Bolivia: ¿Evo para siempre?

24 junio, 2019

Uno. Ya van dos siglos que el mismo fantasma recorre América Latina, el síndrome del hombre del destino. Va y viene pero lo cierto es que nunca se va del todo. En realidad, no es sólo América Latina. Bouteflika ha sido presidente de Argelia por veinte años, Al-Bashir en Sudan por 27, Nazarbayev por casi treinta en Kazakistán, Mugabe ha estado sentado en la silla presidencial de Zimbabue por 37 años, mismos que lleva Paul Biya en  Camerún. Ocurre la sospecha que los presidentes semi-vitalicios vienen sobre todo de África. Sin embargo América Latina, no está muy lejos de su vecino continental. También aquí nacen Mesías un día sí y uno no. Y por “piedad de patria” evitaré compilar un listado ni lejanamente completo. ¿Pero cómo no mencionar los hermanos Castro al poder en Cuba por 60 años, los 42 de la familia Somoza en Nicaragua, los 34 de Porfirio Díaz en México y los 27 de Juan Vicente Gómez en Venezuela? Una tradición que, a pesar de retrocesos democráticos y civiles, cíclicamente vuelve a retoñar. Acercándonos en el tiempo tropezamos con Stroessner al poder por 35 años en Paraguay, Trujillo por más de treinta en la República Dominicana, Pinochet por 17 en Chile; Hugo Chávez, cambiando sus propias constituciones, en el poder 14 años (hasta que una enfermedad puso fin a su vehemente pasión por el poder) y Evo Morales que, tratando su propia Constitución como papel mojado, se acerca a su cuarto mandato presidencial. Naturalmente todos estos personajes son distintos pero es igualmente obvio que permanecer en el poder el mayor tiempo posible (torciendo o acomodando reglas constitucionales) es algo que se da bien en nuestros climas. De tanto en tanto hace falta un hombre de la providencia para dar una impresión de movimiento a la impotencia colectiva. Danza inmóvil decía Manuel Scorza.  

De este fatal síndrome latinoamericano se ha salvado México en el siglo XX, pero con un pequeño escamotage: en lugar que eternizar una persona en el poder, se eternizó un partido que se reconocía unánimemente en su ungido sexenal. Lo que tal vez no haya sido un aporte sustancial a la teoría de la democracia, pero, por lo menos, trajo alguna novedad a una tenaz tradición decimonónica.   

Ahora bien, hay pilas de libros y cerros de ensayos que explican cómo la práctica de mantener el mismo individuo en el poder por un periodo prolongado (aun tratándose de Salomón reencarnado entre vítores populares) sea normalmente una mala opción. Lo es porque tiende a anular los otros poderes del Estado a favor del Ejecutivo (reducido a una sola persona con non infrecuentes delirios de omnipotencia), lo es porque crea círculos clientelar-cortesanos (una Versalles republicana), lo es porque esta benevolencia del Jefe favorece a los adictos en lugar que a los más capaces, lo es porque humilla las reglas a favor de las relaciones personales y, finalmente, lo es porque desintegra la credibilidad en las instituciones y el sentido de responsabilidad de sus funcionarios. ¿Será suficiente para boicotear el Estado desde dentro? Añadamos que si los gobernantes son de derecha o de izquierda no siempre cambia mucho; el virus ataca a todos. En países de democracias endebles, levantarse de la silla presidencial  es a menudo un dolor lancinante para el directo interesado y una perspectiva tremebunda para sus allegados.        

Y así opera el círculo vicioso: la arbitrariedad personal del poder vuelve normalmente más erráticas las economías y para aquellos cuyo bienestar depende de las relaciones con el poder, abandonarlo significa por lo general descender de estatus por falta de alternativas. Lo que refuerza aún más el apego a los beneficios del poder. Un círculo fatídico en que varios países latinoamericanos estuvieron atrapados en el pasado, lo están en el presente o corren el riesgo de caer (o volver a caer) en el futuro. ¿Resultado? La desinstitucionalización del Estado, o sea, la siempre renovada dificultad de dar un esqueleto institucional decentemente armado a sociedades ya frágiles por sus múltiples segmentaciones. Y así, los Mesías cívicos normalmente debilitan a economías y sociedades ya débiles alentando aquella incertidumbre que impone nuevos Mesías para ser exorcizada. Un juego perverso que tiende a retroalimentarse.       

Dos. Es un desafortunado tropiezo (o una fatalidad ancestral) que esta síndrome carismático-clientelar afecte ahora a Bolivia,  un país que desde una década y media, con Evo Morales en la presidencia –y a pesar de cierta propensión a confundir el Gobierno con el Estado- ha avanzado en el reconocimiento de derechos individuales y colectivos, en la reducción de una miseria secular y en la contención del poder de antiguas elites oligárquicas ayudadas, en caso de necesidad, por fuerzas armadas normalmente disponibles a presidiar las murallas de la exclusión social. Bolivia ha tenido desde tiempos lejanos una elite cerrada, racista, multimillonaria y con un fuerte sentido patrimonial de su país, literalmente hablando. Pero desde 2006, con Evo Morales a la cabeza, grupos  indígenas, sindicatos rurales, mineros y clases medio-bajas urbanas comenzaron a moverse en una dirección que -no obstante la pulsión del gobierno a ocupar demasiados espacios de poder- podía considerarse positiva. Y ahora, a pesar del referéndum de 2016 en que los ciudadanos votaron contra una nueva reelección de Evo, recurriendo a una argucia legaloide, el Tribunal Constitucional Plurinacional, mayoritariamente adicto al MAS, el partido de Evo Morales, eludió el veredicto popular (¡qué viva la democracia directa!) permitiéndole volver a presentarse a las elecciones presidenciales del octubre próximo. Primera vez en la historia boliviana que se autoriza a un presidente volver a presentarse a su cargo en forma indefinida.   

Es obvio que, considerando los cambios que Bolivia enfrenta desde hace más de una década, mudar jinete en plena carrera no es lo más sencillo del mundo. Los liderazgos no se inventan de la noche a la mañana y el riesgo que el frente reformador pueda resquebrajarse no es irrelevante. Pero debería serlo también que no hacerlo acrecienta otro riesgo: que la excesiva seguridad en sí mismo de parte del jinete le impida ver las irregularidades del camino por venir para concentrarse en sí mismo y en su control del poder. Con el riesgo de desbarrancarse y, de paso, truncar las esperanzas del país en una mejora de su bienestar social y en la consolidación de instituciones abiertas a las necesidades colectivas. ¿Para qué jugarse lo logrado hasta aquí, además del futuro posible, en nombre de la vanidad de un individuo que se cree insustituible? El Todopoderoso y Freud quizá lo sepan.           

Bolivia debe continuar hacia delante recalibrando estrategias económicas  y renovando liderazgos a menos de correr dos riesgos innecesarios: perder las elecciones del octubre venidero o acelerar el deterioro del vínculo de confianza entre Evo y la gran mayoría de los bolivianos. Y en este último sentido las señas ya son evidentes desde hace algún tiempo en el nexo crítico entre defensa ambiental y desarrollo infraestructural y en el ámbito de las clases medio-bajas urbanas. La teatralización revolucionaria y cosmológico-andina comienza a cansar y muestra la esclerosis de ideas e iniciativas reformadoras concretas.  

Ciertamente la pobreza ha caído significativamente estando Morales en el Palacio Quemado mientras la economía boliviana crecía en general más que en el resto de los  vecinos regionales, pero también es cierto que la prometida diversificación del aparato productivo no ha ocurrido haciendo la economía más dependiente de la extracción y exportación de gas natural, petróleo, minerales y de la soya de las tierras bajas orientales donde, por cierto, la propiedad de la tierra sigue altamente concentrada en manos de una minoría. Es cierto, los equilibrios macroeconómicos se han mantenido, ha aumentado el gasto en asistencia social e infraestructuras, pero la antigua estructura extractiva sigue estando en el centro de una economía dependiente de los precios internacionales de las materias primas. Y sería un despropósito suponer que Bolivia se convierta en el futuro en una especie de Kuwait latinoamericano. 

El caudillismo político que se va perfilando puede encubrir por un tiempo estas dificultades agigantando artificialmente el carisma  de Evo Morales bajo el flujo continuo de una narración retórico-indigenista. Pero la sustancia no cambia: Bolivia necesita diferenciar su aparato productivo, continuar su modernización infraestructural, encontrar un camino de modernización de su agricultura comunitaria de las altas tierras andinas, limitar las prácticas de monocultivo y deforestación asociadas con los latifundios de las tierras bajas, convencer una vieja elite enroscada en su conservadurismo a desarrollar iniciativas independientes de la renta energética, acelerar la formación de capital humano y combatir una corrupción endémica. Pero si el sistema político se concentra en conservar el poder de Evo Morales corre el riesgo de anquilosar su potencial innovador y enconar aún más el enfrentamiento entre grupos étnicos, sociales y regionales del país. Inútil esconderlo: con o sin Evo en el Palacio Quemado, los problemas bolivianos son gigantescos, pero su terca persistencia en el poder prioriza aquello que para el futuro más o menos cercano no es prioritario.   

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