La Cuarta Transformación y cuatro dudas

6 enero, 2019

Varias cosas de la 4T alimentan diversas dudas. La primera es la grandiosidad de la promesa que anticipa un futuro cierto. Se me ocurre pensar al campesino europeo que a mediados del siglo XIV sale de su choza y le dice a su mujer: vieja me voy a la Guerra de los 100 Años. ¿Cómo podía saber desde el comienzo que la guerra duraría 100 años? Añadamos otras razones de extrañeza. En la historia, sospecho, son más creíbles los compromisos que se despliegan uno tras otro hasta construir un entramado perdurable que las grandes visiones convertidas en anuncios altisonantes a priori buenos para carteles murales o anuncios televisivos de 30 segundos. Será extraño decirlo en nuestro tiempo, pero entre política y marketing alguna diferencia todavía existe, aunque sea cada vez más sutil. Otra razón de inquietud es que alguien con dotes intelectuales o de originalidad política no muy distintas del promedio de la clase política mexicana pueda compararse con grandes figuras de la historia mexicana pasada como Hidalgo, Juárez o Madero. Pero no excluyamos que las sorpresas vengan en el camino y dejemos a un lado ostentaciones y vanidades que devuelven la memoria a personajes como Santa Anna o Napoleón III.

Pero hay algo que alimenta dudas mayores. Si se piensa a periodos de grandes cambios que torcieron el camino en la historia de algunos países, casi siempre hay una constante: el líder no sólo era un personaje de envergadura sino que estaba rodeado de grandes personalidades capaces de aconsejarlo o controlar sus precipitaciones. Me limito a dos ejemplos. Alrededor de Franklin Delano Roosevelt encontramos personajes como Cordell Hull (secretario de Estado) o como Henry Morgenthau (secretario del Tesoro). Y, aunque sea al margen no puedo dejar de mencionar a Donald Thurman, el gran arquitecto de la política antitrust que supo enfrentarse en momentos de crisis a los grandes monopolios y a las consuetudinarias prácticas monopolistas de la economía estadunidense.

Alrededor de Benito Juárez, es apenas el caso de mencionar Melchor Ocampo, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez. Habilidades técnicas, capacidades políticas, amplitud cultural se conjuntaron con un liderazgo indiscutido. Pero cayendo en el presente, como casi siempre, damos con un hombre solo al mando y, dadas sus características, ¿será suficiente? Un hombre, según se dice, con poca capacidad de escuchar a sus propios colaboradores, sin considerar que entre sus colaboradores no está ni Morgenthau ni Guillermo Prieto. Mientras tanto, alrededor de Amlo hay ex priístas (con una enraizada cultura clientelar-presidencialista) y ex comunistas (con una cultura de positivismo ético-autoritario). Una pregunta ingenua: ¿qué tiene que ver Manuel Bartlett con una cuarta transformación o con cualquier otra? Entre un antiguo porfirismo (hecho de presidencialismo y clientelas regionales) nunca del todo superado, un priísmo culturalmente vivo bajo las cenizas, que el Estado mexicano necesite reformas profundas, no caben dudas. Haber mandado el PRI a descansar (por así decir) es un primer paso. Pero es sólo el primero y no es dicho que resulte el más fácil aunque haya costado tres generaciones para cumplirse.

Publicado en México