Cero y van tres

10 enero, 2019

De dónde venimos

Cualquiera que sea el juicio sobre las cualidades políticas e intelectuales de Amlo, e incluso descontando su pasado priista cruzado con tramas cortesanas, maniobras corporativas y demás (¿quién es políticamente impoluto en un país gobernado a lo largo de casi un siglo por un solo partido?), no nos queda que desear viento en popa a la presidencia que se acaba de inaugurar. En un país normal, sería parcialmente lícito desear cierto grado de infortunio al gobierno en turno de parte de las oposiciones. La mala suerte del gobierno en funciones abriría las puertas a la alternancia. Pero México no es un país “normal”. Aquí se ha formado a lo largo de muchas décadas una tupida trabazón entre elites económicas, clase política, dirigencias sindicales, políticos locales, administradores públicos más intrigantes que capaces que, un ladrillo tras otro, ha construido uno de los países más desiguales y peor administrados del mundo entre aquellos con comparables niveles de ingreso.

Para entendernos, si consideramos los trece países del mundo con similares ingresos per cápita al nuestro y para los cuales se disponga de datos comparables, solo tres son más desiguales (índice de Gini) y sólo dos tienen una peor administración pública (índice de percepción de la corrupción). Tanto para entender donde nos han llevado décadas de un partido casi único y tanta retórica revolucionaria. Y, para mejorar el escenario desde un cuarto de siglo somos uno de los dos o tres países de menor crecimiento económico de América Latina. ¿Hay o no de que preocuparse? ¿Cómo se sale del berenjenal de un país amarrado a lo peor de sí mismo? ¿Será posible salir de este berenjenal donde la injusticia ha alimentado una ineficiencia que ha enraizado rigideces, impunidad y desequilibrios produciendo un nudo gordiano, hasta ahora inextricable?

Dos intentos fallidos

Hubo un primer intento desde el 2000, con el presidente Fox, no sólo de sacar el PRI del poder sino de desmontar el sistema priista de corporativismo, presidencialismo sagrado y partido casi-único. Y fue un fracaso. Fox no tenía fibra de  hombre de Estado, no tenía mayoría en el Congreso y no disponía de una clase política capaz de sostenerlo. Primer intento y primera frustración. El segundo intento vendría con    Calderón. Otra vez el PAN. Evidentemente, los mexicanos no querían renunciar a cambiar las cosas a pesar del primer intento malogrado. Pero, otra vez, las reformas de amplio espectro no llegaron y con una criminalidad aterradora y virtualmente descontrolada, volvimos al PRI como a un refugio de mentiras consoladoras. ¡Qué se hace cuando se está desesperados! Y nuevamente la realidad se impuso: el PRI es el PRI y no podía reinventarse y mucho menos bajo la guía (es un decir) de un joven electoralmente atractivo pero sin las menores intenciones y capacidades de reformar el sistema que lo había llevado a la cumbre. Y aquí estamos ahora, al tercer intento de construir las bases económicas e institucionales de una sociedad menos desigual y más institucionalmente decente de la que el antiguo partido gobernante nos deja.

Y la pregunta es inevitable: ¿aguantaría México un tercer intento  frustrado sin caer en la inestabilidad política, en soluciones al estilo Bolsonaro o, incluso, en la tentación de poner a los militares en la cabeza del Estado? Para no hablar de un segundo renacimiento del PRI: un abanico de pesadillas. Naturalmente nada de eso es inexorable, pero súbitamente en la historia mexicana estas hipótesis se vuelven posibles. Así que mirando a mediano plazo no faltan motivos de preocupación. Que nos guste o no, Amlo podría ser nuestro último salvavidas antes de un horizonte cargado de nubarrones. No es posible vivir generaciones frente a una puerta virtualmente cerrada para mitad de la población que, para burla, lleva una escrita luminosa con la palabra Revolución. En otros países de este continente, frente a situaciones sociales similares, hubo en las últimas generaciones golpes, enfrentamientos armados, ciclos populistas y variedad de formas de inestabilidad política e institucional. En síntesis, estamos condenados al éxito de este tercer intento (después de Fox y de Calderón)  a pesar de los límites de sus protagonistas políticos actuales y de los aires de otros tiempos que siguen arrastrando consigo.

Retos de un tercer intento

Una tarea imponente: reactivar la economía y reconstruir las instituciones. Es obvio que el país no podrá salir de su atraso histórico en un sexenio pero, para evitar mayores infortunios a mediano plazo, necesita dar señas de un cambio de rumbo sostenible en los dos terrenos, el económico y el institucional. Me limito a algunas generalidades, a los aspectos más macroscópicos en términos de los retardos que México necesita subsanar frente a los países a los cuales general y vagamente llamamos avanzados.     

En lo económico este país necesita desarrollar una política de distritos industriales donde pequeñas y medianas empresas establezcan encadenamientos recíprocos capaces de impulsar especialización, productividad y empleo a escala regional o local. La alternativa es emigración, mercados anémicos y criminalidad. Se trata de recurrir en la mayor medida posible a los recursos naturales y humanos disponibles localmente impulsando tramas intersectoriales hoy laxas o inexistente. Para lo cual se requiere una inteligencia general articulada en el territorio y capaz de contar con una administración pública eficiente que pueda sostener grandes esfuerzos infraestructurales y de apoyo financiero a la actividad de empresas potencialmente competitivas. De ahí que el combate a la corrupción no pueda reducirse teatralmente al recorte (si bien necesario) de algunos sueldos públicos escandalosos. El sistema corruptivo mexicano es infinitamente más complejo y tenaz que los sueldos de generaciones de vividores. Pero reconozcamos la primera dificultad: afirmar el principio de la meritocracia y de la eficacia significa, entre otras cosas, golpear duramente a la propia clientela política, imponer el principio que el Estado está por encima de las camarillas y especialmente de aquellas del partido gobernante. De no ser así, cualquier ingeniería de política económica está destinada a desmoronarse. 

Insuflar en la sociedad una nueva oleada de confianza en las instituciones supone costos políticos sin los cuales las inversiones privadas seguirán estancadas y las públicas seguirán perdiéndose en miles de riachuelos donde la política es acceso a la riqueza, saqueo normalizado con el complemento de la impunidad.

¿Será Amlo capaz de guiar la reforma de un sistema tan íntimamente corrupto desde hace tanto tiempo? Y aquí el neoliberalismo tiene muy poco que ver. ¿Acaso Miguel Alemán (cuatro décadas antes de Salinas) era un campeón de virtud y honestidad republicanas? ¿Tendrá Amlo la lucidez necesaria y los colaboradores a la altura de la tarea? Personalmente (por lo que vale mi opinión) tengo mis dudas. Sobre lo que no tengo dudas, es que si México (su sistema político y su estructura económica) siguieran como ahora, nos esperan desgracias peores de las actuales, aunque no sean fáciles de imaginar. Moraleja: estamos obligados a ser optimistas y  estamos forzados a recordar cada día a nuestro presidente  que su responsabilidad no consiste en insustanciales conferencias mañaneras. Él no tiene que demostrar que trabaja mucho; tiene la responsabilidad de saber cuáles son nuestros mayores obstáculos a una vida social y políticamente decente. Tiene el deber de la lucidez y de la determinación.  

Publicado en México