Elogio de la incertidumbre (y crítica de la nostalgia)

23 noviembre, 2020

¿Qué nos ha traído hasta ahora Amlo? Grandes proyectos infraestructurales (de dudosa utilidad) ratificados por referéndums groseramente amañados, varios programas de asistencia social que, si bien sacrosantos, están lastrados por su carácter no sistemático que alimenta la sospecha -como  Salinas con Solidaridad- de una intención de clientelismo presidencial. Y, finalmente, el bloqueo del gasto público mientras el país enfrenta la peor crisis sanitaria y económica en varias generaciones. Y ni 100 mil muertos de Covid han podido hacer mella en la certeza de una virtuosa austeridad de parte de nuestro gobernante. ¿Es o no es el caso de tejer las loas de la incertidumbre?

Nuestro nuevo hombre fuerte es incapaz de asumir lo esencial:  este país necesita reformar su arquitectura institucional construida a lo largo de casi un siglo alrededor de un partido todopoderoso sin democracia interna. Y ahora, frente a la ausencia de proyectos de reconstrucción institucional y  económica, se nos envuelve en una ininterrumpida locuacidad a sostén de un anacrónico nacionalismo revolucionario. Resultado: pocas veces ha sido más grande el abismo entre proclamas triunfantes y resultados misérrimos.

Necesitamos reformar una seguridad social desarticulada y de mala calidad, reconstruir el aparato judiciario, rearmar una educación pública deficiente (sobre todo para los pobres), transformar una Administración Publica ineficiente y poblada de feudos y personalismos abusivos, reformar un pacto federal que deja demasiado espacio a un centralismo caprichoso y a gobernadores sin frenos ni controles. Necesitamos integrar a la fiscalidad y a la seguridad social más del 50% de los ocupados que subsisten en la informalidad y en una precariedad transmitida de padres en hijos. Y cuando, finalmente, llega un gobernante (aparentemente) sensible a las razones de los últimos, resulta incapaz de actuar consistentemente frente a estos retos.

Un empresario de Nuevo León decía algún tiempo atrás: la capacidad de escuchar de Amlo es prácticamente nula; una opinión difundida en muchos ámbitos. Esta es nuestra desgracia presente: una mezcla de certezas (ligadas a la nostalgia de un PRI pre-neoliberal) y de satanización de cualquier opinión distinta. De ahí que el elogio de la incertidumbre, más que ser una apología de la indecisión, muestre la necesidad de una confrontación civil de ideas coordinada por un presidente capaz de tomar finalmente decisiones consistentes y de amplio aliento, vigiladas en su cumplimiento por una sociedad civil activa.

La realidad es que estamos moviéndonos en una dirección equivocada portadora de consecuencias infaustas y sin señales de que las cosas puedan cambiar en la marcha. Estamos ante certezas para-religiosas y frente a ellas poco o nada es posible. Busquemos algún asidero real en medio de las tinieblas retóricas. Según estimaciones de la CEPAL, este año se cerrará con un retroceso del PIB de 3.8% en Estados Unidos, de 5.3% en América Latina y de 6.5% en México. Y según especialistas privados consultados por el Banco de México la caída podría ubicarse alrededor de 10%. ¿Por qué en un contexto general recesivo, México retrocede más que el conjunto de América Latina, excluyendo a Venezuela? Gran parte de la respuesta está en la pasividad de la política económica del gobierno que, temeroso de incrementar su deuda y reacio frente a una impostergable reforma fiscal, secunda la tendencia recesiva en lugar de activar una política anti-cíclica. Ni el hecho que entre febrero y mayo de este año la pobreza extrema (según el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM) haya pasado de 22 a 32 millones de personas removió las monolíticas certezas de nuestro presidente. Más bien, se hizo exactamente lo contrario de aquello que el sentido común aconsejaba. Se cerraron guarderías dificultando aún más la inserción de las mujeres en el mercado laboral, y lo mismo se hizo con las casas refugio para mujeres objeto de violencia. Y si miramos al Proyecto de Presupuesto Federal para el 2021, el gasto social aumentará en un minúsculo 0.8% mientras el gasto federal en salud (junto con una reducción de los fondos destinados a IMSS, ISSSTE e INSABI) se reducirá en términos reales. ¡En plena emergencia sanitaria! Y a pesar de eso, desde las altas jerarquías del Estado se sigue la letanía de achacar toda responsabilidad de la situación presente al neoliberalismo. Después de dos años, el actual gobierno se parece a Díaz Mirón: su plumaje es de aquellos que cruzan el pantano sin mancharse. Inútil recordar que el Congreso aprobó el presupuesto de 2021 sin inmutarse. Por lo demás, ¿qué podía esperarse de un Congreso que, presa de sagrado fervor, canta las mañanitas por el cumpleaños del Señor Presidente? Resplandores folklóricos del subdesarrollo.

Ante la peor recesión en décadas, tenemos un presupuesto con descomunales asignaciones para PEMEX y CFE que, en una visión antediluviana, son vistos como motores del crecimiento económico a pesar de que ambas empresas estén cargadas de deudas y sean ampliamente ineficientes. Mientras tanto se restringen los espacios para las inversiones privadas y para las fuentes renovables de energía. En el presupuesto para 2021, frente a 43 por ciento de inversiones federales en hidrocarburos, a salud y educación irán respectivamente 2 por ciento. ¿Alguien que no sea súcubo de nuestro actual Gran Hermano puede avanzar una explicación con algún rasgo de racionalidad frente a tamaño despropósito?   

En el segundo trimestre de este año el Producto Interno Bruto cayó en 16% y aún así, con miles y miles de empresas que cierran y millones de nuevos pobres, el gasto público, salvo migajas, no asumió la tarea de aliviar una situación desastrosa y continuó con una política restrictiva y procíclica. La respuesta fiscal (como nos dice Enrique Provencio de la UNAM) ante el Coronavirus en 2020 fue en México de 1.29% del PIB, mientras en América Latina la intervención fiscal osciló entre tres o cuatro veces más, especialmente en Brasil, con un presidente que ciertamente no es símbolo de atención hacia los pobres.  

Mientras PEMEX, CFE y los proyectos prioritarios del presidente (la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya, el tren de Toluca, el aeropuerto de Santa Lucía e incluso la renovación de los jardines de Chapultepec) reciben la parte mayor del presupuesto para el próximo año, los programas de inversión física y de apoyo social seguirán languideciendo con la consecuencia obvia de no contrastar el aumento gigantesco de la pobreza, de no sostener debidamente la salud pública y de no apoyar gran parte de un aparato productivo en plena recesión. El efecto es predecible: prolongar por muchos años una recuperación que será lenta y dolorosa. Según la mayor parte de las estimaciones, para que el país alcance en algún momento un crecimiento de 4% (prometido por el actual presidente) la inversión pública debería llegar al menos a 5% del PIB y la privada cerca de 20-22%. Pero con un inversión pública que para el año que viene girará alrededor de 2.4% (1.3% si  se resta la inversión en hidrocarburos) y con inversiones privadas (alrededor de 17%) golpeadas por la crisis y desalentadas por decisiones públicas que de la noche a la mañana cambian las reglas de juego, el crecimiento prometido se reduce a un espejismo. Según el ex secretario de Hacienda Carlos Urzúa, al final del mandato de Amlo, en 2024, el PIB será inferior en 7% al de 2018 (v. Proceso del 18 de Octubre), como resultado de una mezcla de Covid y decisiones de política económica equivocadas.

En ausencia de una reforma fiscal que López Obrador, pensando en ganar las elecciones intermedias de 2021, postergó a la segunda mitad del sexenio, es obvio que con ingresos fiscales en el orden del 13% del PIB (en 2019) no hay márgenes para una política de gasto público que pueda sacar el país del estancamiento en que vegeta desde hace más de tres décadas, con productividad estancada y más de la mitad de su fuerza de trabajo en la informalidad sin protección social y ocupada en empresas no competitivas que, en general, no pagan impuestos.

Las certezas presidenciales están resultando muy costosas para el presente y el futuro cercano de México. Había que crear un clima de confianza para favorecer un flujo importante de inversiones privadas pero, cancelando el aeropuerto de Texcoco y cambiando las reglas de la participación privada en PEMEX y CFE, se va exactamente en la dirección contraria. Había que fortalecer la independencia de los poderes estatales distintos del ejecutivo y se va en dirección contraria. Había que reforzar la sociedad civil y su capacidad de vigilancia sobre las políticas públicas y, otra vez, se va en dirección contraria. Había que crear un ambiente de reconstrucción institucional con un máximo de convergencia político-social y no pasa día sin que el presidente polemice y denigre cualquiera que se atreva a no coincidir con él. Lo obvio: hemos emprendido un camino sin salida y, en lugar que construir instituciones democráticas y eficientes, estamos reforzando algunos de los rasgos más deletéreos del viejo régimen. Y en cuanto a la economía los números son más que evidentes; el Coronavirus vino a profundizar las consecuencias infaustas de una política económica que se mueve entre ocurrencias y la nostalgia de un pasado de desarrollo estabilizador durante el cual, por cierto, los pobres aumentaron, la corrupción se instaló sólidamente en nuestra sociedad mientras la crisis rural producía un crecimiento urbano caótico y un flujo migratorio constante. Así, buscando lo nuevo, rehabilitamos lo viejo y, por el momento, sin remedios a la vista.                  

Publicado en México