La edad del populismo

13 mayo, 2019

Nada está adquirido para siempre. Una banalidad sentenciosa que, sin embargo, vale la pena mantener en algún rincón de la mente. A comienzos de este siglo el PRI parecía derrotado para siempre, como un mal sueño consuetudinario del que el país finalmente despertaba. Y vino Peña Nieto con toda la carga de políticos “institucionales” y caciques regionales capaces de congelar el tiempo mientras México aceleraba su marcha hacia una violencia inaudita con el Estado replegado en su impotencia. Y diré de paso, sin ninguna certeza y algo de temor: de seguir las cosas como van, el fantasma podría tener un segundo renacimiento en cinco años más. ¿Cómo no entrever en el presente el posible anuncio del futuro retorno de una recurrente y enfermiza nostalgia?

Carter y Obama parecían plataformas para el desarrollo de una democracia más incluyente, y vinieron después Reagan y Trump. Y pensando en Italia, con el magnate televisivo Silvio Berlusconi el país parecía haber tocado el punto más bajo de su conciencia civil, y ahora, desde hace 10 meses, ha llegado al gobierno una combinación de populismo y derecha soberanista y antieuropea. Así que a la idea de que nada es definitivo habrá que añadir un corolario: no hay límite a lo peor. Este, por lo menos, parece ser el espíritu de nuestro tiempo.

Una fuerte corriente mundial conduce varios países hacia un populismo de derecha con extensas bases populares, lo que, por distintos aspectos, obliga a pensar en el nacimiento del fascismo casi un siglo atrás (antes en Italia y después en Alemania). Está claro que la historia no se repite, pero puede ocurrir que un sentido de angustiosa incertidumbre social agigantado por una paranoia políticamente inducida reaparezca con muchas generaciones de distancia, aunque sea en formas inéditas. ¿Con cuáles manifestaciones? Para decirlo en pocas palabras: ultranacionalismo, desconfianza agresiva hacia el diverso (por origen geográfico, pigmentación de la piel o religión), fascinación hacia el líder que afirma su voluntarismo contra los reparos y vacilaciones de la democracia y una simplificación del lenguaje (hasta la vulgaridad) que se certifica como signo de autenticidad y fastidio hacia el conformismo del political correct. Impulsos antiguos, supuestamente enterrados bajo capas de conciencia acerca de sus devastadores consecuencias previas, resurgen sorpresivamente con la frescura de una primera vez, sin manchas del pasado, virginalmente brutales. Una animosa irresponsabilidad colectiva recorre sociedades que encumbran personajes hasta hace poco impresentables o de plano estrafalarios.                

El populismo conservador de nuestro tiempo somete a prueba las instituciones liberales y democráticas que se reafirmaron después de la Segunda Guerra Mundial y parecían haberse consolidado con la caída del comunismo en 1989 en el Centro-oriente de Europa. Hasta ahora el asalto populista se mantiene en el cauce del liberalismo, pero nada asegura que así seguirá con el paso del tiempo y la marea montante de un nacionalismo que tiende a desconocer los compromisos internacionales mientras se alimenta de la incertidumbre frente a una globalización que amenaza empleos y condiciones de vida de clases medias, trabajadores manuales precarizados y masas de individuos que oscilan entre el desempleo y una pobreza sin escape. Los ejemplos constituyen un mosaico de piezas tan diferentes como homologables entre la Hungría de Orbán, la Italia de Salvini, el Brasil de Bolsonaro, la Turquía de Erdogan, los Estados Unidos de Trump. Países a los cuales podrían añadirse aquellos en los cuales un acentuado nacionalismo domina la escena política como Polonia o República Checa. Para no mencionar el patriotismo ultramontano de la derecha francesa que está en primera línea en las inminentes elecciones europeas.

¿Hasta cuándo será sostenible un sistema multilateral de países democráticos sin que estos mismos países comiencen a enfrentar el problema de la incertidumbre existencial de millones de personas que observan, entre desfallecimiento e ira, la creciente fragmentación social en un contexto de aumento de la riqueza y de opulencia insolente de las elites económicas? Ahí está el caldo de cultivo que nutre un populismo soberanista al estilo de America First y otras formas de desvarío patriotero. Hitler ciertamente no habría llegado al poder en 1933 sin el sentido de fragilidad colectiva, los resentimientos nacionalistas y la impotencia política para enfrentar las primeras fases de la gran depresión con que se inauguraron los años 30. Malestar social e impotencia política de la democracia produjeron entonces el derrumbe de las instituciones liberales de Alemania y, aunque sea sin presagiar desarrollos similares en el presente, está claro que jugar al borde de un precipicio se ha vuelto hoy más peligroso que en el pasado reciente.                    

En el siglo XX el liberalismo ganó su batalla contra el fascismo y contra el comunismo, pero de ahí no se deriva que ocurrirá lo mismo en el siglo XXI contra un populismo derechista con amplio sequito popular. Un populismo con la fascinación voluntarista contra un globalismo desregulado y el enorme poder de las finanzas en medio de una polarización social que puede volverse políticamente insostenibles en un marco liberal y pluralista. Inútil esconderse frente a desarrollos que avivan resentimientos nacionalistas que, poco a poco, vuelven aceptable una perspectiva de autoritarismo en nombre del pueblo. Hace ya casi un siglo el fascismo se presentó a los ojos de sectores sociales que terminaron por ser mayoritarios, como encarnación de una voluntad nacional enérgica, innovadora, juvenilmente desafiante frente a las indecisiones de una democracia que parecía (y en gran medida, era) impotente de cara a fenómenos globales inmanejables. Brechtianamente: el vientre que parió aquel monstruo sigue fecundo y la falta de consensos reformadores a escala global facilita la tarea de un populismo con tentaciones autoritarias.

En la extrema volatilidad del presente llegan al gobierno (en fórmulas mayoritariamente populistas) cómicos (en Ucrania, Guatemala y en Italia, a través de un partido fundado por un cómico) o multimillonarios (en Estados Unidos, en la República Checa u, otra vez, en la Italia de un hace un cuarto de siglo). La paradoja es que los millonarios llegados al poder por impulso popular llenan el aire de proclamas anti-elitistas mientras sostienen políticas que refuerzan el poder de los grandes ricos. Por ejemplo, a través de políticas de Flat tax propias de varios países de Europa oriental donde el gasto social es significativamente bajo y donde se privilegia la atracción de capitales foráneos como palanca del crecimiento de largo plazo. En síntesis, una mezcla de radicalismo oratorio y conservadurismo sustancial que mira a la equidad social como un obstáculo al desarrollo. El apoyo popular se obtiene aquí no tanto con políticas que ayuden a reducir las distancias sociales sino estimulando los reflejos y prejudicios colectivos más arraigados en contra de los más débiles: los migrantes en general y, en especial, los latinos en Estados Unidos o la minoría de origen gitano en Italia y Hungría. Y a complementar la xenofobia se añaden las promesas  extravagantes de un futuro de bienestar gracias a la contracción de las garantías de una seguridad social incriminada por su burocratismo o ineficiencias reales o presuntas. Ejemplo inmejorable de la metáfora de tirar al niño con el agua sucia.  

El populismo ultranacionalista constituye en varias partes del mundo una combinación exitosa que resta posibilidades a la equidad, la democracia, la conservación del medio ambiente. Sin mencionar, simple y llanamente, a la decencia.  Es posible que el encanto político internacional de países de antiguas (y renovadas) tradiciones autoritarias, como Rusia o China, no sea muy importante en nuestro tiempo, pero el populismo conservador constituye una amenaza más sutil y con mayores perspectivas de éxito. Lo que seguirá así hasta cuando no reaparezca en el horizonte una nueva alineación reformadora, de la que por el momento (en tiempos de Trump, Bolsonaro, Orbán, Salvini y demás perturbaciones colectivas) no se ve ni la sombra. Algunas décadas atrás en ciertos sectores de izquierda circulaba un lema: socialismo o barbarie. Frente a un capitalismo que avanza entre aceleración tecnológica, porosidad financiera global y una desigualdad sin antecedentes contemporáneos, el reto de hoy es: reforma o populismo. A menos que se quiera correr el riesgo de que el populismo (como expresión política de desesperanza social) abra el camino a algo peor.    

Publicado en Internacional