Armas de distracción de masas

1 abril, 2019

¿Para qué fue elegido presidente de México López Obrador? Formulo algunas hipótesis. Para que este país superara un prolongado ciclo histórico de simulaciones revolucionarias y enriquecimientos inexplicables. Para enfrentar con eficacia una criminalidad cada vez más brutal y ramificada y para iniciar la construcción de instituciones creíbles y efectivas. Se puede discutir sobre la cuota que una cosa u otra jugó en conseguir la victoria de Amlo. Pero sobre una cosa no hay duda: no fue elegido para que usara armas de distracción de masas como exigir disculpas al gobierno español por la Conquista de 500 años atrás. Si las disculpas llegaran no vendrían mal pero, ciertamente, no es este un tema en la agenda de las prioridades dramáticas del México de la actualidad. El presidente sabe que el asunto es sensible en un país donde el nacionalismo retórico ha sido parte esencial de la hegemonía cultural priísta por mucho tiempo. Cabalguemos entonces el tigre que los antecesores nos dejaron. El costo es mínimo y el beneficio de legitimación puede no ser despreciable.

Mientras el priismo seguía la tradición porfiriana de instituciones con muy escaso control social, contribuía a forjar una cultura popular en que el partido se erigía -al margen de fingimientos y rapacerías grandes y pequeñas- en el representante supremo del México tanto antiguo (indígena) como moderno (mestizo). Un asunto axiomático: México es el PRI y el PRI es México. No había alternativa y no podía haberla. El partido se asumía en símbolo del rescate de las injusticias y violencias sufridas secularmente por los habitantes de este país. Y como en todos los asuntos humanos había en esto una mezcla de medias verdades y falsedades completas.

Sobre una cosa no podía haber dudas: la brutalidad de un manípulo de 500 españoles ansiosos de riquezas y dispuestos a todo para conseguirlas. Las dudas venían de una representación angelical del mundo mesoamericano previo a la Conquista. Mesoamérica no era el paraíso terrenal que la inopinada aparición ibérica destruyó. Los aztecas conquistaron un poder imperial a golpes de crueldades y artimañas no menores a la de los españoles; los sacrificios humanos (que venían de lejos) pronto se convirtieron con ellos en una costumbre de dimensiones industriales que tendía sobre toda la población una nube espesa de pavor interiorizado: una inhumanidad aceptada y tolerada por dictado divino. A menos que alguien crea que ver sacrificado, en ocasiones, a los propios hijos pequeños produzca, en cualquier tiempo y civilización, alguna especie de regocijo identitario. Pero en la cultura nacional-priísta, todo esto era virtualmente irrelevante gracias al siguiente refinado argumento: eran sus costumbres. Estas tierras, a pesar de una arraigada tradición negacionista, no era un edén comunitario sino una civilización (como todas las civilizaciones) compuesta por grupos sociales privilegiados y explotados, en este caso bajo una casta de sacerdotes-carniceros que hacían del terror un arma de legitimación. Y si nos alejamos del valle de México encontramos a los zapotecas (el libro con este título de Joyce Marcus y Kent Flannery del Fondo de Cultura Económica es un extraordinario testimonio antropológico de una de las mayores culturas mesoamericanas) que vivían en estado de guerra permanente entre aldeas vecinas para la apropiación de recursos ajenos y de victimas para los sacrificios humanos. Y, más al sur, ¿cómo evitar reconocer la destrucción ambiental que llevó la cultura maya a su decadencia a pesar de la retórica sobre el supuesto cuidado de la naturaleza de las poblaciones indígenas? Pero había que construir un mito de pureza originaria contra la perversión ibérica y los detalles estorbaban. En una escala más reducida, pero con una pasión arrolladora no menor, hizo lo mismo Hugo Chávez con Simón Bolívar. En otro ciclo histórico lo dijo Bertold Brecht: los pueblos necesitan héroes (o ídolos), por su desgracia. A lo cual podríamos añadir que ningún orgullo libre de cierto grado de vergüenza es un orgullo verdadero. Los seres humanos nunca fuimos angelicales. Y quien lo olvida, se miente a sí mismo.

El presidente de México tiende a dejar de lado que sobre una incuestionable violencia antigua venida de afuera surgió una nación nueva tanto del punto de vista territorial como de la mezcla de culturas y sangres de sus habitantes. Los maniqueísmos secularmente rezagados sólo reiteran una cultura popular-priísta destinada a remover las incomodidades del propio pasado ancestral.   

Además, han pasado 500 años. Frente a este argumento una colega de trabajo me preguntó ¿Por qué, acaso el tiempo cuenta? Obviamente. Los alemanes tuvieron que disculparse en varias ocasiones por el holocausto que los nazis cumplieron y cuyas heridas seguían sangrando todavía algunas generaciones después. Y lo mismo hicieron, con reluctancia, los japoneses por las brutalidades cometidas antes y durante la Segunda Guerra Mundial en China y en Corea. Pero, ¿es lo mismo 500 años después en un país donde sangre indígena y española han terminado por cruzarse hasta constituir un pueblo nuevo? Si el tiempo no contara, pocos pueblos podrían evitar aparecer en el banquillo de los acusados desde Mesopotamia hasta el presente. Tendríamos que exigirles a los romanos sus disculpas por haber invadido las Galias dos mil años atrás y con métodos no propiamente humanitarios. Y después exigirle disculpas a los franceses por haber invadido Italia tanto en tiempos de Francisco I (por no hablar de Carlos V coronado rey de Italia en 1530) como en tiempos de Napoleón. Pero la cuenta no terminaría ahí porque habría que exigir disculpas a los italianos (en realidad a Mussolini) por haber cobardemente agredido a Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial cuando Alemania ya había atacado a Francia y la victoria militar alemana estaba asegurada. ¿Y cómo se haría la ceremonia de las disculpas cruzadas, en una sola ocasión o en varias? ¿En el Palacio del Eliseo o en el Quirinale?

En ese enlace de excusas planetarias, habría que exigirles disculpas a los manchurianos por haber invadido y gobernado China entre 1644 y 1911 y todavía antes a los mogoles por haberlo hecho entre 1260 y 1368; tendríamos que exigirles disculpas a los descendientes de los antiguos tártaros por haber incursionado muchas veces en los territorios de la actual Rusia cubriéndola de sangre y fuego. Por no hablar de los arios que desde Persia invadieron hace 4 mil años el valle del Ganges, después de destruir la civilización del Indo, estableciendo ahí una nueva civilización portadora del sánscrito, el hinduismo y las castas. Y, por no hacer el cuento demasiado largo y marear la perdiz, tendríamos que retroceder hasta los límites del tiempo humano, y exigir disculpas al Homo sapiens por haber contribuido a la extinción de Homo neanderthal.

¿Para eso hemos elegido a Amlo? ¿Para esa clase de ejercicios de nacionalismo retórico retrospectivo? Y además como dice justamente Vargas Llosa, sobre cuyas opiniones políticas pocas veces concuerdo, Amlo se equivocó parcialmente en la dirección de sus exigencias de disculpas. Con igual razón habría podido dirigirlas a Madrid o a la Ciudad de México. ¿Quién ha mantenido en la miseria más abyecta y en la marginación los descendientes de los antiguos pueblos indígenas en el curso de los últimos dos siglos y sigue haciéndolo hasta el presente? ¿España o México? La respuesta es obvia pero la autocrítica está fuera de discusión.  

Señor presidente, le confieso que comienzo a experimentar cierta incomodidad por haber votado por Ud. algunos meses atrás. Hasta ahora no veo cambios de ruta sustanciales y sólo gestos más o menos simbólicos. Mi problema es que no había alternativa. El PRI, ni pensarlo después del espectáculo secular de corrupción, demagogia e impunidad. Su partido de origen, por cierto. El PAN tampoco después de dos sexenios en que mostraron su indisponibilidad a cambiar seriamente el sistema político mexicano. No quedaba que Ud. Y ahora tengo un presidente que despliega al viento un “nacionalismo indígena” anacrónico. De Ud. nos esperamos (yo me esperaba) una política capaz de cambiar la actitud de indiferencia retórica del Estado mexicano hacia el universo indígena. Me esperaba el comienzo de la refundación de un Estado donde los presidentes han sido tradicionalmente emperadores sexenales, me esperaba un diseño fundamentado de combate contra la pobreza. Y me esperaba, para concluir, que llamara frente a la justicia a los mayores responsables (políticos y non) por acciones de enriquecimiento ilícito e impunidad de tal manera que pudiera establecerse una frontera entre el México de ayer y el nuevo, para construir. Tal vez esperaba demasiado. Pero sólo han pasado algunos meses y obviamente es demasiado temprano para cualquier juicio, sin embargo, algunos indicios no son muy tranquilizantes.

La preocupación mayor es que la suya podría ser una presidencia más sin capacidad para torcer el rumbo de este país. Naturalmente espero que no sea así, pero comienzo a temer que la inercia podría imponerse sobre las buenas intenciones. Según una investigación de Carlos Carabaña por México.com, en los primeros cien días de su administración y evaluando la frecuencia de las palabras usadas en sus conferencias mañaneras, Ud. ha pronunciado 140 veces la palabra familia, y nunca las palabras homosexual o aborto (eso nos faltaba, una revolución mojigata); ha usado 81 veces la palabra homicidio pero sólo 7 veces el feminicidio y 1 (¡una!) la palabra narcotráfico. ¿Qué es eso sino ocultamiento de algunos entre los mayores problemas de México? ¿Dónde está la diferencia con el PRI? No se menciona el narcotráfico desde las altas autoridades del Estado, ergo el narcotráfico deja de existir; no se menciona el feminicidio, ergo el feminicidio se disuelve en los aires. ¿Me equivoco o esta fue la táctica del disimulo con que el PRI gobernó este país por generaciones?                  

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