Xi Jinping, otro emperador a la vista

8 abril, 2019

Nadie se escapa de su propia historia y China menos que otros, considerando su recorrido de 4 mil años de civilización. Si la atracción gravitatoria de los objetos depende de su masa, aquí la masa involucrada es gigantesca por la acumulación milenaria de tradiciones, costumbres y cultura. Mogoles y manchurianos, que dominaron el país por algunos siglos, tuvieron que adaptarse a las costumbres de un país culturalmente superior a ellos y con raíces mucho más profundas. En gran parte del mundo se hablan hoy idiomas impuestos por pueblos conquistadores (sólo es el caso de pensar en América y África); en China se sigue hablando el idioma de los ancestros de milenios atrás, con todas las consecuencias que de ahí se derivan en términos de una fuerte identidad y de la certeza de la propia pertenencia a una cultura milenaria. Estamos frente a una de las grandes civilizaciones de la historia mundial que, sin embargo, sólo en las últimas décadas ha adquirido rasgos de gran potencia. ¿Cómo cambiará el mundo en consecuencia de este hecho? 

Pocas cosas son de lectura unívoca y una de ellas es, justamente, China. Su vigorosa aparición en el escenario económico mundial, conjuntamente con la mejora sustantiva de las condiciones de vida de centenares de millones de chinos, ha creado oportunidades de desarrollo en el resto del mundo, pero, al mismo tiempo, ha acelerado la obsolescencia de las actividades de baja intensidad tecnológica en los países en desarrollo (y no sólo) mientras agravaba la arremetida contra equilibrios ecológicos globales ya precarios. Por otra parte, la consolidación en el poder de Xi Jinping ha afianzado el cuadro institucional levantando, sin embargo, el fantasma del retorno a una antigua tradición china: la centralización de todos los poderes en la figura de un emperador capaz de desestabilizar el país debido a la ausencia de contrapesos a su poder omnímodo. Mientras China era un gigante replegado sobre sí mismo, sus conflictos internos y sus delirios imperiales eran asuntos sin grandes repercusiones sobre el resto del mundo, pero con el aumento de su peso específico en la economía global, sus problemas internos dejan de serlo para proyectar sus sombras sobre el resto del planeta.        

Para tener una idea de las dimensiones involucradas consideremos el PIB a paridad de poder de compra en las últimas tres décadas. Esta medición permite tener en cuenta que un dólar gastado en China (debido a los menores precios en este mercado respecto a Estados Unidos) tiene un mayor poder de compra. Bien, en 1990 según el PIB a paridad de poder de compra (ppc) el peso específico de China en la economía mundial se limitaba al 3.6%. En 2017 este valor se ha multiplicado hasta llegar a más de 18%. En el mismo lapso de tiempo el PIB a ppc de Estados Unidos se contrajo relativamente, pasando del 20 al 15% del PIB mundial. O sea, si medimos la riqueza a paridad de poder de compra, desde hoy China es la mayor economía mundial. Para ser aún más claros: el PIB chino según el mismo criterio de medición es casi seis veces superior al ruso. Estos, los grandes números.

De ahí que los acontecimientos políticos internos a China se vuelvan hechos de relieve mundial. Y de ahí el interés en la figura de Xi Jinping. Digámoslo de otra forma: en la historia universal ha habido sólo dos grandes potencias hegemónicas a escala global (Gran Bretaña y Estados Unidos) y ambas, a pesar de sus bases democráticas internas, han acarreado en varios países consecuencias infaustas incluso de dimensiones seculares y me limito a mencionar la India. ¿Qué ocurriría si la hegemonía mundial pasara en algún indefinido momento futuro en manos de un sistema político de antigua (y persistente) tradición autoritaria?    

Desde fines de los años 70 del siglo pasado, el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, no solamente abrió la economía a la iniciativa privada, sino que la abrió al mundo y estableció simultáneamente dos criterios en el centro del sistema político chino: el retiro de los altos dirigentes del partido después de los 70 años y la limitación de la permanencia del secretario del Comité permanente del Buró político (máximo órgano de poder) a dos términos. A pesar de la matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmen en 1989 (y las dimisiones forzadas de las dos figuras destinadas a la sucesión de Deng y que parecían tener alguna, vaga, disponibilidad a la apertura política interna), los cambios promovidos por Deng en el terreno económico dejaban entrever alguna posibilidad futura de una paralela apertura al pluralismo político interior. Con la llegada al poder de Xi Jinping estas posibilidades se han esfumado en gran parte. En la reunión del Congreso Nacional del Pueblo del año pasado se removió el límite de los dos mandatos reformando la Constitución y permitiendo a Xi una permanencia indefinida en el poder que debería haber abandonado en 2023 como era previsto anteriormente. La decisión tomada por el Congreso Nacional del Pueblo obtuvo casi 3 mil votos a favor y sólo tres (heroicos) abstenidos.

Después de la trágica experiencia del poder ilimitado de Mao, se había abierto con su muerte una leve esperanza de que esta práctica de poder “imperial” no volvería a repetirse. El fanatismo ideológico con sus millones de muertos parecía haber inmunizado a China de la tentación de volver a entregar todo el poder a una sola persona y sin limitaciones. Se trataba de evitar que el emperador –confuciano, comunista o comunista confuciano-  juntara en sus manos tanto el poder político como una especie de poder moral incuestionable. En otros términos la fusión de dos poderes: el imperial y el de Gran Sacerdote tutor de la virtud colectiva. De ahí que resulte especialmente preocupante que en los últimos años decenas de universidades en el país hayan abierto institutos y departamentos dedicados al estudio del pensamiento de Xi Jinping. Otra vez el síndrome del rey sabio. Si antes de Xi era posible vislumbrar un nebuloso e incierto camino hacia una creciente apertura democrática interna, con él esa perspectiva se ha vuelto aún más brumosa.

Pero hay otras señales preocupantes que vienen de China, como el reforzamiento en la mayoría de las empresas privadas de comités del Partido Comunista que permiten vigilar que las decisiones empresariales sean conformes con los intereses del Estado (o sea, del Partido). Además del endurecimiento hacia Hong Kong y sus estrechos márgenes de libertad frente a Beijing y de la menor tolerancia hacia las ocasionales experiencias de organización sindical independiente, sobre todo en el sureste del país.             

En el terreno económico los espacios de libertad empresarial se habían limitado incluso antes de la llegada al poder de Xi. Una orientación que con él se conserva y profundiza. El problema comenzó a manifestarse con la crisis económica internacional desde 2008; desde entonces ha habido un cambio de ruta que ha implicado cierto grado de re-estatización de la economía. En varios casos el gobierno ha forzado empresarios privados a vender sus empresas al Estado o a aceptar una participación pública significativa. Lo que supone un riesgo ya que en el periodo de las grandes privatizaciones (digamos entre 1978 y 2004) la productividad del sector privado fue 2.5 veces mayor a la del sector público, con el consiguiente impacto positivo en la generación de empleo y en el desempeño exportador. Un mayor peso del sector público implicaría una ulterior reducción del crecimiento chino que ya se registra claramente a partir de 2011-2012. En efecto el milagro de un crecimiento económico del 10% llegó a su conclusión en 2010 y desde entonces, según datos oficiales, publicados por cierto con una creciente reticencia, el crecimiento parecería oscilar entre 6 y 7%.   

La nueva centralización del poder político en una sola persona está destinada a reafirmar el protagonismo casi absoluto del Partido Comunista y a reducir la confianza de los inversionistas en una progresiva liberalización con consecuencias negativas en la productividad y la creación de empleos. Y en este último aspecto, si añadimos a la escasez de servicios públicos de calidad (salud, educación, etc.) el envejecimiento de la población (que impone una mayor carga de asistencia social) y el menor dinamismo del empleo, podrían abrir un nuevo ciclo de agitación social destinado a toparse con la rigidez de un aparato político con poca o nula disponibilidad democrática. En este sentido el creciente protagonismo político de Xi Jinping es un factor de inestabilidad potencial en un país que, en distintas formas, demanda, después de la liberalización económica (hoy en ligero retroceso) mayores espacios de libertad política. En otros términos, la fuerza de Xi debilita la capacidad china de establecer un rumbo propio de democratización. Un factor de conflictos futuros de desarrollos impredecibles.       

Publicado en Internacional