¿La discontinuidad para cuándo señor presidente?

15 marzo, 2019

Los síntomas del amanecer habían sido perfectos para no ser feliz.
Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, 2004.

El punto es muy sencillo, señor presidente: Somos unos de los países más corruptos y desiguales del mundo y supongo que Ud. entenderá que entre las dos cosas hay una estrecha relación. La corrupción es la punta del iceberg de una Administración Pública disfuncional, misma que resulta incapaz de formular o de gestionar consistentemente una política económica capaz de hacer avanzar este país mientras reduce las distancias (escandalosas) entre sus habitantes. Muchos mexicanos votamos por Ud. (incluido este humilde profesor) porque supusimos que después de tanto hablar de “Mafia del poder”, Ud. sería el candidato mejor posicionado para desmontarla y permitir a este país comenzar un nuevo ciclo de su historia. Claro que una duda siempre la tuve: mucho hablar de su parte de Mafia del poder sin nunca explicar en detalle en qué consistía. Después, mi conciencia me tranquilizaba sugiriéndome que en una campaña electoral tal vez no sea buena estrategia entrar en tantos detalles. Sin embargo, me decía, Ud. debe saber con precisión de qué se trata y como desmontarla. Sin embargo, han pasado más de tres meses y la duda sigue molestándome.

Permítame explicarme, aunque tome el asunto de lejos. Entre las cosas que Ud. ha hecho en esos comienzos de su mandato hay un par entre ellas que me parecen laudables: como el aumento del salario mínimo y el interés declarado hacia el sur del país (si bien con proyectos aún vagos y me recuerdo con cierta angustia el Plan Puebla Panamá de Fox: una buena idea sin voluntad o capacidad política para sostenerla). El sur de México, y Ud. lo sabe ciertamente mejor que yo, es el área más deprimida y atrasada de un país atrasado. Le confieso que me gustó mucho menos la decisión relativa al aeropuerto y el referéndum hechizo subsiguiente. Restar recursos a las casas refugio para las mujeres maltratadas y el poner en la cabeza de la Fiscalía General de la Nación alguien que se considera su amigo político, tampoco me parecieron decisiones dignas de encomio, para decirlo suavemente.       

Acercándome al punto: un país moderno y democrático tiene por lo menos dos características. La primera es una Administración Pública eficaz y creíble a los ojos de la ciudadanía. La segunda es que esta misma AP sea independiente del gobierno en turno. Si las dos cosas no ocurren, entonces sí, será legítimo hablar, a pesar de la aproximación lexical, de “Mafia del poder”. De ahí mi primera preocupación: lo que menos nos hace falta es pasar de una versión a otra de lo mismo. A la cual sigue una segunda, de ser posible, aún más grave.

Abrir un ciclo político nuevo supone cerrar el ciclo político previo que por estos rumbos perduró gran parte del siglo XX y un cacho del XXI. Mucho tiempo para que se crearan relaciones democráticamente enfermizas entre Estado, gobiernos y partido dominante. Por no considerar el vínculo entre el sistema de gobierno y una sociedad corporativizada que no cree en sus gobernantes pero sigue votándolos en espera de algún milagro bajo la forma de un compadre bien colocado.

En pocas palabras: este embrollo de complicidad, impunidad y sumisión es lo que hay que dejar a nuestras espaldas. ¿Cómo? Supongo que Ud. sabrá la respuesta, yo le confieso honestamente que no sé. Pero hay una pequeña cosa que creo saber: hay que hacer limpieza aunque sea sin espíritu revanchista. Y hay que hacerla por dos razones: la primera es liberar el país de figuras que se han enriquecido con un uso insolente de la retórica revolucionaria mientras envenenaban los pozos de una AP ya de por sí históricamente frágil. La segunda proviene de la necesidad de reconquistar la confianza social en las instituciones. Y en este último aspecto es inevitable reconocer la función pedagógica de procesos judiciarios en que se muestren los mecanismos a través de los cuales instituciones largamente corruptas se alimentaron de abusos, sobornos e impunidades capaces de configurar delitos de diverso orden. No se puede superar el orden previo sin ponerlo en evidencia. Sin desmontar los mecanismos que le permitieron subsistir por tanto tiempo. Ya sé que no puede haber justicia ejemplar contra funcionarios públicos, sindicalistas, gobernadores y demás. La justicia debe ser justicia y basta. Pero, en nuestro caso, necesita cumplir una esencial tarea pedagógica. Perdón por la solemnidad, pero la sociedad mexicana tiene el derecho de saber porque se encuentra en las condiciones en que se encuentra, o, por lo menos, de saber qué parte tuvieron los hombres del Estado (y sus allegados) para que llegáramos donde hemos llegado con pobreza difundida y criminales sueltos que controlan enteras partes del país.

No estoy evocando la guillotina ni las tricoteuses -las mujeres que observaban con tranquila crueldad a las cabezas que caían bajo la lama de la justicia revolucionaria en las plazas de París mientras seguían tejiendo con sus ganchillos.

Pero no se puede pretender de cambiar de página sin haber comprendido el significado de la anterior. Y eso no tiene nada que ver con venganzas o similares: una vez que aquellos que se aprovecharon indebidamente restituyan a la colectividad las riquezas mal habidas, Ud., señor presidente, podrá hacer uso pleno de sus facultades y amnistiar a todos aquellos que los tribunales mexicanos hayan encontrado culpables de concusión y demás delitos contra el patrimonio y la confianza del pueblo de este país. Pero necesitamos saber para no repetir y, de paso, escarmentar aquellos que pudieran sentirse proclives a imitar viejos estilos de gobierno y de administración de los bienes públicos.      

Hasta ahora no veo que Ud. haya dado ningún paso en esta dirección. En otros términos, no siento en el ambiente un aire nuevo y no tengo la impresión que las conferencias de prensa de cada mañana sean aquel soplo de aire fresco que el país necesita. La 4T siempre me pareció un pretencioso eslogan de campaña, pero verla morir antes de nacer no me llena de regocijo.  De ahí la pregunta: ¿La discontinuidad para cuándo señor presidente?    

Claro, es posible que sea todavía temprano; sólo espero que dentro de seis años no seguirá siéndolo.

Publicado en México