Bajar al infierno sin (casi) enterarse

29 enero, 2019

No existía ninguna cosa insensata que no pudiéramos vivir de manera natural
Imre Kertész, Sin destino, 1975.

Si le dijera toda la verdad no resultaría verosímil
Saul Bellow, La víctima, 1947.

¿Qué relación puede haber entre un escritor húngaro muerto hace poco y el México de hoy? ¿Entre la experiencia del primero en los campos de concentración nazi y la realidad del crimen organizado en el México de nuestros días?

El escritor húngaro es Imre Kertész (Nobel de literatura en 2002). Desde los 15 años este adolescente comenzó su recorrido por distintos campos de concentración nazi (Auschwitz, Buchenwald y Zeitz) y mucho después publicó su primer libro (Sin destino), en 1975, relatando su experiencia. De regreso a Budapest, los parientes, generosos en consejos, lo alentaban a olvidar su experiencia para comenzar una nueva vida. Y él, entre confundido y obcecado, respondía: ¿Cómo se hace? ¿Cómo se borra la memoria? Al mismo tiempo todo mundo le pedía que contara los horrores de los campos por los que había pasado y quedaban pasmados frente a respuestas que resultaban intolerables para sus oyentes. El joven Imre contestaba que él no había visto ningún “horror” y que en los campos penurias, hambre y asesinatos eran naturales.

Intenté explicar lo diferente que es, por ejemplo, llegar a una estación [Auschwitz], si no lujosa, por los menos aceptablemente limpia y cuidada donde cada cosa se nos va esclareciendo con el tiempo; poco a poco, de manera gradual, pasas un nivel, y cuando ya lo has pasado viene otro y otro, y entonces ya lo sabes todo, lo has asimilado todo…Sin embargo si no existiera este orden temporal, y todo el saber, toda la información nos llegara de golpe, quizá nuestra mente y nuestro corazón no lo aguantarían.

Pero pocas veces el conocimiento llega integro y de golpe. Si fuera así muchas cosas serían más reconocibles y habría más posibilidades de reaccionar para evitar lo peor que viene en camino. En el caso del joven Kertész, lo peor vino gradualmente, como para darle el tiempo de adaptarse. A personas y sociedades ha sucedido lo mismo incontables veces en la historia del mundo: acostumbrarse al horror hasta dejar de verlo. La barbarie que se vuelve parte del paisaje.

Hay una escena desgarradora descrita por Kertész acerca del aprendizaje que llega siempre tarde: el tren de los deportados judíos en que él viaja y que va hacia la muerte en Auschwitz arriba a la estación ferroviaria y los guardias ordenan a la masa humana abarrotada en los vagones de bajar para encaminarse hacia el campo. Y las mujeres, que no conocen el destino que las alcanzará de ahí a poco, comienzan a “peinarse, asearse como podían, ponerse guapas”. ¿Cómo no entender a Primo Levi cuando decía: “Existe Auschwitz, por lo tanto no puede haber Dios”? Siempre estamos solos e inadecuados frente al tiempo histórico que avanza (o retrocede).

No es sólo la “banalidad del mal” de la que hablaba Hannah Arendt, es la naturalidad con la que los seres humanos a menudo nos adaptamos a lo peor que poco antes nos habría parecido intolerable. Y aquí entra el México de nuestros días; un país donde, poco a poco, se ha incrustado una barbarie que termina por convertirse en parte de un escenario que gradualmente se normaliza, se vuelve “ordinario”. Antes, desde lejos, fueron políticos corruptos, después sindicalistas millonarios, gobernadores que se apropian de los recursos destinados a escuelas y hospitales, burócratas voraces y, cerrando el círculo, casi como una necesidad lógica, una criminalidad organizada que siembra el país de cadáveres martirizados y hoyos negros donde seres humanos reales desaparecen del mundo como si nunca hubieran existido. Lo inimaginable que se materializa casi imperceptiblemente, poco a poco, hasta llegar a la actualidad con la marca inaudita de más de 80 asesinatos al día.  

Otra vez: paulatinamente, a golpes de impunidad, corrupción, ineficacia pública, el monstruo criminal ha crecido, se ha esparcido amenazando con postrar el país en un atraso (mezcla de corrupción, demagogia, injusticia, miseria e impotencia reformadora) aún peor que el conocido hasta ahora y sepa dios por cuántas generaciones futuras. Veamos la aritmética elemental de nuestra barbarie corriente.

México ha experimentado desde los años 40 una reducción continua de la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes, pasando de 67 hasta poco menos de 10 en 2007. Desde entonces, contrastando la tendencia previa, hemos subido abruptamente a 26 en 2017. En América Latina, sólo Brasil, Venezuela y algunos países de Centroamérica tienen valores mayores a los nuestros. Una tasa que es tres veces mayor al promedio mundial, por no hablar de Asia donde se encuentra en 3.2 o en Europa en 2.5. Y lo mismo ocurre con los feminicidios que pasan de poco más de mil en 2007 a más de 2,700 en 2016. Sin olvidar que vivimos en un país con más de 30 mil desaparecidos y un número similar de homicidios sólo durante el año pasado.   

Y lo peor, volviendo a Kertész, es que nos estamos acostumbrando a vivir con esta barbarie cotidiana. La sociedad mexicana se está amoldando al miedo y a la contracción de sus libertades de movimiento y de opinión. Entre tanto tenemos el mismo número de periodistas asesinados que Afganistán. Y con el anterior gobierno priísta, la inacción (o algo muy cercano a ella) se afirmó por la necesidad de evitar tensiones intrainstitucionales, revelar complicidades y desestabilizar el sistema.

La criminalidad organizada es el temblor que evidencia la fragilidad de gran parte de instituciones mexicanas que creíamos autoritarias y sólidas. Hoy descubrimos que sólo eran autoritarias. Además, los remezones a la convivencia colectiva que vienen de una criminalidad poderosa tienen la capacidad para afectar el desarrollo económico del país e incrustar aún más la desconfianza social hacia las instituciones públicas. La gente tiende a no denunciar los crímenes en este país por dos razones básicas: por desconfianza en la autoridad y por miedo a perder tiempo inútilmente. Y así aquello que no tiene remedio se vuelve natural.

El nuevo gobierno parecería haber entendido que el problema requiere medidas substanciales para ser enfrentado con alguna eficacia. Sólo quedan dos dudas. La primera es que la anunciada Guardia Nacional sea parte de los cambios escenográficos sexenales con los cuales cada nuevo presidente promueve iniciativas de gran visibilidad y con alta probabilidad de no conducir a ningún lado. O sea, la política de anunciar novedades destinadas a disolverse en la inconsistencia habitual de las instituciones. La segunda duda proviene de la capacidad real para reformar organismos institucionales con gran capacidad de resistencia al cambio. ¿Tendrá este gobierno la solidez y determinación para vencer estas resistencias? Una lucha eficaz a la criminalidad pasa por la reconstrucción de la coherencia sistémica y la credibilidad del Estado. De no ser así habremos dado un paso más en el camino de la “naturalización” del crimen como parte de nuestras vidas. El miedo y la impotencia como rasgos de una sociedad sin capacidad real de cambio. Deseémosle suerte al gobierno esperando que esté a la altura del reto que tiene en frente. Antes que el crimen organizado se vuelva parte del escenario y deje de ser visible intoxicando lo que nos queda de civilidad.

Publicado en México