El CIDE, nuestra línea de resistencia

20 diciembre, 2021

¿Resistencia a qué? A la intolerancia y al acoso institucional contra cualquier forma de autonomía de pensamiento. A lo largo de casi medio siglo el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) ha sido una luz (ciertamente no la única) en el panorama de la educación pública mexicana. Y ahora, en nombre del pueblo (la vergüenza no es la virtud descollante de nuestro tiempo), es preciso apagarla. Hay que intimidar y disciplinar todo aquello que se atreva a no postrarse ante la santidad laica de la política dominante de nuestro tiempo. Y ni tan laica recordando el oprobio civil de los santitos esgrimido contra el Covid.

Dada la batalla en curso entre una autoridad intolerante y la libertad de investigación y de enseñanza, aclaro de entrada que hablo a nombre personal; el CIDE no necesita a un viejo profesor como quien escribe para que tome su defensa. Las personas van y vienen, pero los hechos siguen siendo las piezas concretas que forman nuestra realidad. Y a ella me remito. A lo largo de décadas el CIDE ha publicado centenares de libros sobre México y sus problemas y miles de ensayos en revistas especializadas nacionales y extranjeras, además de formar miles de jóvenes que, proviniendo, en gran número de casos, de familias de escasos recursos, han mejorado su posición social y han enriquecido profesionalmente la administración pública, la economía y el conocimiento científico de este país. Sin embargo, recordar lo anterior en estos momentos parece vano frente a la embestida institucional que nos mira como una cueva de conservadores elitistas que se resisten al progreso y a los genuinos intereses populares. Una retórica primaria y la más burda deformación de la realidad van juntas con la violación de la normativa establecida (del Conacyt y del CIDE) teniendo  el objetivo de acorralar el propio CIDE y amenazar su misma existencia. Una ideología rudimentaria con todo el apoyo gubernamental a sus espaldas se descarga contra uno de los centros académicos que más prestigio han dado a las ciencias sociales mexicanas. Se nos ha metido a golpe de ukase en una guerra santa: los representantes del pueblo verdadero contra una elite sórdidamente conservadora. Esta es la apariencia establecida oficialmente; la verdad naturalmente está en otra parte. El hecho concreto es que el CIDE ha sido y es un centro vivo de investigación crítica y plural y eso resulta intolerable para quienes se presentan como expresión de una verdad única e incuestionable. El prestigio asociado a una visión analítica y crítica, que el CIDE encarna a pesar de sus pequeñas dimensiones, es una piedrita fastidiosa en los zapatos de los portadores de la verdad revelada.

Esta institución pasó por varias etapas recorriendo un camino no siempre plano y rectilíneo, pero sobrevivió mejorando sí misma hasta llegar a ser una razón de orgullo para las ciencias sociales de México. Y ahora, de pronto, se encuentra bajo el fuego cruzado de falsas acusaciones de neoliberalismo, conservadurismo, elitismo y toda la retahíla de una insolente sinrazón montada sobre una ideología (expresión probablemente desproporcionada en el caso en cuestión) hecha de palabras en libertad y  tan inconsistente como iracunda.

Es obvio que, como en toda institución académica plural, hay en el CIDE estudiosos científicamente conservadores, o sea, ligados a viejos esquemas de pensamiento. “Neoliberales” dicen nuestras ilustradas autoridades olvidando que en el pensamiento económico (y no sólo) existe desde siglo y medio una hegemonía del pensamiento neoclásico (con una microeconomía, para limitarnos a un aspecto, basada en ideas falaces como la soberanía del consumidor y similares). Este pensamiento tiene naturalmente el derecho de existir pero convive en el CIDE con economistas que se mueven sobre otras pistas de reflexión, con estudiosos del derecho, de la administración pública, de las relaciones internacionales y otras disciplinas que expresan una rica variedad de diferentes corrientes científicas. Esta es la simple realidad que nuestras autoridades deforman conscientemente o por incapacidad para percibir la fecunda diversidad de la reflexión social contemporánea. Sólo en derecho y administración pública, en el sexenio pasado, nuestros investigadores desarrollaron duras críticas al régimen priísta y a sus usos y costumbres corruptivos y de ineficiencia normalizada. En el CIDE se crearon la Red de Rendición de Cuentas que agrupaba decenas de organizaciones académicas y de la sociedad civil para diseñar una estrategia consistente contra la corrupción endémica en este país y el Laboratorio Nacional de Políticas Públicas para el estudio de fórmulas más eficaces de las políticas públicas. Además de variedad de entes estructurados de colaboración y asesoría ligados a diferentes organismos del Estado; incluido cursos de capacitación para altos mandos de la policía. Pero, a los ojos de nuestras autoridades actuales -cuya objetividad y sofisticación intelectual no son exactamente ejemplares- todo esto es “neoliberalismo”, marca infamante que nos condena irremisiblemente. Por consiguiente, el pecado (inventado)  debe ser extirpado en nombre del pueblo y la salud espiritual de la nación. Difícil encontrar una deformación de la realidad tan transparentemente malévola. Han llegado los nuncios de la verdadera fe y todo aquello que no embona con ella debe ser desterrado como una impiedad producto de la conspiración de fuerzas oscuras, obviamente conservadoras. Maniqueísmo, paranoia, indigencia cultural y fanatismo ideológico se mezclan formando un bloque tan seguro de sí mismo como virtuosamente obtuso.

¿De dónde viene tanta ofuscada certidumbre? De autoridades compuestas por ex priístas que dieron el salto hacia el nuevo hombre fuerte, de marxistas-leninistas que nunca asumieron los daños al bienestar y a la cultura, para no mencionar la democracia, que sus dogmas produjeron en el siglo XX y de legiones de oportunistas que, con un nuevo cambio de piel, se presentan ahora como encarnación de los verdaderos intereses del pueblo. Esta es la santa trinidad, la union sacrée, que amenaza el espíritu de libertad científica y pedagógica y la misma existencia del CIDE.

Nos enfrentamos a un fervor iconoclasta que se nutre de injurias provenientes de bots en redes sociales organizados en las altas esferas del poder y del fanatismo de leones del teclado que saturan las mismas redes con infundios e indecencias rabiosas provenientes de sus propias frustraciones ahora bendecidas por una causa sagrada. Hostigamiento institucional y furia social teleguiada corresponden a una irracionalidad frenética que hace pensar en otros momentos históricos cargados de intolerancia y fanatismo salvífico.  

El CIDE tuvo (en una mezcla de suerte y virtud propia) directores de calidad y equilibrados como, por ejemplo, Carlos Bazdresch (un economista conservador que supo hacer convivir estudiosos de diversas orientaciones), Enrique Cabrero y Sergio López Ayllón. Personalidades respetadas por la comunidad y respetuosas de sus normas y procedimientos formales. Y de pronto se nos envía un director que nos considera una cofradía de heréticos que deben ser redimidos de sus pecados a golpe de remociones y despidos para alinearnos a la corriente política hegemónica. Como si el CIDE tuviera que ser una asociación de feligreses o una escuela de partido. Un nuevo director cuya devoción acrítica a las consignas que vienen de arriba le ha ganado el repudio prácticamente unánime de la comunidad y que, para mejorar el cuadro, fue nombrado torciendo las normas vigentes tanto del Conacyt como del CIDE. Una especie de comisario político de vago talante soviético. Un economista que, de golpe, como San Pablo en el camino a Damasco, resultó iluminado por la nueva fe y ya no puede formular una idea completa sin nombrar al “pueblo” como la razón central de sus desvelos.

El CIDE está al borde del abismo, el lugar donde autoridades políticas y científicas nacionales lo pusieron para descargar sus rencores contra una institución académica digna cuyos estudiantes y maestros no están dispuestos a participar en la vulgar comedia de exorcismo para erradicar el demonio neoliberal de su seno. Una institución académica, que alcanzó altos niveles de dignidad científica reconocida dentro y fuera del país, corre ahora el riesgo de desaparecer o de convertirse pedazo a pedazo en una insignificancia científica al servicio del poder político.

Si alguien tuviera dudas sobre lo que significa el subdesarrollo (para usar una palabra no libre de ambigüedades), lo que está ocurriendo en el CIDE debería despejarlas. Subdesarrollo es la imposibilidad de construir instituciones creíbles, eficaces e independientes del hombre fuerte de turno. La clave no es la salud, eficiencia y autocontrol de las instituciones sino la virtud del gobernante bondadoso que en nombre de ideales superiores reconstruye el mundo (por así decir) según sus humores y frecuentes tosquedades culturales. El subdesarrollo es ese camino eternamente escarpado donde no es infrecuente toparse con variedad de profetas además de gobernantes conservadores conformes con sociedades e instituciones desgarradas que les garantizan privilegios democráticamente impresentables. Ahora nos toca vivir el tiempo del profeta después de décadas de líderes conservadores impúdicamente disfrazados de revolucionarios. Nos ha alcanzado el tiempo de la certezas incuestionables en cuyo nombre es legítimo destruir (para el bienestar del pueblo, ¡más faltaría!) todas aquellos pequeños o grandes avances que, a pesar de todo, se cumplieron en los últimos años. El CIDE es uno de esos progresos que deben ser sacrificados en el altar de una nueva fe que no tolera el debate, la pluralidad y que, en contra del pensamiento único, construye su propio, irrefutable, pensamiento único. Frente a esta furia iconoclasta disfrazada de voluntad redentora, la idea misma del progreso se tambalea.

Queda una tenue esperanza que nuestras máximas autoridades entiendan a tiempo el desatino que están cumpliendo, pero las probabilidades son pocas. Cuando una ideología primaria te hace viajar a 300 kilómetros la hora no es fácil cambiar la dirección de marcha. Por cierto, hasta ahora nunca ocurrió.   La otra esperanza que nos queda es que algún día los estudiantes del CIDE, cuyas carreras y cuyas perspectivas profesionales son puestas ahora en entredicho, habiendo aprendido la lección de los daños del populismo, puedan reconstruir aquello que hoy está amenazado de muerte. Una institución académica que requirió casi medio siglo para consolidarse y presentarse a México y al mundo con la fuerza de su dignidad científica y con la capacidad de ser un instrumento de movilidad social para sus alumnos, corre hoy el riesgo de ser demolida bajo los golpes de un voluntarismo intolerante y una ideología inconsistente –mezcla de santitos sacados de la billetera, marxismo-leninismo y priismo remozado (y ni tanto)- como clave de redención patriótica. Cosas veredes decía el clásico.

Publicado en México