Causas y prioridades (en mi opinión)

28 diciembre, 2018

Para no ser tremendista me limitaré a decir que estamos hecho un desastre. Y no es un chascarrillo. Y no hablemos de lo político-institucional, territorio lodoso que evitaremos en esta ocasión. Limitémonos a pocos datos relativos a la economía para tener una idea del descalabro vivido en el último cuarto de siglo (1991-2017) e incluso más allá.

Comencemos con la productividad (producto por ocupado). En el periodo en cuestión la productividad en México ha quedado virtualmente inalterada registrando un amento absoluto de apenas 0.6%. En los países de la OCDE (incluyendo a México) el aumento ha sido 6 veces superior. O sea, en el medio de la aceleración científico-tecnológica de nuestro tiempo, México ha mostrado una alarmante parálisis relativamente a sus principales competidores mundiales. Y por piedad de patria dejemos a un lado India, China, y Corea del sur cuya productividad ha crecido en el periodo en cuestión bastante más que el promedio de la OCDE. ¿Por qué el letargo de la productividad en México? Digámoslo Enumeremos en apretada síntesis las causas mayores. Debilidad de las inversiones, estrechez del mercado interno (que imposibilita la rentabilidad en el uso de equipo cuyo uso requiere grandes volúmenes de demanda doméstica para resultar ventajoso), debilidad del sistema de crédito bancario a las inversiones productivas, incertidumbre sobre el sistema legal encargado de la resolución de la controversias, debilidad de las infraestructuras de comunicación y transporte, escasa disponibilidad de mano de obra capacitada. Y esas son solamente las fallas mayores. Dejemos de lado los caciquillos locales, la corrupción y demás.      

En lo que concierne a la capacidad de generar ahorro doméstico, en 2017 México llega al 23% del PIB y es de ahí de donde viene la mayor parte de la capacidad para financiar las inversiones del país. De paso los países de mediano ingreso (a los cuales México pertenece según el generoso criterio del Banco Mundial) registran en media una tasa de ahorro doméstica de 32%. Otra demora. En una sociedad en que la mayoría de la población llega (cuando llega) a un nivel de vida de subsistencia precaria es obvio que ahorrar es un ensueño macroeconómico para decenas de millones de personas.

Ampliemos ahora la mirada a las últimas seis décadas (1960-2017) y usemos como instrumento de medición el PIB per cápita. En 1960 el mexicano representaba 22.4% del estadounidense, en 2017 la cuota se ha reducido al 18.9% (en dólares constantes). O sea, en el largo plazo, en lugar que reducirse, las distancias se amplían con nuestro vecino. Y para no dejar dudas, registremos que lo mismo vale en referencia al conjunto de los países de la OCDE, donde en las mismas fechas, pasamos de 33.6 a 25.6%. Moraleja: en lugar que acercarnos nos alejamos.  

Digámoslo brutalmente, si un país quiere salir del atraso necesita correr más a prisa que los países que le llevan la delantera. Esta es la historia que nos cuentan Alemania, Dinamarca, Suecia y Japón entre fines del 800 y comienzo del siglo sucesivo y la misma historia nos cuentas Corea del Sur, Taiwán, China y otros un siglo después. Bien, en México desde hace ya muchas décadas ocurre exactamente lo contrario: en lugar que acortar distancias con los delanteros las ampliamos. 

¿Es excesivo hablar de desastre? Productividad estancada (lo que significa no poder competir en el exterior y no poder defender el propio mercado interno), salarios altamente polarizados y sobre los mínimos es mejor tender un velo de piedad, una aguda polarización de ingresos entre norte y sur del país, una agricultura que en promedio tiene niveles de productividad alrededor de 6-8 veces inferiores a los países desarrollados (con consiguientes mercados locales depauperados, desempleo y demás), una abismal desigualdad del ingreso que sería incivil en cualquier parte y más en un país  “revolucionario”, una baja tasa de ahorro con la que resulta estrecha la base interna para financiar las inversiones, un sistema educativo (que prepara la mano de obra del futuro) donde el país estaba entre los peores del mundo en aprovechamiento científico (en 2015 el lugar 57 de 69 países). El problema no es la suma de cada uno de los problemas indicados sino la interdependencia recíproca que convierte cada uno de ellos en factor de agudización de todos los demás. Ahí estamos. ¿Cómo se sale de este embrollo? Comencemos con decir que no se saldrá en poco tiempo. Las fórmulas mágicas pertenecen al mundo de los cuentos para niños, desafortunadamente. Pero, añadamos, salir del atraso tampoco requiere tiempos bíblicos. La experiencia histórica nos demuestra que los casos exitosos en que países atrasados pusieron emanciparse de su atraso, requirieron entre dos y tres generaciones, digamos 40-60 años. Lo que en términos históricos es corto plazo. Como he dicho en otra parte (y por mi vergüenza tal vez más de una vez) si el atraso es un castillo, es un castillo que cae por asalto, por sitio no hay forma de derribarlo considerando su resiliencia, su capacidad para restablecer sus estructuras portantes que puedan ser afectadas por mutilaciones transitorias.         

Volvamos a la pregunta. ¿Cómo se sale? No busquemos aquí la respuesta en la teoría económica sino en la historia económica de los casos exitosos del pasado lejano y cercano. Una primera enseñanza es que no ha habido históricamente experiencias de salida del atraso sin un desarrollo agrícola capaz de reducir las distancias entre agro y ciudad, entre agricultura e industria, entre bienestar rural y urbano. Sin agriculturas prósperas no se desarrollan mercados locales integrados entre sí y en su propio interior, no se desarrolla un espíritu empresarial endógeno, no se aumenta aquel empleo que permite el incremento de los salarios que a su vez empuja hacia mayores niveles de productividad. Traducido en términos bíblicos vendría la tentación de hablar de primer mandamiento.

Sobre los otros nueve hablaremos en otra ocasión. Habría que señalar la importancia del comercio exterior y del aprendizaje tecnológico que de ahí proviene, del financiamiento al desarrollo a través del mercado de capitales y bancario, etc., pero concluyamos aquí con un segundo factor que tiene probablemente una importancia comparable al desarrollo rural. Me refiero a la dinámica social: sólo una sociedad capaz de organizarse en grupos de interés subordinados al capital es capaz de forzarlo a la innovación y a la renovación de sus tecnologías y formas de organización. Una sociedad con escasa capacidad de hacer valer sus intereses frente al capital tiende a transmitirle rasgos rentistas que reconfirman el atraso en variedad de formas. Cierto es que lo anterior valió más en Suecia que en Japón, más en Dinamarca que en Alemania, o sea más en situaciones democráticas que autocráticas. Pero ¿vale la pena sacrificar la democracia (por tan endeble que sea en nuestro subcontinente) en nombre de un más que dudoso resultado positivo en términos de desarrollo? ¿Cuáles dictaduras han llevado algún país latinoamericano fuera del atraso? Aunque, por honestidad intelectual habrá que añadir: ¿cuáles democracias han producido este resultado entre nosotros? Lo único cierto es que el camino democrático, dejando de lado las consideraciones económicas, es ciertamente menos doloroso que el otro.     

Publicado en México