 a más de 5 millones, con los efectos conocidos en la calidad de la vida colectiva y en la salud pública de todos y especialmente  de los capitalinos que necesitan tomar medios públicos para ir al trabajo, o sea, cerca del 90% de la población. Era obviamente más fácil construir una obra faraónica que asumir la difícil tarea de organizar una profunda transformación cualitativa del transporte público, concesionado o no, mejorando la vida de la gente y desalentando el uso del automóvil privado. Pero se prefirió el camino fácil de sembrar cemento e incentivar el transporte privado a pesar de las consecuencias nefastas a largo plazo, y hacer pasar lo anterior como visión previsora y vanguardista del gobernador de la ciudad. Inevitable preguntarse: ¿Es esto gobernar? ¿Lucirse con la visibilidad de obras públicas que empeoran la existencia de las generaciones futuras con más gasolina quemada al aire, más tiempo perdido en el tráfico gracias a la promoción del automóvil y peor convivencia entre los habitantes de la ciudad? Yo, junto con algunos miles de urbanistas, sociólogos urbanos, ambientalistas y expertos de movilidad, me permito alimentar algunas (serias) dudas. Otra vez, quizá, de ahí venga la predisposición de nuestro presidente hacia las megaobras infraestructurales cuyos impactos ambientales no son tomados en gran consideración, excluyendo naturalmente el lip service en defensa del ambiente. El gobernante bondadoso  deja grandes obras a su imperecedera memoria: esta parece ser la lógica, misma que produjo cuatro sucesivas ampliaciones al Templo Mayor de Tenochtitlán. Si existe por estos rumbos un síndrome de las gigantescas obras públicas como testimonio de la grandeza del gobernante, no parece que haya habido grandes cambios en el último medio milenio.    En el Fausto de Goethe, Mefistófeles se presenta a sí mismo con estas palabras: “Soy una parte de aquella fuerza que quiere el mal y siempre hace el bien”. Nuestro presidente, aun admitiendo sus buenas intenciones, es exactamente lo contrario: aquella fuerza que quiere el bien y regularmente hace el mal. Con las mejores intenciones, naturalmente, aunque éstas resulten envueltas en una antigua cultura autoritaria y personalista enriquecida ahora con ribetes proféticos.

Publicado en México