Un cambio de época que se demora

5 febrero, 2019

Dos siglos atrás un gran pensador europeo (Karl Marx) formado entre una filosofía hegeliana que veía la historia como despliegue de un plan providencial donde los vencedores encarnaban el espíritu del mundo y un naciente pensamiento económico, que se creía científico, puso los cimientos de una nueva filosofía que, tal vez, podría calificarse hoy como idealismo científico, dos términos recíprocamente contradictorios que, sin embargo, han condicionado, como comunismo, la historia del siglo XX. Una seductora utopía moderna que ahí donde se volvió poder produjo retrocesos democráticos, o bloqueó una posible evolución en ese sentido, además de pocos, si es que algunos, progresos sociales. Una aventura secular que resultó tanto más atractiva cuanto más sus partidarios estaban lejos de los países en los cuales el experimento comunista se puso en práctica entre partido único, represión sistemática y una ideología de Estado compulsiva. Partido y Estado se volvieron las dos caras de un mismo mecanismo de control absoluto de la sociedad. No por casualidad, en la segunda mitad del siglo pasado, fue más fácil encontrar pensadores marxistas en el occidente de Europa que en los países donde el marxismo se había convertido en credo oficial del Estado.  

No se puede achacar toda la responsabilidad de lo ocurrido después de él al propio Marx, que, de cualquier manera, ha sido probablemente el mayor pensador social del 800, pero cierto es que gran parte de sus predicciones científicas se mostraron erróneas, desde la idea del empobrecimiento creciente de los trabajadores de los países occidentales, a la caída tendencial de las ganancias, desde la idea de una agricultura donde habrían desaparecido los pequeños propietarios en un irreversible proceso de proletarización hasta la predicción que el proletariado al poder (al que nunca llegó realmente) habría inaugurado un nuevo ciclo de la historia humana hacia más libertad y más bienestar.

Pocos estudiosos sociales han sido más acuciosos y penetrantes de Marx en el análisis de los orígenes y de los mecanismos reproductivos del capitalismo en su inicial fase industrial y, sin embargo, pocos han formulado previsiones tan equivocadas a partir de una filosofía de la historia que se pretendía científica, o sea tan incuestionable como la selección natural o la gravitación universal. Marx se creía el  correspondiente de Darwin y Newton en el terreno social y pretendió establecer leyes capaces de explicar la evolución de las sociedades desde el pasado hasta el futuro: un idealismo en formato materialista.

Marx vivió en un tiempo en que los extraordinarios avances técnicos y las grandes fábricas modernas coincidían con una explotación inmisericorde del trabajo infantil y femenino. Un tiempo de barbarie social y avance tecnológico. De ahí a la conclusión el paso era corto, en el futuro será igual o incluso peor: el fortalecimiento del capital implicará un mayor control sobre un proletariado inerme y, por consiguiente, su creciente pobreza. Sin embargo, Marx, como todos, prisionero de su tiempo, apenas entrevió el tránsito de la fase algodonera a la fase mecánico-siderúrgica del nuevo capitalismo industrial y no percibió que este tránsito expulsaría progresivamente niños y mujeres de las fábricas por sustituirlos con un trabajo masculino cada vez más especializado, retribuido y organizado. En otros términos, desde mediados del 800 el capitalismo comenzó a reducir (sin eliminar) las formas más brutales de explotación del trabajo que lo habían caracterizado en las fases iniciales de su revolución tecnológica. Simplificando: un cambio propiciado por el tránsito de la industria textil al ferrocarril y por las primeras organizaciones sindicales que se consolidarían en el tiempo.  

Y así llegamos al presente: ¿Podría suceder lo mismo en un futuro más o menos cercano? La similitud de la actualidad con los inicios de la revolución industrial en la segunda mitad del 700 es evidente: una brusca ampliación de las distancias entre ricos y pobres tanto al interior de los países desarrollados como entre ellos y el resto del mundo (excluyendo casos extraordinarios como China, Corea del sur, Taiwán, Irlanda y pocos otros). Pero, una vez consolidada la revolución tecnológica actualmente en curso, ¿no podría repetirse la historia de la primera revolución industrial que  trajo sucesivamente mayor bienestar, menor desigualdad social y, a través de las luchas sociales de un trabajo más organizado, sistemas de bienestar social en educación, salud, y pensiones? Suponiendo que se pudiera prever el futuro, ¿no podríamos imaginar que a esta actual fase socialmente irresponsable de aceleración tecnológica y globalización casi sin reglas sucederá una nueva fase con mayores derechos sociales, menor desigualdad y mayor bienestar como ocurrió especialmente desde fines del 800 en casi todos los países occidentales?        

Obviamente nadie puede decir tal cosa con algún grado de certeza. Sustituir el pesimismo de Marx sobre el futuro espontáneo del capitalismo de su tiempo con un optimismo sobre las capacidades automáticas del capitalismo de nuestro tiempo de curar las heridas sociales que su desarrollo produce, parece una forma especular e invertida de convertir los propios deseos en predicciones científicas.

Incluso suponiendo (sin poderlo demostrar) que las sociedades modernas tuvieran en su metabolismo la capacidad para evitar disrupciones capaces de poner en peligro sus equilibrios fundamentales, quedaría el problema del tiempo. En dos sentidos principales. ¿Qué ocurriría si estos (supuestos) mecanismos espontáneos de autocorrección intervinieran tardíamente respecto al deterioro ecológico que sigue avanzando? Llegar tarde podría implicar la imposibilidad de remediar problemas capaces de poner la humanidad en una senda de deterioro irreversible de las condiciones de su existencia en el planeta. En síntesis: ¿podemos permitirnos el lujo de esperar una autocorrección espontánea que no sabemos si ocurrirá ni cuándo? La respuesta debería ser razonablemente negativa a menos que se quiera jugar la sobrevivencia de la humanidad a los dados.

Pero hay un segundo problema que atañe la sostenibilidad social de una convivencia con mínimos rasgos de civilidad. De seguir la senda actual que conduce a una elevada segmentación social y a un aumento de la pobreza en medio de un acelerado avance tecnológico y de productividad, ¿quién podrá detener la propagación de fuerzas nacionalistas (para contrastar las consecuencias indeseadas de la globalización) y de populismos (de derecha o de izquierda) que, en nombre de una nebulosa democracia directa, podrían encumbrar líderes carismáticos sin vínculos con la democracia pluralista y los derechos individuales? O sea, una especie de fascismo postmoderno. La persistencia de los actuales niveles de desigualdad es una amenaza directa a la capacidad de autodefensa de la democracia en diferentes partes del mundo. La difusión del malestar social en un mundo donde conviven opulencia y una dura marginación social puede aconsejar millones de personas a buscar soluciones milagrosas a la vuelta de la esquina. Y a la vuelta de la esquina a menudo hay alguien con la suficiente mezcla de cinismo y encanto personal para prometer prodigios asombrosos.              

La conclusión es obvia: no existe un tiempo ilimitado antes de que se produzcan consecuencias ambientales y sociopolíticas calamitosas. Pero a esta primera conclusión sigue necesariamente otra: confiar en los (supuestos) mecanismos de autocorrección automática del capitalismo contemporáneo es, simple y llanamente, irresponsable. Ha llegado el tiempo de reconocer que como ocurrió a mediados del 800 (gracias al cambio hacia una industrialización con mayor densidad de trabajo especializado y mejor retribuido) y después, desde los años 30 del siglo pasado (gracias a Keynes y al estado social subsiguiente), hoy también ha llegado el momento de un nuevo salto adelante en las formas sociales y productivas del capitalismo. Un cambio en cuando menos dos directrices fundamentales: la marcha hacia una economía ecológicamente sostenible y hacia nuevos instrumentos de seguridad social en un contexto donde el desarrollo tecnológico está destinado a aumentar los espacios del desempleo, de la desigualdad y del trabajo en condiciones de pobreza.

Personajes como Trump (y otros similares que brotan como hongos en varias partes del mundo) no representan solamente un embarazoso retroceso cultural frente al último medio siglo, sino una amenaza a una convivencia civilizada, por no hablar de la jocosa embestida contra el medio ambiente planetario. Y así, dos riesgos mayores se perfilan en el futuro cercano: un populismo fascistoide (la relación directa entre el líder y las masas) y una irresponsabilidad ambiental de consecuencias potencialmente devastadoras.

Si, como la historia del siglo pasado ha demostrado, el comunismo no es un camino viable ni deseable, no queda sino reformar el capitalismo para evitar que sus “instintos animales” y los avances tecnológicos que ha hecho posibles se vuelvan factores de disgregación social y de una descontrolada degradación ambiental. Estamos frente a una nueva edad de cambios históricos que no comienzan aún a materializarse y que no disponen de un tiempo ilimitado para hacerlo.

Publicado en Internacional